Por Santiago Pulido Ruiz
En
El Orangután con Sacoleva, el investigador Francisco Gutiérrez Sanín
planteaba que cada ciclo de apertura democrática en Colombia ha estado
precedido por constantes intentos de repliegue autoritario. Como un péndulo que
oscila entre la promesa democrático-republicana y la restauración oligárquica,
los momentos de apertura institucional han despertado la reacción de las élites
tradicionales, temerosas de que la expansión de los derechos civiles, la
redistribución del poder y la incorporación de las masas populares al Estado
alteren el “equilibrio institucional” sobre el que históricamente han edificado
su dominio.
Las
grandes reformas democráticas en Colombia, lejos de desarrollarse en tiempos de
calma y concertación, transcurrieron en medio de tormentas perfectas, bajo el
asedio permanente de una oligarquía dispuesta a sacrificar el cascarón
democrático con tal de preservar su posición de poder. Para contener las expectativas
reformistas, nuestras élites han recurrido, en articulación con poderes
regionales, autoritarismos subnacionales y expresiones armadas, a distintos
mecanismos de clausura de las vías democráticas, sustituyendo la competencia
política, por la represión directa, la escalada de la violencia estatal y los
pactos de exclusión.
La
historia política nacional ofrece numerosos ejemplos de este patrón. La
apertura liberal de los años treinta desembocó en la violencia bipartidista que
preparó el golpe militar de 1953; las expectativas de transformación política
que acompañaron al Frente Nacional terminaron absorbidas por un régimen de
alternancia excluyente que cerró las puertas a nuevas fuerzas políticas; la
constituyente de 1991, concebida como un pacto de ampliación democrática luego
de décadas de conflicto, coexistió con la expansión del paramilitarismo, la
violencia del narcotráfico, la instauración del régimen de desposesión
neoliberal, la captura del Estado y la conformación de nuevos autoritarismos
regionales.
Cada
avance democrático pareció activar, con distintas intensidades y modalidades,
una respuesta conservadora orientada a restaurar la estructura de dominación de
las élites tradicionales. Esta regularidad histórica permite comprender cómo ha
evolucionado la democracia colombiana, no mediante trayectorias lineales o
estadios de evolución normativa, sino a través de un movimiento pendular en el
que los momentos de apertura son sucedidos por procesos de contención,
reversión o reconfiguración autoritaria.
Las
élites colombianas rara vez se han opuesto de manera frontal al lenguaje
democrático; por el contrario, han aprendido a administrarlo, a darle un giro
semántico e incluso a apropiarse de su significado mientras limitan, en la
práctica, sus efectos materiales. El autoritarismo nacional no suele
presentarse, en ese sentido, como una ruptura del orden institucional, sino
como un proceso gradual de vaciamiento de sus contenidos. Su horizonte
histórico es revertir las conquistas democrático-republicanas sin romper con el
orden legal dominante: las reglas constitucionales permanecen formalmente
intactas, mientras la capacidad institucional para garantizar igualdad política
y control de poder se erosiona.
Bajo
esta perspectiva algunos intentamos comprender la coyuntura abierta en el 2022.
La elección de Gustavo Petro y Francia Márquez no representó solamente un
proceso de alternancia de poder, sino la apertura de un ciclo político inédito
en nuestra historia contemporánea. Por primera vez, una coalición de izquierda
alcanzaba el poder por la vía electoral con un programa orientado a reformar
los ejes centrales del régimen neoliberal, fortalecer la política social,
implementar el Acuerdo de Paz y ampliar la participación del campo popular. El
gobierno del cambio condensó las expectativas de millones de colombianos que,
luego de las movilizaciones del 2021, veían en él la posibilidad de profundizar
la democracia más allá de la alternancia entre las élites tradicionales.
La
singularidad de este ciclo reformista radicó en que sus principales iniciativas
no se limitaron a ampliar la cobertura de las políticas sociales, sino que
buscaron intervenir algunos de los mecanismos estructurales que sostienen el
régimen neoliberal. La reforma pensional, la reforma al sistema de salud y las
modificaciones al modelo de financiamiento de la educación superior compartían
una orientación estratégica: disminuir el peso de la intermediación financiera
en la garantía de derechos sociales, fortaleciendo la capacidad del Estado para
administrar directamente recursos que, durante más de tres décadas, habían sido
transferidos a operadores privados. El propósito de las reformas no consistió
solo en redistribuir recursos, sino en modificar parcialmente la estructura
institucional mediante la cual el neoliberalismo convirtió derechos
fundamentales en esquemas de acumulación.
No
se trataba, por tanto, de reformas sectoriales aisladas, sino que representaron
un intento por alterar uno de los principales patrones de selectividad
estratégica del Estado neoliberal: aquel que privilegia la participación del
capital financiero en la administración de la seguridad social, la salud y
otros bienes públicos. La disputa trascendió el plano técnico o administrativo
para cuestionar la forma misma en que el Estado distribuye recursos, organiza
la protección social y redefine la relación entre mercado y proyección.
Justamente por esa razón, suscitó la reacción de la oligarquía. Lo que las
élites dominantes identificaron no fue simplemente un conjunto de proyectos
legislativos, sino la posibilidad de que comenzaran a erosionarse algunos de
los pilares institucionales sobre los cuales se consolidó la hegemonía
neoliberal, especialmente, desde las reformas estructurales de los noventa.
Sin
embargo, tal como ha ocurrido en otros momentos decisivos de la historia
nacional, la irrupción del proyecto reformista activó una compleja red de
resistencias. El bloqueo legislativo por parte de la oposición, el asedio
judicial por parte de las Altas Cortes, la oposición de gremios económicos, la
ofensiva mediática y el reagrupamiento de viejas élites políticas no
constituyeron respuestas aisladas, sino expresiones de una dinámica histórica de
larga duración: cuando el equilibrio tradicional del poder comienza a
desplazarse y los patrones estructurales del régimen dominante son removidos,
las fuerzas políticas y económicas encargadas de preservarlo reaccionan para
contener dicho proceso.
Ahora
bien, reducir el desenlace de este ciclo reformista a la sola capacidad de
reacción de las élites es ignorar la realidad de nuestros propios desaciertos.
La izquierda progresista también encontró limites en su horizonte estratégico
de cambio. La principal de ellas consistió en depositar una confianza excesiva
en la capacidad transformadora del parlamentarismo y en la posibilidad de
construir un nuevo pacto social democrático a través de acuerdos
institucionales con sectores del establecimiento. El famoso Acuerdo Nacional,
las sucesivas negociaciones legislativas y la búsqueda permanente de acuerdos
parlamentarios partían del supuesto equívoco de que el Estado constituía un
terreno relativamente neutral sobre el cual podían construirse mayorías reformistas.
Pero
la experiencia de gobierno demostró que las instituciones estatales no operan
como meros escenarios de deliberación democrática, sino que condensan
relaciones históricas de fuerzas y patrones de selectividad estratégica que
favorecen la reproducción del orden existente. El bloqueo sistemático de las
reformas confirmó que el problema no residía únicamente en la falta de mayorías
parlamentarias, sino en el carácter estructuralmente selectivo del Estado
capitalista. La estrategia parlamentaria terminó desplazando la movilización
social como vehículo de transformación y concentró el margen de acción del
gobierno en un terreno en el que las fuerzas de restauración siempre han ganado
el pulso.
A
esa limitación estratégica se sumó el progresivo desgaste político del Gobierno
del Cambio. Los sucesivos escándalos de corrupción que involucraron a altos
funcionarios, las fracturas internas de la coalición de gobierno y las
dificultades para mantener a la dirección política cohesionada deterioraron los
márgenes de posibilidad con los que el progresismo había llegado al poder.
Aunque muchos de estos episodios fueron amplificados por la maquinaria
mediática, también evidenciaron las dificultades internas en la construcción de
un proyecto de poder popular, debilitando su capacidad para sostener el
programa reformista y erosionando parte del respaldo social conquistado durante
el ciclo de movilizaciones de 2021.
Algo
similar ocurrió con la política de Paz Total. Concebida inicialmente como una
apuesta por transformar las condiciones estructurales de la violencia y abrir
un nuevo horizonte para la implementación integral del Acuerdo de Paz, terminó
atrapada entre la persistencia de economías ilegales, la fragmentación de los
actores armados, las dificultades institucionales para coordinar múltiples
procesos de negociación y una creciente narrativa de inseguridad impulsada por
la oposición. La promesa de una paz con justicia social fue paulatinamente
desplazada por la percepción de un Estado incapaz de controlar el territorio,
circunstancia que permitió a los sectores más conservadores reinstalar el viejo
discurso del orden, la autoridad y la seguridad como ejes centrales de la
discusión nacional.
La
combinación entre el bloqueo estructural de las élites, las limitaciones
estratégicas del progresismo y el desgaste político del gobierno terminó
clausurando las condiciones que habían hecho posible el ciclo democratizador
abierto en 2022. Lo que comenzó como una oportunidad histórica para modificar
algunos de los engranajes del Estado neoliberal concluye con el cierre de un
ciclo reformista de baja intensidad, pero dejándonos una enseñanza fundamental:
ninguna transformación puede descansar exclusivamente en la gestión
gubernamental ni en las mayorías parlamentarias. La democratización del Estado
exige, al mismo tiempo, una correlación de fuerzas favorable a nivel
institucional y una capacidad permanente de movilización social y organización
popular.
En
ausencia de esa articulación, incluso las reformas más ambiciosas terminan
subordinadas a los límites estratégicos del Estado y a los intereses
dominantes. Ahora bien, la pregunta que hoy atraviesa la política nacional no
es solo si el Gobierno Petro logró o no desarrollar su programa, sino si el
ciclo democrático abierto en 2022 va a ser sustituido por un nuevo momento de
cierre institucional, por la restauración oligárquica y por una nueva hegemonía
neoconservadora; aun sabiendo que el péndulo entre democracia y autoritarismo
no constituye un destino trágico ni una fatalidad histórica, sino que es
producto de la correlación de fuerzas sociales-políticas, de la capacidad de
organización y movilización de las clases populares y de la inteligencia
estratégica con la que se asuma cada coyuntura política.
La restauración conservadora no expresa el triunfo definitivo del bloque dominante, del mismo modo que la apertura democrática inaugurada en 2022 tampoco fue el desenlace natural de la historia: ambas son el resultado de la evolución de la lucha de clases, del desarrollo de estrategias y del grado de organización de cada fuerza en el Estado. El futuro democrático de Colombia dependerá, en consecuencia, de la capacidad que tenga la izquierda institucional y el campo popular para replantear su estrategia política, reestructurar sus fuerzas internas, redefinir su programa político y contener la deriva autoritaria.
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