Editorial Militancia y Sociedad

El próximo 14 de octubre las fuerzas progresistas y democráticas en Colombia han programado una primera jornada de movilización contra el Gobierno de Abelardo De La Espriella. La iniciativa se da en medio de uno de los primeros casos de falsos positivos y de la expedición de un nuevo decreto de protesta social y estatuto antiterrorista en el que el nuevo bloque de poder intenta contener y desarticular, por la vía judicial, los futuros ciclos de movilización social. Hasta el momento, la jornada busca ser un primer espacio de basculamiento, articulación de fuerzas y preparación de cara al Paro Nacional de noviembre. En esta editorial, analizamos los retos de la jornada de movilización del 14 de octubre y proponemos algunas lecturas estratégicas sobre la coyuntura política nacional.

Un primer elemento de la movilización del 14 de octubre es que se trata, a diferencia de lo que ocurrió en 2018 con el Gobierno de Iván Duque, de una manifestación en general contra el proyecto político de Abelardo De La Espriella. En 2018, el Gobierno Duque también enfrentó, a dos meses del comienzo de su gestión, un primer ciclo de movilización convocado por el movimiento estudiantil. Por aquel entonces, la oposición era liderada por Gustavo Petro, sin embargo, la agenda movilizatoria de octubre estuvo encabezada por dos sectores estudiantiles (UNEES y ACREES) que, aunque mantenían relaciones con el sistema de partidos, defendieron una apuesta programática “independiente” alrededor de la defensa de la educación superior pública y el financiamiento de los centros universitarios.

Este primer ciclo movilizatorio del 2018 fue ganando, progresivamente, la aprobación ciudadana en general poniendo como demanda estratégica la defensa de la educación superior pública. Es decir, una demanda corporativista o gremial, en el sentido gramsciano del término, terminó creando una indignación social universal que veía en la educación pública un instrumento de movilidad social. Este ciclo terminó prolongándose, con picos, entre el 2019 y 2021, articulando ya no solo demandas alrededor del campo educativo, sino incorporando el malestar ciudadano frente a la política tributaria y el paquete de reformas (pensional y laboral principalmente) que preparaba en aquel momento el Gobierno Duque.  

Con el Paro Nacional del 2021 se terminó de cristalizar este proceso de organización popular. Mediante asambleas populares, el pueblo movilizado intentó crear una instancia de dirección que pudiera, en primer lugar, brindar respuestas a la crisis económica por la que atravesaba el país, y que se veía reflejada en los alarmantes niveles de inseguridad alimentaria y, en segundo lugar, construir un instrumento político que le permitiera derrotar, en las calles y en las urnas, a la extrema derecha. Todo este proceso organizativo se reconfiguró con las elecciones de 2022, en las cuales las fuerzas progresistas, lideradas por Gustavo Petro, lograron establecer una agenda de cambio alrededor de las demandas sociales que habían surgido con los episodios movilizatorios de 2018, 2019 y 2021.

A través de la consolidación de una agenda reformista democrática se buscó canalizar todo este proceso de agitación popular. Seis grandes temas cubrieron, entre 2022 y 2024, la discusión política nacional: la reforma agraria, la reforma tributaria, la reforma pensional, la reforma laboral, la reforma a la salud y la reforma a la ley de financiamiento de la educación superior pública se convirtieron en la punta de lanza del progresismo. Iniciativas que, no obstante, fueron bloqueadas sistemáticamente tanto por el poder legislativo como judicial. Rápidamente, el progresismo se enfrentó a los límites del régimen político y quedó atrapado en un juego de saboteo en el que el bloque dominante cerraba y clausuraba cualquier intento de apertura democrática y de transformación de las selectividades estratégicas del Estado.

No fue sino hasta el hundimiento de la reforma laboral en 2025 que se planteó la posibilidad de aprobar extraparlamentariamente el programa de transformaciones estructurales mediante la instauración de mecanismos de consulta popular. Una vez el establecimiento dimensionó la amenaza de lo que representaba este instrumento de movilización política-electoral, decidió revivir el proyecto de reforma laboral y hacer algunas concesiones en materia de aprobación legislativa. Con esa decisión, que venía acompañada de presiones judiciales contra el Gobierno Nacional, se daría un paso atrás en el replanteamiento estratégico de la izquierda: nuevamente, el progresismo confiaría en la voluntad reformista de las élites, y desmontaría la iniciativa de la consulta popular y ciudadana.

El final del gobierno estaría marcado, como era previsible, por el bloqueo de las iniciativas restantes y con algunas medidas (como el aumento del salario mínimo sobre la base del 26%) que intentaba reconfigurar la correlación de fuerzas sociales. Bajo este escenario, se llegó a la contienda electoral de 2026. Una disputa en la que el progresismo no solo arrastraría con el peso de no haber aprobado su programa de reformas (de representar un reformismo sin reformas), sino que además cometería una serie de equivocaciones estratégicas en campaña que definirían el resultado final de las elecciones. Los errores en materia de comunicación, la debilidad de las apuestas programáticas de la campaña y la extremada pasividad con la que el candidato Iván Cepeda enfrentó la ofensiva reaccionaria de Abelardo De La Espriella terminaron por crear las condiciones definitivas para la derrota.

Justamente, este cuadro de errores y desaciertos es el que nos permite reevaluar y replantear la estrategia de transformación de la izquierda democrática en Colombia, que tiene como primera apuesta movilizatoria el 14 de octubre. Desde el punto de vista de la organización popular, podríamos decir que las siguientes jornadas de movilización hacen parte de un ciclo más amplío de rebelión popular que antecede el 2018, pero que encontró por aquellos años (más específicamente en el 2021) su punto de inflexión y articulación histórica. De modo tal que, dependiendo del grado de profundización de la protesta social, el país puede recuperar ese registro de lucha previo; es decir, puede reestablecer su tradición y agenda de lucha, sin decir, con ello, que la movilización social persiga una linealidad histórica predeterminada.

Desde el punto de vista de la dirección política, es importante señalar que, más allá de que la convocatoria del 14 de octubre sea un medidor de fuerzas frente a futuras jornadas, desde ahora debe plantearse la movilización como un eje central del replanteamiento estratégico de la izquierda. Recordemos, como hemos señalado en esta nota, que el punto de quiebre de la estrategia de transformación del Gobierno Petro tuvo que ver más con su tímido y ambivalente llamado al campo popular (mediante movilización y consultas ciudadanas) que con problemas de gobernabilidad institucional. El progresismo tuvo la posibilidad de torcerle el cuello a la clase dominante que bloqueaba el programa de reformas mediante la consulta popular y la movilización social permanente, pero declinó ante el menor beneplácito.

Pues bien, es hora de sacar lecciones de los errores acumulados en gobierno y plantearle al pueblo trabajador una alternativa de lucha social permanente. Una opción de este tipo pasa, necesariamente, por un replanteamiento interno de la izquierda: en nuestras editoriales hemos señalado cuatro grandes objetivos en ese sentido: (i) rearticular las bases sociales-populares del Pacto Histórico al nuevo proceso de reorganización partidista, es decir, que la conformación del instrumento partidista se caracterice por la inclusión e incorporación de actores del mundo popular; (ii) consolidar una fuerza socio-territorial, con instrumentos de democracia interna establecidos, que permita tomar decisiones en torno a las agendas de movilización y a la disputa electoral en 2027; (iii) construir de mecanismos de movilización jurídico-normativos para contener la deriva autoritaria y el ajuste estructural de Abelardo De La Espriella; (iv) reorientar el papel del gabinete alternativo, de modo que permita defender, técnica y normativamente, el programa de reformas sociales progresistas, manteniendo un trabajo permanente de articulación con la sociedad civil.

Avanzar en estos cuatro objetivos nos permitirá no solo reconocer los errores estratégicos que han limitado la capacidad de transformación del progresismo, sino consolidar un instrumento político democrático que tenga un pie en las calles y otro en la disputa electoral. La jornada del 14 de octubre puede ser el comienzo de un ciclo de reactivación de la movilización popular en Colombia. Más vale que, a nivel político, se alimente esa reactivación de perspectiva estratégica. Como cualquier hecho social, la protesta social es indescifrable, aún más cuando existe tanto desconcierto alrededor de lo que significa el nuevo gobierno, pero de lo que sí hay un mínimo de certeza es que la vía movilizatoria-constituyente, expresada en la Consulta Popular del 2025, levantó callos en la clase dominante. Podemos allanar ese camino para derrotar a la extrema derecha.

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