Por: Santiago Pulido Ruiz
En los últimos años, ha resurgido un interés
investigativo en torno al republicanismo en la obra de Marx. Trabajos como "La
rebelión antropológica. El joven Marx y la izquierda hegeliana" de Santiago
Castro-Gómez (2022) y "Citizen Marx" de
Bruno Leipold (2024) han abierto una agenda de estudios sobre
la relación entre marxismo y republicanismo, centrando la atención en las
fuentes filosóficas y políticas que nutrieron la formación del joven Marx. En ambos
textos se analiza la incorporación política del republicanismo y el ideal
democrático-popular en la producción teórica previa a 1948, etapa en la que,
según los autores, el filósofo alemán hace sus primeras aproximaciones a la
estructura de un régimen democrático ideal.
Para
Castro-Gómez (2022) y Leipold (2024), los textos
políticos-periodísticos de Marx representan el núcleo de la dimensión
republicana de su pensamiento, pues en ellos se perfilan tanto la crítica al
poder arbitrario como la defensa de un ideal democrático-popular. Estos dos componentes ocuparán un lugar central en la elaboración de sus trabajos de
economía política. En este artículo se examina, por un lado, la recepción del
republicanismo en la obra de Marx a partir de los trabajos de Castro-Gómez (2022) y Leipold (2024); por otro, se
plantean tres contribuciones de Marx al pensamiento republicano, desarrolladas
a la luz de las interpretaciones de Doménech (2017), Löwy (2015) y Abensour (1997).
i.
El joven Marx y la tradición republicana:
Para Castro-Gómez (2022), los textos
periodísticos y políticos de Marx en la Gaceta Renana dejan entrever su
relación con la tradición democrático-republicana. Asegura el autor colombiano
que, en sus artículos de 1842, Marx reivindicó la democracia no como una forma
de gobierno, sino como la “constitución genérica de la política” (pág. 446). Su ideal
democrático parte de disposiciones como la cooperación y la fraternidad
-características de la Revolución Francesa- para convertirse, no en un régimen
gubernamental, sino en un horizonte de emancipación popular. Los textos de 1843
afianzan este ideal democrático en estrecha conexión con los procesos de
transformación económica de la Revolución Industrial.
En discusión con la izquierda hegeliana, Marx
sostendrá que la emancipación humana no es solo respecto a la alienación de tipo religiosa o un mero asunto de representatividad política, sino que es también una
cuestión objetiva de “subsistencia”. Según Castro-Gómez (2022), el horizonte
emancipatorio de los jóvenes hegelianos consistía en una emancipación política
y espiritual que no superaba la alienación de la vida material. En Sobre la
cuestión judía (1844), Marx presenta
algunas reflexiones al respecto: debatiendo con Bruno Bauer, sostiene que la
liberación y emancipación política de los judíos no significa la abolición de
las estructuras de explotación-dominación del régimen de propiedad privada,
sino que solo es una forma de considerar la libertad de los individuos en
abstracción de ellos.
De ahí que, en los textos subsiguientes a 1844,
defienda abiertamente el socialismo como horizonte de transformación estratégico. De lo que se
trata no es solo de institucionalizar la igualdad formal, sino de superar un
régimen de producción que separa al productor director de los medios
productivos. En esta etapa, sostiene Castro-Gómez (2022), la alienación será
concebida como un distanciamiento entre el ser genérico (productivo y
universal) y la existencia individual de los seres humanos, despojados de los
medios productivos esenciales.
Aunque la lectura de Castro-Gómez (2022) concluye con una
crítica a la continuidad de la racionalidad antropocéntrica en Marx -que parte
de la idea de que la historia del ser humano es la historia de la apropiación
de este sobre la naturaleza-, aporta significativos elementos de análisis para comprender
la temprana incorporación del republicanismo en sus trabajos y cómo dialoga más
adelante, en su etapa madura, con el análisis del desarrollo capitalista. En
una dirección relativamente similar, Leipold (2024) reconstruye el
itinerario intelectual que llevó a Marx a articular un comunismo republicano
como horizonte de emancipación.
A mediados del siglo XIX, cuando Marx escribía los Manuscritos
económicos y filosóficos de 1844 o Sobre la cuestión judía (1844),
el republicanismo estaba vinculado con la lucha por un sistema político
democrático afianzado en el sufragio universal (masculino), en contraposición a
la monarquía absolutista y la monarquía constitucional. Su principio
fundamental era la libertad, entendida como no dominación o ausencia de
un poder arbitrario. Sin embargo, las expresiones plebeyas del republicanismo radicalizaron dicho principio, al considerar que no era suficiente con la mera ausencia de interferencia, sino que era necesario, además, eliminar todo tipo de condición institucional que la hiciera posible. Para Leipold (2024), la crítica marxista
al capitalismo, así como sus reflexiones estratégicas sobre la revolución, se
desarrollaron en diálogo con esta corrientes republicanas plebeyas.
Mientras los socialistas de su tiempo eran
“antipolíticos”, en el sentido de que “tenían una relación ambivalente, incluso
hostil con la política, la democracia y la revolución” (Leipold, 2024, pág. 191), la etapa
pre-comunista de Marx -principalmente en sus trabajos periodísticos y críticos
del estado prusiano (1842-1843)- reivindican los principios y valores del
republicanismo democrático. En estos años, sostienen tanto Castro-Gómez (2022)
como Leipold (2024), sus trabajos se
caracterizan por rechazar las expresiones y los rasgos autoritarios de los
owenistas británicos, los socialistas alemanes y los saint-simonianos franceses
y por desarrollar un análisis de la república burguesa como “un paso
insuficiente pero necesario para la emancipación del proletariado” (Leipold, 2024, pág. 190).
Para Marx, entonces, la lucha por la emancipación debía pasar
por las contradicciones del Estado capitalista, en lugar de simplemente
eludirlas. En sus estudios periodísticos sobre la Guerra Civil en Francia, la
Lucha de Clases en Francia y el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (1852),
el Estado deja de ser visto como un simple instrumento de dominación de clase.
En dichos textos, la idea de autonomía estatal aparece vinculada como un
rasgo coyuntural ante la crisis del régimen político. La idea fundamental de
Marx consiste en que, en contextos de alta conflictividad social (o ascenso de la
lucha de clases), el Estado requiere, de manera muy excepcional, de la
incorporación de las exigencias populares para su reproducción continua. El
Estado no presenta, en esta etapa, un carácter de dominación definitivo, sino
que construye mecanismos de incorporación de las interpelaciones
democrático-populares para replegar la amenaza revolucionaria del movimiento
obrero (Marx, 1852).
Esta idea de autonomía estatal permitió
construir una primera aproximación a la complejidad del Estado moderno y a las
relaciones de dominación existentes en el capitalismo naciente. Justamente, Marx
retoma esta crítica sobre el Estado y la propiedad privada para cuestionar a
los republicanos anticomunistas que no extendían la crítica del poder
arbitrario a la esfera de la economía. Según Leipold (2024), Marx ocupó un
importante lugar en el contexto político de mediados del siglo XIX: su
comunismo republicano, basado en la autoemancipación del proletariado,
representó una crítica tanto a los comunistas antipolíticos como a los
republicanos anticomunistas y a los defensores ilustrados de la monarquía.
En
Citizen Marx, Leipold (2024) va a sostener que la
crítica republicana del poder arbitrario es uno de los ejes centrales en el
análisis del desarrollo capitalista del volumen uno de El Capital. Según
esto, la crítica de la dominación no se abandona en la madurez de Marx, como
sostiene Castro-Gómez (2022), sino que se
rearticula en clave de economía-política para explicar las formas abigarradas
de explotación-dominación del capital. Esta premisa republicana se robustece
con su análisis de la Comuna de París en La guerra civil en Francia (1871),
en donde reconsidera el papel del Estado en la lucha revolucionaria.
Leipold
(2024) realiza, en ese
sentido, una enorme reconstrucción de los debates en los que formó el
pensamiento de Marx y los contextualiza de manera tal que no sean discusiones relegadas
al siglo XIX. Pese a ser una obra de historia intelectual, también aborda
debates sobre la estrategia revolucionaria en nuestro tiempo presente. Una de
la más relevantes está relacionada con la recuperación del análisis de Marx
sobre la Comuna de París, en la que sostiene la necesidad de instituciones
políticas democráticas-republicanas para establecer las bases de una sociedad
comunista, esto, en contravía de las tesis liberales en las que Marx,
supuestamente, apunta al “fin de la política” y “al cierre de la historia"
Hasta
aquí, se ha intentado hacer una breve síntesis del trabajo de Castro-Gómez (2022) y Leipold (2024) respecto a la
incorporación de la teoría republicana en los trabajos de Marx. Es importante,
ahora, plantear tres contribuciones de Marx a la tradición democrático-republicana a partir de las reflexiones de Antoni Doménech, Michael
Löwy y Miguel Abensour. En este punto, será importante precisar el uso
conceptual de la dictadura del proletariado y la democracia en la
obra de Marx y examinar la idea de revolución como autoemancipación del
proletariado y autonomía de lo político.
II.
Doménech, Löwy y Abensour: una relectura político-republicana de Marx
En
La democracia republicana fraternal y el socialismo con gorro frigio,
Doménech (2017) sostiene una lectura
de Marx como filosofo de la libertad. Muchas de las interpretaciones que
vinculan al comunismo de Marx como “fin de la política” o una forma de “terror
revolucionario” parten, según Doménech (2017), de una
incomprensión del significado semántico del término: “Marx tuvo la mala suerte
de morir en un momento de intenso desplazamiento semántico en el significado de
varias palabras clave en la comprensión tanto de sus hipótesis científicas como
de buena parte de su programa político” (págs. 445-446).
Dos
ejemplos de esto son los términos de democracia y dictadura en su
obra. Cuando Marx sostiene que el comunismo es “un ala de la democracia”, no se
refiere simplemente a una adscripción programática, sino a la inscripción del
socialismo dentro de una tradición política más amplia, anclada en la soberanía
popular y en la participación activa de las clases populares-plebeyas. En ese sentido,
lo que sostiene es que “los socialistas o comunistas representan al movimiento
político-social de una clase obrera industrial llamada históricamente a crecer
dentro de un movimiento más amplio del pueblo trabajador” (Doménech, 2017, pág. 446). La democracia,
entendida como autogobierno popular, aparece como un marco político que
contiene y da sentido a las luchas socialistas, mientras el comunismo se
perfila como la radicalización de ese ideal democrático-republicano.
De
hecho, asegura Doménech (2017), Marx no habló nunca
de “democracia burguesa”, contrario a esto, la democracia en sus trabajos
aparece como un régimen jurídico-político epocal traído por la Revolución Francesa.
Esto se explica por una razón: en tiempos de Marx, los partidarios liberales de
las monarquías europeas que dominaron la escena política continental europea de
mitad del siglo XIX y comienzos del XX fueron enemigos del sufragio universal y
hostiles al control parlamentario de los gobiernos. De tal manera que no
existía, en ese momento, un vínculo entre republicanismo y liberalismo burgués.
Algo
similar ocurre con el concepto de dictadura. Antes del siglo XX, asegura
Doménech (2017), dictadura respondía
al concepto romano de dictadura comisaria: una institución republicana
en la cual el pueblo romano, en calidad de fideicomitente, y en condiciones de
guerra civil, encargaba a un dictador, en calidad de fideicomisario, “el
gobierno en solitario de la República por un período limitado de tiempo (6
meses), transcurrido el cual debía dar cuenta y responder -como cualquier
fideicomisario- de todos sus actos políticos ante el senado” (pág. 448). En ese sentido, la
noción de dictadura en Marx no alude a un régimen de poder absoluto e
indefinido, sino a una forma excepcional y temporal del gobierno popular
orientada a defender la republica frente al sometimiento y dominio oligárquico.
Este
es el sentido que guarda el concepto de “dictadura del proletario” en la obra
de Marx, un sentido comitente republicano tradicional en el que se establece
una dictadura democrática. De ahí que Doménech (2017) advierta que “los
desplazamientos semánticos juegan esas malas pasadas, y tornan incomprensibles
o confunden con el tiempo las formulaciones más diáfanas” (pág. 448). Autores como Nelson
Coutinho (2011) también han llamado
la atención en esta cuestión: el uso del concepto de dictadura emerge en
contextos de Estados autoritarios que vive Marx. No se trata de un
reduccionismo abstracto, sino de la consecuencia política e histórica del orden
político «natural» con el que se enfrenta Marx.
Esto
no quiere decir que los rasgos coyunturales estatales que analiza Marx en sus
trabajos periodísticos se transformen en características definitivas. Precisamente,
trabajos como El dieciocho brumario de Luis Bonaparte (1852) hacen énfasis en
que el Estado opera como un espacio de articulación y tensión de fuerzas sociales,
por tanto, los espacios de autonomía estatal dependen de situaciones
histórico-concretas de la lucha de clases en los que la estructura estatal se
expone, temporalmente, a reconfiguraciones político-institucionales como
resultado de un proceso de movilización y organización de fragmentos populares.
Esta
situación permitiría construir, a juicio del filósofo alemán, una correlación
de fuerzas favorable al campo popular. Aquí radica el primer aporte de Marx a
los estudios republicanos: comprender las configuraciones estatales como
expresión relacional de fuerzas sociales y no como un simple reflejo de la
estructura económica. En La democracia contra el Estado, Abensour (1997) retoma las
reflexiones de la Comuna de París de Marx para reflexionar sobre este asunto.
Según Abensour (1997), en Marx no hay una
apuesta por la extinción total de la forma-Estado, “sino que desaparece en
tanto forma organizadora” (pág. 92), es decir,
desaparecería aquel monopolio burocrático-administrativo del Estado para
tramitar asuntos comunes, produciendo un efecto de desformalización estatal y
permitiendo el fortalecimiento del vínculo político organizativo de la sociedad
y la deliberación pública.
La
Comuna de París resulta clave para abordar la incorporación de la teoría
republicana en Marx: la sublevación parisina no pretendió tomarse el Estado,
sino desmonopolizarlo como dirigencia exclusiva de los asuntos comunes, pero no
desde la fórmula leninista del poder dual, sino desde la idea de extinción
estatal como forma de dominación. De lo que se trataba era de construir un
vínculo político-administrativo en la sociedad misma. Hacer que la constitución
no deviniera en imposición, sino en construcción colectiva; hacer del derecho y
el aparataje jurídico un instrumento de resistencia y no de dominación.
El
segundo aporte consiste en entender la revolución proletaria como
autoliberación de los trabajadores. En su trabajo sobre La teoría de la
revolución en el joven Marx, Löwy (2015) sostiene que la
revolución proletaria en Marx opera como la primera transformación consciente
de la sociedad, el primer paso en el reino de la libertad, un instante
histórico en el que “los individuos hasta entonces objetos y productos de la
Historia se ubican como sujetos y productores; implica una “superación de sí”
por medio de la toma de consciencia y de la acción revolucionaria” (Löwy, 2015, pág.
37).
La revolución no aparece como una sustitución de estructuras ni como el
resultado inevitable del desarrollo histórico, sino como un acto colectivo de
emancipación en el que los trabajadores conquistan la capacidad de autogobierno
e instituyen nuevas formas de organización política.
Marx
concibe, en ese sentido, la revolución como un proceso de apertura histórica.
Lejos de representar una clausura definitiva de la política, la revolución
constituye el punto de partida para nuevas formas de conflictividad y
organización social. Una vez superadas las contradicciones de clase del régimen
de propiedad privada, no se llega al “fin de la historia”, sino que se inaugura
una etapa inédita en la que emergen nuevas contradicciones sociales. Los
dominados irrumpen como protagonistas de su propia historia, dejando de ser
objetos de procesos estructurales para convertirse en sus agentes históricos.
Se trata de un proceso en el que la emancipación social y la autoemancipación
subjetiva se entrelazan: al modificar las estructuras de dominación existentes,
los trabajadores se modifican a sí mismos, dando lugar a un ejercicio pleno de
la libertad colectiva e individual.
Esta
concepción no solo introduce una dimensión ética-republicana en la teoría
marxista, al situar la emancipación en manos de los propios trabajadores, sino
que también se desmarca de la teoría económica clásica que ve leyes del
movimiento capitalista a lo largo de toda la historia, convirtiendo la
“sociedad comercial” y las instituciones del Estado capitalista en un destino
prestablecido para la humanidad. Para Meiksins-Wood (2018), “es la
especificidad misma del capitalismo la que le permite [a Marx] vislumbrar las
formas anteriores que reemplazó, no por ser un resultado natural e inevitable
sino porque representa su alteridad histórica” (pág. 166). La crítica marxista
se fundamenta, así, en una lectura histórica no teleológica, que reconoce la
contingencia de las formaciones sociales y la posibilidad de su superación,
abriendo el horizonte a nuevas formas de organización más allá del capitalismo.
El
tercer aporte de Marx a la teoría republicana consiste, en ese sentido, en su
crítica a la noción de progreso. Con la incorporación de la crítica a la
economía política, Marx se desmarca de la idea de una ley del progreso histórico
concebido como desenvolvimiento autónomo y teleológico que, por sí mismo, conduciría
una meta inevitable. En su teoría de la revolución, la historia deja de ser el
escenario de un automatismo ciego y se convierte en el terreno abierto de la
acción política colectiva. El énfasis en la especificidad histórica del régimen
de producción capitalista, del carácter contingente de sus instituciones
estatales y de las formas de evolución de la lucha de clases constituye el
primer paso en esa dirección.
De
esta manera que la posibilidad del socialismo no radica en un destino inscrito en
las leyes universales del desarrollo de las fuerzas productivas, sino en su
capacidad de articulación entre interpelaciones democrático-populares e
interpelaciones clasistas. Como señala Wood (2018), “si concebimos el
socialismo no como un telos de un determinismo tecnológico universal,
sino como el producto histórico del capitalismo y el resultado de una lucha en
contra de la explotación capitalista, esto no nos obliga a abandonar la
universalidad del proyecto socialista» (Wood, 2018, pág.
167).
La
teoría marxista de la revolución es, en el sentido que hemos tratado aquí de
defender, histórica y no-determinista. Marx concentró gran parte de su vida en
descifrar la especificidad histórica de los procesos de producción económica y los procesos de revuelta social y política en diálogo con la tradición republicana, teniendo como resultado final de
su materialismo, no una base económica descarnada ni una estructura, sino la
actividad práctica (Wood, 2018). La teoría marxista
de la revolución estaría, pues, orientada por el principio democrático-republicano, según el cual, los individuos, libremente asociados, toman en sus
manos la producción de su vida. Bajo esta premisa, se desarrollarían las grandes revoluciones socialistas, obreras y democráticas del siglo XX.
Bibliografía
Abensour, M. (1997). La democracia
contra el Estado. Buenos Aires: Colihue.
Castro-Gómez,
S. (2022). La rebelión antropológica. El joven Marx y la izquierda
hegeliana (1835-1846). Madrid: Siglo XXI.
Coutinho,
N. (2011). Marxismo y política. La dualidad de poderes y otros ensayos.
Santiago de Chile: LOM Ediciones.
Doménech,
A. (2017). La democracia republicana fraternal y el socialismo con gorro
frigio. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.
Leipold, B. (2024). Citizen Marx: Republicanism and the Formation of
Karl Marx’s Social and Political Thought. Nueva Jersey: Princeton University
Press.
Löwy,
M. (2015). La teoría de la revolución en el joven Marx. New York: Ocean Sur.
Marx, K. (1844). Sobre la cuestión judía. Italia: Greenbooks Editore.
Marx,
K. (1852). El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Madrid: Fundación
Federico Engels.
Marx,
K. (1871). La guerra civil en Francia. Madrid: Fundación Federico
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Wood,
E. M. (2018). El materialismo histórico en «Formas que preceden a la
producción capitalista». En M. Musto, Los Grundrisse de Karl Marx (págs.
153-168). Bogotá D.C.: Fondo de Cultura Económica - Universidad Nacional de
Colombia.
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