Las pasadas elecciones
presidenciales en Colombia, además de evidenciar la consolidación de la
izquierda al interior del sistema político, confirmaron que el Pacto Histórico
(PH) es la principal fuerza socio-territorial en el país. Esta potencia
territorial y de base que ostenta el PH se explica, entre muchas razones, por su
arraigo social, su presencia político-electoral de carácter nacional y, sobre
todo, por ser el único programa ideológico abiertamente de izquierdas que
recoge en su programa político los intereses de las clases populares en el
país. Con esto no sugerimos que no existan en la cartografía ideológica del
país otros programas de izquierdas, quizás más radicales que los que ofrece el
progresismo actual, pero sí que el Pacto Histórico, nos guste o no, sigue
siendo la formación política con mayor adherencia por parte de los sectores de
izquierda, es decir, es el espacio de articulación popular por excelencia en el
campo político colombiano.
Precisamente, debido tanto al
crecimiento electoral y territorial como al grado de articulación que ha
alcanzado el PH en las izquierdas -incluso en sus acepciones más plurales-, es
necesario que el PH peregrine sin complejos hacia la consolidación de un
partido centralizado. Esto supone un enorme reto en términos de democratización
interna que el PH, hasta el momento, ha sido incapaz de realizar ante los
evidentes problemas de renovación de cuadros dirigenciales, consensos internos
para tomar decisiones legislativas y, en especial, las críticas por las
decisiones que toman los dirigentes nacionales desconociendo los intereses de
las bases sociales.
En ese sentido, diversos analistas
de izquierdas han sugerido la urgencia del PH por realizar un verdadero acto
fundacional: un gran Congreso Nacional de Unidad, con representación municipal
y departamental de los delegados elegidos democráticamente por sus bases, con
la pretensión de solidificar la unidad política y estratégica. Por su parte,
otros analistas y críticos del progresismo advierten que el PH es un cascarón
vacío; con una importante representación electoral, pero imposibilitado para
construir una verdadera alternativa debido al caudillismo. La solución,
entonces, es abandonar el PH como plataforma política y fundar una nueva
izquierda, menos monopolizada por el petrismo y más elevada en términos
morales.
El problema con esta segunda
lectura es que suele desconocer las condiciones reales en las que se encuentran
las fuerzas políticas de izquierda y las posibilidades de edificar un horizonte
político transformador que vaya más allá de la inmediatez gubernamental. Por
tanto, la cuestión que atraviesa el PH y las fuerzas de izquierda no es un
problema de chapa partidista o de filiación institucional; es ante todo un
problema estratégico-organizativo que tiene implicaciones no solo en la
capacidad de ejercer la oposición frente a la peligrosa agenda contrarreformista
del actual gobierno o sobre las condiciones de posibilidad de un reacomodo
hacia la izquierda del poder ejecutivo, sino también en las nuevas relaciones
que se tejen entre la izquierda institucionalizada y la izquierda social.
Dicho esto, este texto propone que
el PH, consciente del momento político y organizativo que atraviesa, asuma sin
temores el tránsito, pasando de ser una fuerza social con expresiones
institucionales a concebirse como un partido político. Eso sí, un partido
democrático centralizado, capaz de arrogarse la unidad política, ideológica y
de acción, con la voluntad de subordinar las decisiones políticas a las
mayorías sociales, con balances, mecanismos y filtros internos y democráticos que
garanticen la autocrítica en la estructura partidista. Esta pretensión se funda
sobre el deseo de que la militancia y las organizaciones barriales de base
tengan peso específico en los procesos de elección y decisión; por eso, más que
anular la crítica y la pluralidad, se trata de canalizar y darle condiciones de
interacción política al interior del PH.
En esa medida, no se propone
convertir al PH en una organización burocrática o partidista tradicional
preocupada exclusivamente por los procesos electorales y desconectada de las
dinámicas populares. Por el contrario, se plantea una estructura partidista que
funcione bajo una nueva gramática política; una novedosa forma de habitar y
relacionarse en la vida política. Esta gramática política que, siguiendo a
Natalucci
Esta gramática política supone por
lo menos tres operaciones político-conceptuales fundamentales: i) dejar de
pensar el Estado en su versión instrumentalista, para reflexionar sobre el
fenómeno estatal como un espacio poroso y atravesado por múltiples tensiones;
ii) la movilización social es concebida como el soporte político del proyecto
de izquierdas, es decir, dejar de asumir la protesta como un acto reactivo,
para asumirla como parte de la agenda de transformación; iii) la articulación
de demandas populares como el bien político por excelencia.
Bajo estas consideraciones, lo
institucional no es contrario a la lógica societal/movimientista, sino que
puede ser una mediación entre la cristalización de las transformaciones en el
régimen político y la densidad de las organizaciones sociales. Esto implica que
las articulaciones y mediaciones institucionales no cierran la arena política
para las demandas, los actores o las identidades, sino que se encuentran en constante
redefinición. En esa medida, el dispositivo institucional, pese a reconocer que
no debe ser analizado como un aparato neutral, depende más de la correlación de
fuerzas contingentes de interlocución/ruptura del propio partido político que
de un constreñimiento institucional.
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