La jornada electoral del día de ayer dejó un sinsabor
para las fuerzas progresistas: la derecha, en un conteo de votos hasta ahora
cuestionable, se adelantó por casi 3 puntos porcentuales sobre la izquierda.
Abelardo De La Espriella obtuvo más de 10 millones de votos frente a los más de
9.5 millones conseguidos por Iván Cepeda. Luego de la adhesión de Paloma
Valencia, quien obtuvo más de millón y medio de votos, De La Espriella se
enfila como favorito en la segunda vuelta. Sin embargo, en política electoral,
los cálculos no son tan sencillos: las posibilidades de expansión electoral de
cada fuerza, tanto de Cepeda como de De La Espriella, aún está en disputa; cada
uno se juega sus últimas cartas en las próximas tres semanas. En este artículo,
hacemos un balance de lo que nos dejó la jornada electoral del 31 de mayo y
proponemos algunas claves estratégicas de cara a la segunda vuelta
presidencial.
i. La ventaja mínima de De La Espriella y el replanteamiento
estratégico del progresismo:
Luego de conocerse los resultados de primera vuelta,
en los que De La Espriella toma una ventaja de poco menos de 3 puntos
porcentuales sobre Iván Cepeda y en los que Paloma Valencia obtiene más del 6%
de la votación general, algunos sectores de izquierda y del establecimiento
salieron a dar por hecho la derrota del progresismo en segunda vuelta. El
cálculo detrás de estos sectores es que, sumando la votación base de Abelardo De
La Espriella junto a la adhesión de Paloma Valencia, la victoria de la derecha
es irreversible y no hay forma de dar vuelta al resultado.
Sin embargo, estas elecciones en primera vuelta nos
dejan, más bien, en una situación similar a la del 2022. En esa oportunidad,
los dos candidatos de derecha, el “outsider” Rodolfo Hernández y Federico
Gutiérrez obtuvieron 28% y 23.9% en primera vuelta, es decir, sumando ambos
porcentajes llegaban al 52.6%, mientras Gustavo Petro obtenía apenas el 40%, dejándolo,
aparentemente, sin margen de posibilidad en los segundos comicios. Para ese
momento, los discursos derrotistas y desmoralizadores de los analistas de
izquierda tampoco se hicieron esperar: el cálculo era que, reuniendo la
votación de la derecha en segunda vuelta, se podría sobrepasar cómodamente la
victoria en primera del progresismo.
No obstante, la situación político-electoral del 2022
condujo a una dinámica completamente diferente: si bien la derecha creció en
segunda vuelta, la mayor expansión electoral la obtuvo el progresismo, pasando
de 8 millones de votos en primera a un poco más de 11 millones en segunda,
quedándose, así, con el triunfo presidencial. Para esa contienda electoral, los
analistas expertos en transferencias y sumas de votos no tuvieron en cuenta un
factor fundamental de toda segunda vuelta: la ampliación de la masa de votantes.
En cada coyuntura electoral, la segunda vuelta, que se decide en torno a dos
propuestas, arrastra mayor número de votantes y, por tanto, amplía el margen de
expansión electoral de cada candidato.
En ese marco, el progresismo logró superar el supuesto
trasteo de votos de la derecha, incluso, consiguió arrebatarle una fracción de
su base social-electoral. De modo tal que el cálculo de transferencia de
votaciones está sujeto más al contexto, a la situación política y al estado de ánimo
de las masas populares que a una regla fija del sistema político. La primera
vuelta de estas elecciones nos deja en una situación relativamente similar a la
del 2022: Iván Cepeda cuenta, hasta el momento, con el 40.91% de la votación,
mientras Abelardo De La Espriella lo supera con un 43.73%, que, sumado al 6.92%
de Paloma Valencia, lo dejaría sin margen de posibilidad. La diferencia en esta
ocasión es que un candidato de la extrema derecha absorbió la mayoría de la
base electoral de la oposición: mientras Valencia se queda con menos de la
mitad de la votación obtenida en Consulta, De La Espriella captura el voto
tradicional de la derecha uribista.
Justamente, por este tipo de situaciones políticas “imprevisibles”
es que el juego de sumas y cálculos electorales resulta poco práctico y, de
hecho, dañino para el análisis de coyuntura: antes que decir que la suerte está
echada para Iván Cepeda, hay que considerar que una parte importante del voto
por Paloma Valencia se trata de un voto centrista arrastrado por su fórmula
vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo, quien, después de conocerse los
resultados y de ratificarse la adhesión de Valencia, se desmarcó de la
candidatura de De La Espriella, acusándolo de machista y homofóbico. Esta
reacción, en la que Oviedo procura guardar una base electoral de cara a las
regionales del 2027, puede generar que ese supuesto “trasteo de votos” de
Valencia a De La Espriella no sea tan armónico como esperan.
De modo tal que están en disputa más de 3.5 millones
de votos, si se tiene en cuenta los resultados obtenidos por Sergio Fajardo y
Claudia López, a lo que debemos sumar el efecto de ampliación de la masa de
votantes que generalmente acompaña la segunda vuelta. Esta cifra de ninguna
manera demuestra que el resultado está dado a favor de la derecha, por el
contrario, deja abierta la cancha y nos pone en un escenario de disputa en el
que la diferencia mínima entre Cepeda y De La Espriella (que es apenas de 600
mil votos) puede empezar a recortarse en beneficio del progresismo. ¿De qué depende?
De la capacidad política de Iván Cepeda a la hora de articular con sectores
democráticos que ven en Abelardo De La Espriella una amenaza a la institucionalidad
democrática.
Otra clave estratégica para revertir el
resultado del 31 de mayo está en Bogotá y en la Costa Caribe: allí, la
diferencia obtenida por Cepeda respecto a De La Espriella fue menor de la
esperada, apenas un poco más de 150 mil votos en la Capital de la República. Un
aspecto importante en ese sentido ha sido que, tres de los candidatos
perdedores, que tienen un peso y una influencia importante en Bogotá, han
declarado que no apoyarán la candidatura de De La Espriella, por considerarlo
una amenaza para el régimen democrático. Esto podría servir para hablarle a esa
base electoral, mostrando que, ante dicha amenaza, los sectores democráticos
del país deben construir un frente por la vida, por la democracia y la
justicia, cerrando filas y creando un cordón sanitario contra el autoritarismo
neoliberal.
Desde
luego, es necesario reevaluar y corregir aspectos puntuales de la campaña,
sobre todo aquellos relacionados con la estrategia electoral, algunos puntos
programáticos y la forma en la que se pretende conectar con el pueblo y conquistar
el voto abstencionista. Pero de ningún modo estos reparos puntuales pueden
llevarnos a considerar que el gran derrotado de la jornada fue Iván Cepeda y
que el progresismo agotó sus posibilidades de triunfo en segunda vuelta. Veamos
algunas consideraciones al respecto.
ii.
Reconstruir la iniciativa política y reactivar el campo popular:
Luego de mencionar algunas de las
posibilidades de expansión electoral del progresismo, es importante hacer un balance
político-estratégico respecto a la segunda vuelta. En primer lugar, se debe reconocer
que el gran ganador de la jornada electoral fue De La Espriella, sin decir que
Cepeda está derrotado. Por el contrario, el progresismo logra superar por más
de un millón de votos el resultado obtenido por Gustavo Petro en la primera
vuelta del 2022, y lo más importante: cuenta aún con un margen de maniobra, flexibilidad
ideológica y expansión electoral del que carece De La Espriella. Este último
difícilmente pueda moderarse y capturar el voto centrista, ha jugado sus
cartas, y a punta de ataques misóginos, homofóbicos y sectarios ha ido
apartando las posibilidades de dicha articulación.
En
ese contexto, los resultados de la segunda vuelta van a depender, en gran
medida, del replanteamiento estratégico que asuma la campaña de Iván Cepeda
Presidente a la hora tanto de desmarcarse de los límites del progresismo como
de recuperar sus elementos programáticos más significativos. Ante esta
coyuntura, la candidatura de Iván Cepeda debe fortalecer su imagen personal más
allá de la marca electoral del Pacto Histórico, no puede depender
exclusivamente de la estructura partidista para avanzar en el diálogo con otros
sectores democráticos que ven en De La Espriella una amenaza neofascista. En
ese sentido, es necesario asumir la dirección de ese frente por la democracia y
contra el autoritarismo.
Por
eso, más allá de los cuestionamientos válidos respecto a los E14, es clave
reconocer los resultados y asumir con humildad y estrategia esta primera
derrota. Esto implica admitir los errores de campaña, la falta de conexión
directa de Cepeda con las bases sociales y populares del progresismo e iniciar
una estrategia de reconquista del voto del campo popular. Al igual que ocurrió
hace cuatro años, solo el pueblo organizado y movilizado puede darle vuelta a
los cálculos ingenuos y derrotistas de algunos analistas de izquierda y del
establecimiento. Esa conexión popular es fundamental para revertir el
resultado, pero sobre todo para insistir que el Pacto Histórico nace como un
proyecto político que defiende y resguarda a los más débiles. Por lo que
resulta necesario una nueva narrativa nacional-popular.
Parte
de ese replanteamiento estratégico debe asumir, a nuestro juicio, que el
uribismo no ha salido completamente derrotado de esta contienda electoral y que
atravesamos por un ciclo de renovación de las derechas. Es prematuro confirmar
este tipo de análisis con base solo en resultados electorales. De lo que se
trata, más bien, es de comprender que este nuevo ciclo político se caracteriza
por la consolidación de un programa reformista en la esfera pública que, al
mismo tiempo, con una derecha (tipo libertaria) que combina neoliberalismo
securitista con una agenda ultraconservadora en materia de libertades
individuales.
Este
proceso de reordenamiento interno de las derechas, en el que un nuevo sector
busca asegurarse la dirección del proyecto, no representa ni la consolidación
de un nuevo bloque de derechas ni el decaimiento total del Centro Democrático
-que, pese a ser derrotado en presidenciales, logró un importante triunfo en legislativas-.
A pesar de que se estén desarrollando contradicciones y disputas internas entre
las distintas facciones de la derecha, todos los sectores en pugna comparten un
programa común alrededor de la defensa de los intereses de las élites
terratenientes, financieras y criminales. Si De La Espriella quiere hacerse con
el triunfo el 21 de junio, deberá mantener un equilibrio inestable entre su
falso ropaje “outsider” y agrupar los intereses de las élites tradicionales.
Un
antecedente fallido de lo anterior lo encontramos en Rodolfo Hernández, quien
intentó, a punta del discurso anticorrupción, gestionar los límites y la crisis
del modelo neoliberal. Al final, las contradicciones terminaron por desbordarlo
y desenmascararlo ante las masas populares que tenían en él una expectativa de
cambio. Ahora bien, es incuestionable que fuerzas políticas como Salvación
Nacional han construido un nicho político-electoral importante: eso explica los
distanciamientos relativos con el uribismo tradicionales y sus
reconfiguraciones tipo Trump, pero también es cierto que no basta con los
resultados del 31 de mayo para demostrar que esa fuerza se ha transformado en
un nuevo bloque de derechas.
En
caso de perder en segunda vuelta, lo más seguro es que el fenómeno del “tigre”
desaparezca, tal como ocurrió con Rodolfo Hernández, quien no desempeñó ningún
papel de oposición, mientras el uribismo como estructura y fuerza política se
sostendrá en el siguiente periodo de gobierno. Esto sin mencionar las
dificultades programáticas que tendrá un eventual gobierno de Abelardo De La
Espriella a la hora de construir un proyecto político y un horizonte económico
alternativo al que ofrece el uribismo, más allá de sus discursos
ultraconservadores, securitistas y anti-derechos. Por esto, la campaña de
Cepeda Presidente debe hace un análisis más de líneas de ruptura y continuidad
entre De La Espriella y el uribismo que, asumir, sin más, que se trata
simplemente de una nueva derecha neofascista.
En
ese sentido, hay que reconocer la agencia política y el ethos conservador que
representa De La Espriella para un sector importante de la sociedad colombiana.
No basta con descalificar ni asumir una superioridad moral e intelectual
respecto al votante de extrema derecha. Hay algo en el artefacto ideológico
neoconservador que ha calado en el sentido común del campo popular y que
debemos comprender de cara a la segunda vuelta. Ellos ofrecen una salida
autoritaria a los malestares del neoliberalismo, que les prometió ascenso
social, pero los condenó a la desigualdad, concediéndoles solo la libertad de
destripar al otro.
En
este momento, en el que un nuevo bloque reaccionario amenaza con desmontar las
conquistas democráticas, nuestro deber es levantarnos y trabajar para defender
la dignidad del pueblo. Es hora de echarnos la derrota al hombro, de hacer
autocrítica, de replantear nuestros objetivos, nuestra estrategia, de salir con
mayor fuerza a la siguiente batalla y de apuntar nuestras flechas lo más alto
posible. No será fácil reponernos del sabor amargo de los resultados, pero la
historia de las luchas sociales nos enseña que quien se levanta tras un golpe
es más fuerte que quien nunca fue golpeado. ¡Hoy como siempre, sí se puede!
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