Por: Camilo
Espitia
Las contradicciones del orden social vigente y la
transición hacia un orden geopolítico multipolar abrevan tendencias
conflictivas reflejadas en la coyuntura internacional. La amenaza imperialista
de EE.UU y los avances de la ultraderecha en América Latina y el Caribe
contribuyen a perfilar con mayor claridad los bloques antagonistas en la
coyuntura electoral colombiana, representados en la contienda presidencial por
el candidato de izquierda-progresista, Iván Cepeda, y los candidatos de
ultraderecha, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia.
Tendencias de la coyuntura internacional
La coyuntura electoral colombiana se enmarca en
un escenario global atravesado por la crisis civilizatoria, la guerra, el bajo
crecimiento económico[1],
la creciente concentración de la riqueza y el ingreso, el incremento de la
desigualdad[2]
y el retroceso de la lucha contra la pobreza[3]. Este
escenario crítico fue desencadenado gracias a la hegemonía neoliberal,
configurada sobre el patrón del régimen de acumulación capitalista, los modelos
de gobernanza impuestos favorables al poder corporativo y la matriz ideológica
predominante socialmente.
Asimismo, se asiste a la recomposición de los
imperialismos en medio de la transición a un orden multipolar. En esa medida,
EE.UU, bajo el mando de Donald Trump, quiere garantizarse un lugar primordial
en el nuevo orden geopolítico mediante presiones económicas y políticas,
operaciones militares y guerras en territorios estratégicos en beneficio de sus
intereses imperialistas, como en Venezuela, Cuba Irán y Palestina. Inclusive,
en el caso palestino, Israel, con el apoyo de EE.UU, ha sofisticado un laboratorio
de ocupación colonial, cuyo modelo no se descarta como producto de exportación
hacia otros territorios del mundo.
En este escenario global, América Latina y el
Caribe se sitúa como una región de disputa geopolítica. En medio de la
transición al orden multipolar, su posición estratégica y sus bienes comunes
resultan de vital importancia para enfrentar retos globales como el cambio
climático, la transición energética, el desarrollo tecnológico y el
reforzamiento militar. En efecto, América Latina y el Caribe todavía es vista
por las clases dominantes de los países centrales del capitalismo como una zona
periférica exportadora de materias primas y recursos estratégicos. Pero también
es una región donde anidan las resistencias y luchas por nuevos mundos.
Por su parte, las contradicciones del modelo de
organización social capitalista y la erosión a la hegemonía neoliberal
provocada por movimientos sociales y gobiernos de izquierda, condujeron a que
parte de las clases dominantes se decanten hacia opciones reaccionarias,
iliberales o neofascistas. Los proyectos políticos de este cuño tienen como
propósito gestionar la crisis del orden social existente conservando y
profundizando la explotación y dominación capitalista, recuperando valores
conservadores, reprimiendo las expresiones sociales críticas y quebrando los
límites de la democracia liberal. Trump en Estados Unidos, Meloni en Italia,
Bukele en El Salvador y Milei en Argentina ilustran esa tendencia.
En América Latina y el Caribe, la ultraderecha ha
conseguido victorias políticas importantes con el apoyo de Trump. Además de
Bukele y Milei, proyectos ultraderechistas han conseguido la presidencia de
países como Ecuador, Honduras y Chile. La política de Trump hacia esta región
comporta el respaldo a opciones de ultraderecha con tal de conservar su
influencia sobre quizás su reserva estratégica imperial más importante, también
llamada “patio trasero”, en alianza con las élites locales decantadas por proyectos
ultraderechistas.
Sin embargo, Brasil, México y Colombia, tres de
los países más importantes de América Latina y el Caribe, constituyen el eje
alternativo más fuerte de la región. Cabe destacar la popularidad que ha ganado
el gobierno de Gustavo Petro a nivel internacional debido a su discurso crítico
en política internacional frente a temas como la paz, la transición energética
y la lucha contra la crisis ambiental, así como por los logros sociales
obtenidos. Actualmente, estos proyectos de izquierda progresista referentes de
la región están amenazados por Trump y las opciones de ultraderecha.
Así las cosas, la posibilidad de construir un
modelo de sociedad alternativo en estos países depende, hasta cierto punto, de
que los gobiernos de izquierda progresista resistan a las presiones
imperialistas y derroten a la ultraderecha en las urnas, en las instituciones y
en la movilización. Esa lucha debe alimentar el núcleo fundamental de una
apuesta estratégica de transformación social: la profundización de las agendas
de cambio y la consolidación de proyectos nacional-populares e
integracionistas.
La coyuntura electoral colombiana
En ese marco, las tendencias de la coyuntura
internacional contribuyen a perfilar con más claridad los bloques antagónicos
que se disputan el país en medio de la coyuntura electoral. Por un lado, un
bloque de izquierda-progresista con significativo respaldo popular y cierto
apoyo de sectores tradicionales, representado principalmente por el Pacto
Histórico. Por otro lado, un bloque conservador de tendencia ultraderechista
agrupador de las derechas, cuyo liderazgo es disputado entre el uribismo y el
proyecto de Abelardo de la Espriella.
A su turno, las expresiones del “centro” político
han sido atraídas por los dos bloques o han quedado descolocadas, muy
reducidas, en el tablero político nacional. Es decir, el reacomodamiento de
fuerzas en el país no ofrece lugar a tercerías de “centro” como proyectos con
opción de poder. Lo anterior completa una radiografía de la disputa política en
medio de la contienda electoral, ilustrativa del empate catastrófico[4]
de fuerzas del proceso político colombiano.
Por eso es sintomático que las posturas de los
bloques políticos se refuercen o radicalicen, aunque eso no impide acercarse a
otros sectores en el curso de la contienda electoral. La izquierda-progresista
ha persistido en la agenda de reformas del gobierno Petro e, incluso, propone
mayores cambios y acentos más coherentes frente algunos temas, como paz,
seguridad y corrupción. Allí se inscribe la definición de la Mayora Aida
Quilcué como fórmula vicepresidencial de Iván Cepeda y el Pacto Histórico. La
elección de la senadora y lideresa indígena del Cauca como candidata
vicepresidencial es indicativa de la atracción y movilización popular que se
propone la campaña de Iván Cepeda.
Esta campaña se ha orientado principalmente a las
acciones en plaza pública, combinando eventos artísticos con discursos de
representantes políticos, entre quienes resaltan Iván Cepeda y Aida Quilcué.
Aprovecha la popularidad del presidente Petro y los buenos resultados del Pacto
Histórico en las elecciones legislativas para reforzar y ampliar su base.
También despliega un trabajo más focalizado territorialmente y con cierto
impacto en redes sociales. Ha avanzado en alianzas con expresiones liberales y
la Alianza Verde. Con todo, buena parte de esta campaña es asumida por
militantes y simpatizantes del Pacto Histórico, lo cual no es necesariamente
acertado dada la carencia de articulación entre la dirección de campaña y los
territorios.
Por su parte, las derechas juegan con dos
apuestas. La ultraderecha descarnada de Abelardo de la Espriella y la
ultraderecha maquillada del uribismo. De la Espriella tiene un discurso radical
ultraderechista que se contrapone al Pacto Histórico. Con ello, busca seducir a
diferentes expresiones de la oposición, en especial frente a un eventual
escenario de segunda vuelta. Incluso, ha logrado acercamientos con sectores
cristianos y tecnocráticos, muestra de ello es el nombramiento de José Manuel
Restrepo -exministro de Comercio y de Hacienda de Duque- como candidato
vicepresidencial.
Aun así, no deja de ser significativo que la
organización tradicional de las clases dominantes prefiera a la fórmula de
Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, una propuesta que surge del
establecimiento. La campaña de Paloma Valencia se presenta como una derecha
supuestamente más moderada, lo cual utiliza para distanciarse de Abelardo de la
Espriella. El propósito es persuadir al amplio espectro de derecha y “centro”
descontento con el actual gobierno.
Resulta cómico que el uribismo, la expresión más
representativa de la ultraderecha colombiana, se presente a esta elección
presidencial como una opción de “centro”. Una de las razones más fuertes para
hacerlo es su candidato vicepresidencial, un hombre homosexual y tecnócrata que
se adscribe al “centro”. Sin embargo, Juan Daniel Oviedo, en realidad, es una
persona con ideas neoliberales y conservadoras, cuya carrera política y
tecnocrática está estrechamente vinculada al uribismo y que renuncia a las
históricas reivindicaciones LGBTIQ+ ante las toldas retrógradas del uribismo.
Independiente de que sea Paloma Valencia o
Abelardo de La Espriella quien gane el tiquete a segunda vuelta, es evidente
que el perdedor se unirá al ganador, lo cual terminará de acentuar la tendencia
ultraderechista de ambos proyectos. Dentro de esa tendencia ambos comparten el
alineamiento completo a Trump en política internacional, incluyendo
especialmente el injerencismo y la prevalencia sobre los recursos estratégicos
de América Latina y el Caribe. Ese también es un motivo importante que moviliza
la intención de Iván Cepeda de ganar la presidencia en primera vuelta.
Así pues, la relación de fuerza de la coyuntura
electoral colombiana está sumamente tensada por el antagonismo entre el bloque
de izquierda-progresista y el bloque conservador de tendencia ultraderechista.
Esto se reafirma al observar la incidencia de las tendencias de la coyuntura
internacional en el país, especialmente las presiones imperialistas de Trump,
el avance de la ultraderecha en la región y las posibilidades de los proyectos
transformadores en América Latina y el Caribe.
Con todo, el respaldo popular al presidente Petro
y al Pacto Histórico permite una ventaja relativa de la dupla Iván Cepeda -
Aida Quilcué. El Pacto Histórico busca consolidar el bloque de
izquierda-progresista con el apoyo y movilización decidida de los movimientos
sociales y las alianzas con otros sectores progresistas y liberales con el
objetivo de ganar la presidencia en primera vuelta. Mientras tanto, los
candidatos de ultraderecha siguen compitiendo entre ellos por un puesto en la
segunda vuelta, buscando seducir a las diferentes facciones de las clases
dominantes y al centrismo.
¿A qué convoca la coyuntura?[5]
La influencia de la coyuntura internacional
dentro del proceso político colombiano debe ser leída juiciosamente por parte
de las fuerzas transformadoras del país. La elección presidencial colombiana se
inscribe en un momento de la lucha de clases en Nuestra América donde se
refuerza el antagonismo entre proyectos transformadores y reaccionarios.
Este escenario convoca a la movilización -no
exclusivamente- electoral del movimiento social y popular. Con los matices y
diferencias respecto al proyecto del Pacto Histórico, es un momento donde hay
que tomar partido e involucrarse decididamente en la campaña de la fórmula Iván
Cepeda - Aida Quilcué. Esta elección presidencial es clave para resistir los
embates de la coyuntura internacional y profundizar las transformaciones en el
país.
La movilización electoral del movimiento social y
popular puede ser igual de fundamental a como lo fue en la elección
presidencial de 2022. Después de todo, el clamor de cambio que lanzó a las
calles a millones de colombianos en la rebelión popular de 2021 se tradujo en
la elección del primer gobierno de izquierda del país. Y, justamente, las
clases populares se vieron beneficiadas con varias políticas de ese gobierno,
como el aumento superior al 30% en términos reales del salario mínimo, la
reducción más alta del desempleo en este siglo[6], la
relevante reducción de la pobreza[7],
las cifras históricas de formalización y entrega de tierras[8] y la
conquista y recuperación de derechos laborales. Estas masas populares son, ni
más ni menos, que el corazón del cambio y el respaldo real al proceso de
trasformaciones sociales impulsado con el gobierno de Petro.
Por esa razón, los barrios populares y los campos de Colombia son los espacios estratégicos de la movilización electoral. En estos espacios tiene que explotar la imaginación política popular, combinando repertorios de acción colectiva con actividades de campaña, por ejemplo, mediante mítines, ollas comunitarias, caravanas populares, puestas artísticas, picados de micro y conversas. No es con acuerdos desde arriba o posando de “centro” que un proyecto de cambios va a ganar la presidencia, sino poniendo en el centro los temas fundamentales del país, discutiéndolos con la gente común y cautivando y movilizando al campo popular.
[2] Informe
Mundial sobre la Desigualdad 2026 y La desigualdad extrema y qué hacer al
respecto - Viento Sur
[4] Este planteamiento se ha expuesto en Del empate catastrófico y la
construcción hegemónica en Colombia - Intervención y Coyuntura y La salida constituyente-popular en
Colombia
[5] Por medio de esta plataforma puede involucrarse
en la campaña de Iván Cepeda y Aida Quilcué: https://michi.movimientopactohistorico.co/
[7] La pobreza monetaria experimentó una reducción
de 4.8 pp entre 2022 y 2024, con lo cual más de 2.8 millones de colombianos
salieron de tal condición https://www.dane.gov.co/files/operaciones/PM/pres-PM-2024.pdf y https://colaboracion.dnp.gov.co/CDT/PublishingImages/Planeacion-y-desarrollo/2024/Agosto/pdf/pobreza-monetaria-2023.pdf. La pobreza multidimensional experimentó una
reducción de 3 pp entre 2022 y 2025, ubicándose en 9.9%, con lo cual 1.4
millones de personas salieron de tal condición
https://www.dane.gov.co/files/operaciones/PM/bol-PMultidimensional-2025.pdf.
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