Por: Santiago Pulido Ruiz

Luego de conocerse los resultados electorales del 31 de mayo, en los que el candidato de extrema derecha, Abelardo De La Espriella, toma la ventaja sobre Iván Cepeda, y en los que el “centro” reúne un poco más de un millón de votos determinantes para segunda vuelta, se ha publicado por parte del sector político de Sergio Fajardo un decálogo de propuestas de cara a los comicios del 21 de junio. Para algunos medios, las diez exigencias de Sergio Fajardo alejan cualquier posibilidad de unión con Iván Cepeda, sin embargo, por las características de la presentación de las propuestas -enfocadas particularmente en los principales puntos programáticos del Pacto Histórico- parece haber en el fondo una invitación al diálogo y a la unidad democrática.

El decálogo comienza, como es habitual en los discursos del centro, con un llamado al cese de la polarización e insta a los candidatos a “civilizar, moderar y rebajar la crispación”. El segundo punto, que corresponde a la agenda progresista, tiene que ver con la protección de la Carta Constitucional del 91’, la independencia de poderes y la renuncia a cualquier intento de Asamblea Nacional Constituyente. En tercer lugar, se hace referencia a un estrategia anticorrupción y anti-impunidad. En cuarto lugar, se propone el fin de la Paz Total y la reconfiguración de una estrategia de seguridad y pacificación nacional. En quinto lugar, se retoma la propuesta de “Colombia la más educada”, como un plan de fortalecimiento de la educación como escalera de movilidad social.

En estos 5 primeros puntos se identifican claras referencias al programa de la izquierda progresista: desde la protección de la Constitución del 91’ hasta el fin de la Paz Total, pasando por medidas anticorrupción y reformas al sistema público de educación. Al respecto, caben hacer algunas precisiones: primero, el cese de la polarización solo será posible si las fuerzas democráticas del país se unen en torno a contener la amenaza autoritaria que representa Abelardo De La Espriella. En un contexto donde se juega el orden institucional republicano, no existe punto medio entre el quiebre de la democracia o su defensa: o pactamos un acuerdo sobre lo fundamental o dejamos abierto el camino a las fuerzas reaccionarias.  

Segundo, desde el Gobierno Nacional y desde la campaña de Iván Cepeda Presidente se ha anunciado el desmonte de la iniciativa de la Asamblea Nacional Constituyente, en un claro mensaje de diálogo y articulación democrática de cara a la segunda vuelta. Sin embargo, este anuncio debe ser también una invitación a examinar los límites estructurales de nuestra Carta Constitucional: lejos de las derivas autoritarias que teme el centrismo, distintos investigadores han identificado una serie de patrones constitucionales que refuerzan la lógica de desigualdad del neoliberalismo. De modo tal que debemos conversar sobre la identificación y transformación de esos mecanismos jurídicos de desigualdad.

Tercero, sobre las propuestas anticorrupción, fin de la Paz Total y “Colombia la más educada”, el Pacto Histórico, más específicamente la campaña de Iván Cepeda Presidente, ha sido autocrítico con los resultados del actual gobierno. Desde el progresismo, se ha aclarado que debe existir un plan estructural para combatir la corrupción como un problema sistémico, llevando a los tribunales a los responsables de desfalcos al presupuesto público, incluidos los cuadros de la izquierda que hayan incurrido en dicho delito. Asimismo, se ha hecho una valoración crítica de los resultados de la Paz Total, reconociendo que la estrategia de negociación y pacificación territorial debe ser replanteada. Teniendo en cuenta estos elementos, podemos dialogar en torno a cómo las fuerzas democráticas entendemos esa estrategia anticorrupción, ese plan de pacificación nacional y cómo transformamos, de manera progresiva, el sistema de educación pública del país.

Los restantes 5 puntos del decálogo de Sergio Fajardo giran alrededor del sistema público de salud, garantizando atención oportuna, medicamentos disponibles y bienestar para el personal médico; de la política de juventud, que considere oportunidades de educación, trabajo y atención a la salud mental; de un régimen de Estado que garantice y profundice los derechos sociales consagrados en la Constitución del 91’, desde el respeto a las libertades individuales hasta la atención y presencia institucional en territorios; de un desarrollo productivo con inclusión social, que promueva una política desarrollista que proporcione prosperidad y bienestar; de una política exterior profesional y al servicio de la gente, que defienda los principios de soberanía nacional y rechace cualquier injerencia extranjera.

Aquí, nuevamente, se condensa una posibilidad de diálogo con el centrismo: desde el Pacto Histórico, somos los primeros en reconocer que debe existir un acuerdo nacional en torno a la transformación del sistema público de salud, pero ese acuerdo debe partir del hecho de que la intermediación financiera de las EPS ha quebrado al sistema, ha impedido una atención oportuna a los pacientes, ha negado el acceso a medicamentos y ha deteriorado las condiciones de trabajo del personal médico. Podemos discutir la manera en la que se puede hacer frente a la crisis de desabastecimiento de medicamentos y atención del sistema, pero lo que no podemos pasar por alto es que dicha crisis tiene una causa estructural: el modelo de organización e intermediación financiera de las EPS promulgado con la ley 100 de 1993.

Si se quiere garantizar atención médica oportuna en los territorios, no solo debemos acordar una estrategia inmediata de contención de la crisis, sino también una reforma estructural que transforme el modelo, que ponga en cintura a los empresarios de salud y que lleve a los tribunales a los responsables de casos de corrupción. Respecto a la política de juventud y al régimen de Estado, existe una posibilidad de diálogo en la que revisemos cómo profundizamos los avances dados durante este gobierno:  la Política Nacional de Juventud, que busca mejorar las condiciones de vida, el ejercicio plano de la ciudadanía y el desarrollo de las capacidades de los jóvenes, es un insumo fundamental; del mismo modo, el Gobierno Nacional ha avanzado en una estrategia de reordenamiento de las partidas presupuestales, de modo tal que se garantice el financiamiento justo a los territorios. Sobre esos dos componentes puede trazarse un acuerdo político entre las fuerzas democráticas.

Finalmente, en torno a la política de desarrollo productivo con inclusión social y la política exterior profesional, existen una serie de transformaciones y cambios que, en teoría, podrían facilitar un acuerdo con los sectores de centro. Desde el Pacto Histórico, hemos defendido una estrategia de crecimiento económico con justicia social, esto implica transformar la matriz económica dependiente del carbón y el petróleo por una matriz basada en la agroindustria, el turismo sostenible y la economía popular. Nuestra propuesta sostiene que es posible transitar hacia una estructura productiva de energías limpias, que genere valor agregado, que se sostenga, fundamentalmente, en economías de pequeña y mediana escala, y en la que el Estado pueda financiar proyectos productivos e implementar mecanismos de redistribución del ingreso a las capas populares más empobrecidas.

Esta propuesta se complementa con una estrategia de progresividad del ingreso laboral, en la que el aumento del salario vital crea un estímulo a la demanda agregada, lo que dinamiza el crecimiento económico e impacta, como hemos visto en los últimos cuatro años, en los niveles de desocupación y pobreza monetaria. Algo similar ocurre con la política exterior colombiana, que Sergio Fajardo considera está maniatada a los intereses coyunturales del gobierno de turno. Si bien existen puntos de acuerdo con lo que presenta el decálogo, sobre todo al momento de rechazar la injerencia estadounidense en las elecciones y salir a defender la soberanía nacional, es importante señalar que el servicio exterior es, quizá, uno de los campos institucionales donde más se ha vivido transformaciones en un sentido progresista.

Durante estos últimos años, la Cancillería y el Ministerio de Relaciones Exteriores ha replanteado su metodología de atención a connacionales en el exterior: reconociendo trayectorias de desigualdad en cada caso de atención migratoria, complejizando el análisis institucional sobre las causas de movilidad humana y migración, brindando mecanismos de protección diferencial en contextos de violencia, persecución o crisis climática e incluyendo la diplomacia de los pueblos y la Política Exterior Feminista como nuevas formas de diplomacia pública. Además de esto, ha implementado un programa de descentralización y territorialización del conocimiento diplomático, permitiendo a sectores y regiones, históricamente excluidas, acceder a oportunidades de formación en el servicio exterior.

Aunque tenga reparos con la idea general de Sergio Fajardo de presentar un decálogo a modo de exigencias, sobre todo porque no presenta ni siquiera una caracterización o un análisis sobre la coyuntura política, sí creo que es necesario responder a sus sugerencias, mostrar los avances que ha conseguido el Pacto Histórico y abrir la puerta a un eventual escenario de diálogo y unidad democrática. Si el decálogo es, en realidad, un ejercicio de honestidad política e intelectual, Sergio Fajardo debe abrir las puertas para establecer un acuerdo con Iván Cepeda: uno que defienda la institucionalidad democrática, contenga la amenaza autoritaria y trace unas líneas generales sobre la agenda social del país.

Al centrismo le proponemos algo básico: unámonos para derrotar la amenaza neofascista. Seamos quienes hagan avanzar la agenda social del país, lleguemos a un acuerdo sobre lo fundamental y extendamos el régimen de derechos. Para eso tendremos legislatura y, de llegarse a un acuerdo, también gobierno.

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