Por: Santiago Pulido Ruiz

El pensamiento marxista heterodoxo ha propuesto, desde comienzos del siglo XX, un importante método de análisis de coyuntura que parte de considerar elementos relacionales y estructurales de cada situación política para replantear la estrategia política del movimiento revolucionario. Contrario al determinismo histórico-estructural al que intentaron reducir a la tradición marxista-socialista, surgieron autores de la talla de Antonio Gramsci, Palmiro Togliatti, Ernest Mandel y René Zavaleta, entre otros, que insistieron en la necesidad de un planteamiento político relacional y estratégico de la lucha revolucionaria. Se trataba de una tesis en la cual la configuración del campo popular alternativo no podía ser un reducto de la crisis capitalista, sino, por el contrario, un momento constitutivo de la política de izquierdas. 

En conjunto, estos autores plantearon que las expresiones populares de la lucha de clases no surgen por una suerte de determinación estructural de la crisis capitalista, sino por un proceso relacional de fuerzas en el cual el pueblo se organiza y moviliza, de manera espontánea, contra un régimen de agravios morales y materiales. Aunque compartían la idea estructuralista de las ondas largas de la crisis capitalista, tomaron distancia de aquellos pensadores que creían en una inminente e inevitable caída del régimen de explotación a manos del movimiento obrero. Para estos intelectuales, la esencia de todo proceso revolucionario no radicaba en un supuesto “efecto caída” de la crisis, sino en la capacidad de organización y articulación estratégica del movimiento obrero, es decir, en la capacidad para conformar un bloque histórico subalterno y popular con alcances nacionales.

Este tipo de replanteamientos estratégicos, que invitaban a disputar el concepto de patria y nación, no se daban al margen de los procesos de movilización popular del siglo XX, sino que surgían, justamente, como resultado de una valoración crítica de los mismos. De allí surgiría toda una tradición vinculada a lo nacional-popular que aspiraba no solo a renovar teórica y conceptualmente la tradición marxista, sino también a proponer un horizonte estratégico alternativo para el movimiento de trabajadores. Rescato estos elementos de historia y teoría porque considero que son pertinentes a la hora de comprender la nueva situación política que se abre en Colombia con el triunfo de la extrema derecha el pasado 21 de junio, pero sobre todo porque pueden arrojar luces a la hora de replantear la estrategia política de la izquierda nacional en tiempos de reacción y autoritarismo.

1. Estructuras y relaciones en la nueva configuración del mapa político colombiano:

Un primer aporte analítico que se puede rescatar de la tradición marxista heterodoxa es el del enfoque histórico-relacional o estratégico-relacional. Desde esta perspectiva, debemos reconocer, en primer lugar, que el país se ha caracterizado por un dominio prolongado de las oligarquías, que han establecido un régimen político que, en las formas, conserva los principios del Estado democrático republicano, pero que, en la práctica, sostiene mecanismos de conservación de poder de las élites mediante la guerra interna, la persecución de la oposición y el cierre autoritario ante procesos de democratización política y social. Es decir, a nivel estructural, encontramos una trayectoria estatal e institucional que, pese a reconocer la independencia de poderes, la prevalencia de la Carta Constitucional, la libre competencia electoral y la supremacía del poder civil, ha soterrado sistemáticamente la posibilidad de que fuerzas populares y de izquierda lleguen al poder de Estado.   

A esta dimensión estructural del poder político se suma un patrón de regularidad histórica en el que, por un lado, el régimen político-económico nacional sigue los lineamientos exógenos de los organismos financieros multilaterales y de las élites norteamericanas y, del otro, una estructura institucional que blinda la lógica neoliberal financiarizada de la gestión pública. En ese sentido, no solo hay una exclusión política estructural de los proyectos alternativos, sino también un condicionamiento o limitación estructural a los programas de reforma que busquen revertir ese patrón de dependencia estructural; que no solo se expresa en el modelo de desarrollo productivo, sino también en el régimen de seguridad social, en el régimen de trabajo, en el modelo de educación pública, en la política de lucha contra las drogas, en la agenda de seguridad nacional, en la diplomacia pública, la política exterior, entre otras.

Sin embargo, estos entroncamientos estructurales, siguiendo la tesis del marxismo gramsciano, no son simples adaptaciones nacionales a fórmulas externas, sino que son procesos de reforma política que están atravesadas por una determinada configuración de fuerzas políticas a nivel interno y por una especifica trayectoria institucional. De modo tal que los patrones estructurales se convierten en una regularidad histórica, estructural e institucional en la medida que son resultado de la lucha de clase, de reacomodos en el bloque político, social y económico dominante y de profundos procesos de transformación estatal en los que se reproducen y blindan las selectividades estratégicas del Estado neoliberal.

En ese sentido, podemos decir que el triunfo del Gobierno Petro en 2022 tuvo un doble desafío: avanzar en una transformación tanto de la forma estructura como de la forma relación del Estado neoliberal colombiano. En el primer caso, implicaba una transformación de los patrones de selectividad estratégica que habían sido heredados del neoliberalismo y que estaban asociados al carácter dependiente de la economía nacional, a los mecanismos de intermediación financiera en los sistemas de protección y atención social, a la guerra interna y al conflicto armado como estrategia de conservación del poder oligárquico, al cierre antidemocrático del régimen político y a la reproducción de un régimen de desigualdades.  

En el segundo caso, significaba una transformación esencialmente política: en los puestos de representación estatal e institucional, en la inclusión de las masas populares al Estado, en la reorganización de una nueva estrategia de conquista del poder político y control del aparato estatal, en la reactivación movilizatoria del movimiento de abril y, sobre todo, en una reforma estatal que desenlazara los nudos estratégicos del régimen neoliberal. En ambos casos, tanto en la forma relación como en la forma estructura, el Gobierno Petro tuvo avances parciales: aunque propuso un programa de reformas con una clara orientación antineoliberal o intentó tímidamente acompañar su gestión de gobierno con movilizaciones populares, se enfrentó a los límites estructurales del régimen, al bloqueo legislativo de la oposición, al asedio judicial de las Altas Cortes y a una estrategia de movilización popular que generó más desconcierto que seguridad en los movimientos y organizaciones sociales.

Los costos tanto estructurales como relacionales se trasladaron al terreno electoral del 2026. Frente a un escenario de estancamiento de las reformas sociales, de cierre legislativo y asedio judicial, de fracaso de los diálogos de paz con grupos armados, de incremento de la inseguridad, de reencauche de las élites tradicionales en puestos de representación estatal, de escándalos de corrupción y de errores estratégicos de campaña, la extrema derecha logró capitalizar electoralmente un creciente descontento social y ofrecer una alternativa reaccionaria ante el impasse institucional. Lo anterior no pretende desconocer los logros de la política social del Gobierno Nacional ni mucho menos negar la evidente injerencia norteamericana en el proceso electoral colombiano, simplemente, sitúa las condiciones políticas e institucionales internas que ayudan a explicar el triunfo del bloque reaccionario.

Por tal razón, es necesario hacer un balance del triunfo electoral de la extrema derecha colombiana y sus apuestas estatales en términos de relaciones y estructuras. Contrario a lo que ocurrió con el Gobierno Petro, el proyecto político de Abelardo De La Espriella cuenta, desde el primer momento, con el respaldo pleno de las bancadas legislativas de la derecha, que, hoy en día, representan una mayoría en el Congreso Nacional. Con esto, evitaría el costo y el desgaste político del bloqueo legislativo que enfrentó el progresismo. Además, cuenta con la “suerte” de que las Altas Cortes no han emitido ningún pronunciamiento frente a las irregularidades que han enlodado su nombramiento presidencial, particularmente en temas relacionados con su doble nacionalidad, sus vínculos al departamento de seguridad norteamericano, su presunta participación en la creación de fundaciones políticas al servicio del paramilitarismo, sus lazos con hechos de saqueo al sistema de salud, entre otros.  

De tal manera que se han venido dando, tanto desde el punto de vista relacional como estructural, las condiciones de posibilidad para que el próximo gobierno desarrolle sin mayores obstáculos o contrapesos una agenda contrarreformista que revierta los logros sociales del progresismo, que reinstale la doctrina de seguridad nacional, persecución de la oposición y terrorismo de Estado, que reestablezca los lazos de dependencia estructural con el norte global (particularmente con Estados Unidos), que reprivatice los sistemas de seguridad y protección social, que desarticule el vínculo entre masas populares e instituciones estatales, y que refuerce los patrones de selectividad estratégica del Estado neoliberal. Desde luego, son procesos de contrarreforma sujetos a relaciones de fuerza; de ahí que sea necesario pensar no solo la configuración de un nuevo proyecto estatal autoritario, sino las posibilidades de reorganización política y replanteamiento estratégico de la izquierda.

2. Una lectura estratégico-relacional del replanteamiento organizativo de la izquierda:

Con el reconocimiento de los resultados electorales de junio de 2026, el Pacto Histórico anunció una nueva etapa de replanteamiento estratégico de la izquierda. Este anuncio ha venido acompañado por una serie de pronunciamientos en los que se ha denunciado irregularidades en el nombramiento presidencial de Abelardo De La Espriella, en los que se ha realizado un llamado a la desobediencia civil democrática o en los que se confirma la ruptura del proceso de empalme entre gobiernos. Más allá de la importancia de cada uno de estos pronunciamientos, que van evidenciando el carácter abiertamente autoritario del nuevo gobierno, no ha existido una valoración crítica sobre la estrategia política del progresismo, ni mucho menos un espacio para replantear el horizonte emancipatorio de la izquierda colombiana y la rearticulación entre el campo popular y las estructuras partidistas.

Si bien la dirección del Pacto Histórico ha comprendido que los resultados de segunda vuelta nos dejan en una nueva situación política (en la que la izquierda debe construir un bloque de oposición democrática que contenga la amenaza autoritaria, que confronte el ajuste estructural del neoliberalismo, que blinde las garantías democráticas, las libertades individuales y que reactive la organización del movimiento popular), no han realizado ningún intento de reorganización interna ni de replanteamiento estratégico con las fuerzas populares que componen la coalición. Hasta el momento, los anuncios y pronunciamientos (independientemente de que sean acertados o no) se siguen manejando como en campaña: dentro del círculo ejecutivo del partido, y al margen de un proceso de deliberación colectiva.  

Este tipo de estrategia explica, en parte, por qué al Pacto Histórico le costó ganar la primera vuelta presidencial y por qué las bases sociales de la izquierda progresista percibían, a diferencia del 2022, un distanciamiento respecto a la orientación política de la campaña. De tal manera que el primer elemento del tan mencionado replanteamiento estratégico de la izquierda debe empezar por un proceso de rearticulación con las bases sociales y populares del Pacto Histórico. Es necesario que la dirección política del progresismo plantee con urgencia un Congreso Nacional del Pacto Histórico que reúna las expresiones regionales de la coalición, discuta el futuro del partido y defina las líneas estratégicas de acción política.

Buena parte de la discusión estratégica debe estar orientada al anuncio de desobediencia civil pacífica. ¿Cuál es el horizonte estratégico que se desprende de ese anuncio? ¿Está dispuesta la dirección del Pacto Histórico a sostener un proceso de huelga general en caso de que la desobediencia venga más bien por cuenta del nuevo proyecto de gobierno? ¿Cómo se articulará esa resistencia institucional y judicial con procesos de movilización popular? ¿Qué tan seguros está la dirección de que la bancada legislativa del progresismo responderá política y estratégicamente a la amenaza que se abre luego del 7 de agosto? Pero, sobre todo, ¿cómo se está reorganizando la fuerza social del progresismo para hacer frente a dicha amenaza?

Son reparos más desde el punto de vista de la estrategia política y de la reorganización de fuerzas sociales y populares que del fetichismo liberal de creer ciegamente en el contrapeso institucional de poderes y la regulación institucional, que, en el caso colombiano, pierde margen de autonomía y control cuando se trata de gobiernos de derecha. Por tanto, es necesario avanzar en ese Congreso Nacional de las fuerzas progresistas con miras a consolidar un proceso de reorganización popular de los trabajadores, de los campesinos beneficiados por la política de titulación de tierras, de los jubilados, de los estudiantes, de las comunidades indígenas y afrodescendientes y, ahí sí, definir cuál es la estrategia política que desarrollarán las fuerzas alternativas ante la contraofensiva autoritaria y el ajuste neoliberal.

Un segundo elemento de ese replanteamiento estratégico tiene que ver con el proceso de movilización jurídica y normativa. Es clave que, tras las denuncias presentadas por el Pacto Histórico luego del reconocimiento de los resultados electorales, se exija a los Altos Tribunales tomar decisiones judiciales en torno a las arbitrariedades e ilegalidades que han rodeado el posicionamiento presidencial de Abelardo De La Espriella. Esta presión judicial no constituye el centro de la estrategia política de la izquierda ni tampoco representa un mecanismo que vaya a modificar la relación de fuerzas nacionales o revertir los efectos de la derrota electoral. Simplemente es una herramienta o instrumento a través del cual se pueden defender principios democráticos, constitucionales y blindar los avances sociales.

Un tercer elemento que se ha propuesto desde algunos portavoces legislativos del Pacto Histórico es la creación de un gabinete paralelo o un equipo de asesoramiento técnico y político de la oposición que, por un lado, defienda el programa de reformas que instaló el Gobierno Petro, reorganice el bloque de oposición progresista en el Congreso Nacional, articule una votación por cámaras para contener la contraofensiva autoritaria y neoliberal de De La Espriella y que, por otro lado, informe a la Sociedad Civil sobre iniciativas en curso, construya consejos ciudadanos para fortalecer el control político a la agenda contrarreformista de la derecha y amplíe los márgenes de acción política del campo popular. 

Es fundamental que la creación de ese gabinete paralelo esté acompañada por un proceso de fortalecimiento de la formación de cuadros regionales. Estos cuatro años de gobierno evidenciaron una profunda crisis técnica, política e intelectual en los cuadros de izquierda y en los representantes legislativos del Pacto Histórico. Por tanto, es necesario replantear nuestros procesos internos de formación política. Con esto, se podría superar la crisis intelectual por la que atraviesa una buena parte de la dirección progresista, renovar e integrar nuevas militancias a nuestro proyecto político, desarrollar un programa de defensa técnica y jurídica de la política social, laboral, salarial, pensional y tributaria del Gobierno Petro y, sobre todo, cualificar técnicamente las portavocías del progresismo en el legislativo.

Pero además de cumplir funciones de asesoramiento legislativo, ese gabinete “en las sombras” debe mantener un estrecho vínculo con los movimientos sociales y el proceso reorganizativo del campo popular. Esto implica recuperar una de las lecciones estratégicas más importantes del Paro Nacional: la movilización permanente no es un simple recurso o un repertorio de acción que puede utilizar la izquierda para presionar al establecimiento o para establecer negociaciones con el poder, sino que constituye una estrategia de acción política, una forma de reorganización del movimiento popular, un mecanismo de rearticulación de actores del orden plebeyo y subalterno. La movilización permanente, más que un instrumento de presión política, es un proceso de reorganización del mundo popular, de encadenamiento de sus agendas e intereses y un espacio de creación de alternativas.

Estos tres principios -el de rearticulación de las bases sociales del Pacto Histórico, el de la movilización jurídica y normativa, y el de la creación de un gabinete paralelo- puede ser algunos de los posibles caminos que tome el replanteamiento estratégico de la izquierda colombiano. Lo fundamental es que, independientemente de la dirección que asuma el Pacto Histórico, se abra un espacio de discusión alrededor de la estrategia de organización política-popular por fuera de los centros de poder. Vendrán cuatro largos años de ataques al movimiento social, de persecución a la izquierda parlamentaria, de ajustes estructurales contra la clase trabajadora, de desmonte de los programas sociales, de privatización de los sistemas de atención y protección social y de reforzamiento del autoritarismo neoliberal. Más vale preparar la nueva batalla contra oligarquía: ¡reorganización legislativa, replanteamiento estratégico del movimiento popular y defensa de la soberanía nacional!

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