Editorial Militancia y Sociedad

En distintas entregas, nuestra editorial ha insistido en la necesidad de abordar el nuevo ciclo político colombiano desde el punto de vista estratégico y organizativo. Hemos planteado que la izquierda democrática debe reconstruir su estrategia política en torno a tres objetivos: (i) rearticular las bases sociales-populares del Pacto Histórico al nuevo proceso de reorganización partidista; (ii) afianzar su fuerza socio-territorial de cara a la disputa electoral en las regionales del 2027; (iii) proponer mecanismos de movilización jurídico-normativa para contener la deriva autoritaria y el ajuste estructural del Gobierno de De La Espriella; (iv) conformar un gabinete alternativo que, por un lado, defienda el programa de reformas sociales progresistas y, del otro, mantenga un trabajo permanente de activación de la movilización social. Lo fundamental, a nuestro juicio, es abrir un espacio de discusión alrededor de la estrategia de organización político-popular por fuera de los centros de poder 

Hace algunas semanas, el Pacto Histórico informó algunos avances en ese sentido: por un lado, hizo un llamado al reagrupamiento de fuerzas mediante el primer congreso de la coalición; del otro lado, anunció la conformación de un gabinete alternativo para hacer seguimiento técnico a la agenda contrarreformista de De La Espriella y perfilar el programa de reformas que se defenderán en el próximo período legislativo. Sin embargo, queda pendiente una cuestión fundamental: la rearticulación de las bases sociales-populares dentro del proceso de reorganización y replanteamiento estratégico de la izquierda. A raíz de esta desarticulación, se han cuestionado algunas de las decisiones políticas de la coalición, particularmente, el hecho de pactar con el Centro Democrático la llegada de Honorio Henríquez a la presidencia del Senado y no presentar una candidatura alternativa (más allá del resultado). 

Justamente, este tipo de situaciones son las que atraviesan la discusión estratégica sobre el anuncio de desobediencia civil pacífica. ¿Es un llamado a construir un programa de lucha institucional y extrainstitucional contra la deriva autoritaria, el ajuste estructural, la persecución de la oposición, por la defensa del programa de reformas progresistas, la institucionalidad democrático-republicana y la protección de los derechos humanos o es un anuncio simplemente para bloquear al Gobierno De La Espriella a cualquier precio? Estos cuestionamientos son los que se debe plantearse la dirección del Pacto Histórico al momento de reconstruir su horizonte estratégico e incorporar sus bases sociales al debate.

En este artículo retomamos, precisamente, la discusión sobre la desobediencia civil pacífica desde el punto de vista de la estrategia política para proponer algunos elementos de análisis y algunas claves organizativas de cara al proceso de recomposición de fuerzas de la izquierda colombiana. Sugerimos una estrategia política centrada en la reestructuración de fuerzas del Pacto Histórico, en la reorganización-rearticulación de sus bases sociales y en la construcción de un programa de lucha que busque, más que crear escenarios de diálogo, negociación y concertación con el nuevo gobierno, contener la amenaza autoritaria y configurar un plan de conquista del poder político para los próximos cuatro años.

i. El problema estratégico de la desobediencia civil pacífica:

Uno de los principales problemas del anuncio de desobediencia civil pacífica tiene que ver con la incomprensión de su horizonte estratégico. Algunos sectores lo vinculan al campo constitucional y al derecho de desobediencia ante un gobierno ilegítimo, otros lo relacionan con una estrategia de organización parlamentaria en la que se debe frenar a toda costa el plan de ajuste del nuevo gobierno, una tercera interpretación lo asocia a procesos de movilización social permanente y lucha contra la deriva autoritaria. En estas tres lecturas resalta un elemento común: hacer frente, mediante mecanismos diferenciados, a la amenaza que representa la extrema derecha y consolidar el proceso de reorganización de la izquierda.

En ese sentido, un primer elemento que hay que precisar sobre la desobediencia civil pacífica es su carácter político-estratégico. No se trata de un problema nominal o conceptual respecto a la forma “correcta” de denominar el proceso de reorganización de la izquierda, sino de un problema sobre su orientación política, sus objetivos inmediatos y las fuerzas que integrarán esta nueva etapa. Desde esa perspectiva, la desobediencia civil deja de ser un mero anuncio de coyuntura, un simple instrumento de presión y negociación política para convertirse en un eje central de la discusión programática y estratégica de la izquierda colombiana.

Este desplazamiento implica reconocer, entonces, que no habrá escenarios de negociación o concertación política mientras el nuevo gobierno y sus fuerzas aliadas mantengan en marcha su programa de ajuste estructural contra la clase trabajadora y el campo popular. Situación que no se revertirá en los próximos años. De tal manera que, ni el Pacto Histórico ni las centrales sindicales ni los espacios organizativos de la Sociedad Civil, podrán construir una apuesta por la negociación política (tal como ocurrió en el 2021), sino que el objetivo inmediato de la desobediencia civil pacífica es conformar un programa de lucha, resistencia y unidad democrática contra el proyecto autoritario y neoliberal de Abelardo De La Espriella.

De modo tal que ese proceso de construcción estratégica de la desobediencia civil pacífica debe partir, necesariamente, de un análisis de la coyuntura política, de un balance de la gestión del Gobierno Petro, de una caracterización del proyecto político de Abelardo De La Espriella y de la nueva situación política que se abre en el país tras el triunfo del bloque reaccionario. De esta caracterización política se desprenden las principales líneas de la acción estratégica de la izquierda democrática y los principales componentes reivindicativos del programa político-legislativo de la oposición. Esto implica tener una doble perspectiva de la lucha política: primero, una disputa que se desarrolla dentro de las instituciones estatales; segundo, otra que se da en estrecha articulación con el movimiento popular.

En el primer caso, representa una apuesta por la consolidación de un gabinete alternativo, el fortalecimiento del programa de reformas sociales enfocado en su defensa técnica y normativa, en la reorganización del bloque legislativo de oposición, en el alineamiento de sectores democráticos y en la construcción de un acuerdo fundamental alrededor de la protección de la institucionalidad democrática y el blindaje de los avances sociales. A esta lucha institucional-estatal se suma un segundo componente relacionado con la preparación de la disputa electoral en los comicios regionales del 2027.

Al respecto, es importante señalar que el Pacto Histórico no solo debe fortalecer su estrategia territorial de campaña, ganar el pulso regional a las fuerzas partidistas tradicionales o solventar los problemas de democracia interna en la selección de listas y candidaturas, sino que también debe aprovechar la coyuntura electoral para consolidar el proceso reorganizativo de la coalición, es decir, las próximas elecciones regionales deben ayudar a cristalizar el tan mencionado proceso de recomposición de fuerzas internas, a perfilar el replanteamiento de la estrategia política del progresismo, a estructurar el programa de reformas sociales, a renovar la dirección política y a ensanchar la base de militantes del Pacto Histórico.

En el segundo caso, la dimensión de la disputa política tiene que ver con la organización y movilización del campo popular, la construcción de espacios asamblearios, la definición de un programa de movilización permanente, el reconocimiento de la autonomía de los movimientos sociales, la inclusión de sus intereses dentro del programa de acción política de la coalición, la ampliación de su capacidad y margen de incidencia al interior de las decisiones de la izquierda institucional y el diseño de un sistema partidista-movimientista el cual permita tomar decisiones y afrontar en conjunto la amenaza autoritaria. Es en ese sentido que el llamado a desobediencia civil pacífica deja de ser una mera herramienta constitucional-normativa para convertirse en un el vértice de la estrategia política de la izquierda.

Al respecto, habría que señalar que la desobediencia civil de ninguna manera puede interpretarse como una moderación del programa ideológico y el horizonte político de las fuerzas progresistas; más bien, debe asumirse como la posibilidad de arrebatarle el monopolio del sentido de la radicalización política a la extrema derecha. Esto significa agudizar la polarización del sistema político hacia la izquierda; incluso en el marco de una correlación de fuerzas desfavorables, es crucial que el Pacto Histórico sea capaz de instalar un antagonismo de polarización de clase que logre transgredir la actual cartografía electoral.

De tal manera que la desobediencia civil no se reduce solo al desdoblamiento de dispositivos jurídicos, utilizándolos en favor de los intereses populares y las reivindicaciones del campo popular, sino de una plataforma de reorganización de la izquierda: un espacio en el que se puede replantear la orientación estratégica del Pacto Histórico, en el que se puede rearticular las bases sociales-populares de la coalición, pero además un escenario que puede permitir la cualificación de las portavocías legislativas del progresismo, el fortalecimiento de la agenda reformista y, sobre todo, la construcción de un plan de movilización permanente orientado a contener la deriva autoritaria del Gobierno de De La Espriella.

En síntesis, algunas de las ideas que se podrían explorar frente a la desobediencia civil pacífica tienen que ver i. con la rearticulación de las bases sociales del Pacto Histórico mediante la creación de asambleas populares; ii. la creación de Consejos Ciudadanos del Pacto Histórico que fortalezcan el ejercicio de control político, democracia interna, apoyo técnico y social al programa de reformas progresistas; iii. con la convocatoria a Congresos Regionales y a un primer gran Congreso Nacional del Pacto Histórico, que articule el proceso asambleario popular y defina las líneas de acción estratégica de la coalición; iv. con el fortalecimiento de las capacidades técnicas y políticas de las portavocías progresistas a través de la creación de un gabinete paralelo con participación de cuadros de militantes del Pacto Histórico y de la Sociedad Civil organizada; v. con la construcción de un programa de defensa y disputa de las reformas sociales, de análisis técnico-normativo y de su aprobación interna; vi. con el diseño de un programa de lucha social enfocado en la movilización popular, la protección constitucional de la protesta social y la defensa de los Derechos Humanos.

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