Por: Santiago Pulido Ruiz

La redistribución del ingreso se ha convertido, para sorpresa de muchos, en la principal bandera política del progresismo colombiano. A lo largo de estos cuatro años, el Gobierno Nacional ha impulsado una política de progresividad del ingreso laboral, reflejada en un incremento nominal acumulado del 75.09% del salario mínimo, pasando de un millón de pesos en 2022 a más de un millón setecientos mil proyectados para 2026. Se trata de una cifra sin precedentes recientes en el país, comparable únicamente con la registrada a mediados de los noventa, durante el Gobierno Samper, cuando el incremento acumulado alcanzó el 71%.

En términos reales (descontando el efecto inflacionario), el poder adquisitivo de la clase trabajadora ha aumentado de forma histórica, registrando un crecimiento real superior al 17.7% hacia finales del 2025. Esta medida marca varios puntos de ruptura respecto al consenso neoliberal de los anteriores gobiernos: por un lado, es una decisión que rompe política y económicamente con el esquema de distribución salarial de la teoría neoclásica, al desligar el incremento de la regla de ajuste fiscal y de las metas inflacionarias -marcadores que habían restringido, históricamente, la expansión del poder adquisitivo de los trabajadores-; por otro lado, es una medida que reconoce el conflicto distributivo entre clases al interior del Estado, asumiendo una defensa institucional a favor del mundo del trabajo.  

Es decir, es una medida progresiva no solo por el hecho de que modifica la lógica neoclásica de asignación y distribución salarial, sino también porque desnuda la lucha de clases al interior del Estado. En el marco de esa confrontación, el Gobierno ha establecido una articulación estratégica con las organizaciones sindicales, dando forma a un programa económico centrado en la redistribución del excedente económico, mientras las clases dominantes han tenido que reorganizarse en torno al saboteo legislativo y la contención judicial. Sin embargo, el aspecto más significativo de la medida radica en que es una de las primeras iniciativas del Gobierno que logra escapar al estancamiento de las reformas sociales, cuya aprobación ha quedado frenada en el Congreso Nacional o en los Altos Tribunales.

Justamente, la propuesta económica y laboral de Iván Cepeda y Aida Quilcué se enmarca en esta serie de contradicciones: es un programa que, abiertamente, ha defendido la progresividad del ingreso laboral y que, por tanto, continuará con el esquema de distribución del progresismo; pero que al mismo tiempo enfrentará, en un eventual gobierno, el asedio de las clases dominantes organizadas en torno a la estrategia de saboteo legislativo y contención judicial. Por lo que es necesario no solo extender la política de progresividad, sino preparar y organizar la disputa al interior del Estado. En este artículo, reconstruimos algunas claves analíticas y estratégicas en torno al conflicto distributivo y salarial en Colombia, situando la propuesta económica de Iván Cepeda y Aida Quilcué como una alternativa redistributiva y una apuesta de crecimiento con justicia social.

Un breve repaso por los debates teóricos en torno a la distribución del ingreso:

Uno de los principales debates en teoría de las desigualdades es el de la distribución del ingreso. Desde finales del siglo XVIII, la filosofía política -principalmente de tradición democrático-republicana- ha abordado esta problemática a través del vínculo entre libertad e igualdad. Rousseau fue uno de los primeros contractualistas republicanos en sostener que una libertad plena requiere, por lo menos, de cuatro condiciones de igualdad: i. mitigar el sufrimiento por una mala asignación de recursos en la sociedad; ii. impedir que una parte de la sociedad domine a la otra; iii. evitar desigualdades sociales asociadas a que aquellos con posición más baja de poder puedan ser considerados como inferiores; iv. promover una sociedad política con ciudadanos iguales como mayor expresión de igualdad.

Este debate, que inició en el campo de la teoría de la justicia y el derecho, saltó rápidamente al ámbito de la economía política. En sus Investigaciones sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, Adam Smith se dedicó a analizar los principios distributivos de la renta nacional anual o el ingreso nacional entre clases. Para el escocés, existía una relación estrecha entre la quiebra de las condiciones competitivas en el mercado de trabajo y la rebaja artificial de los salarios. Es decir, en condiciones de imperfección de competencia capitalista, los salarios eran siempre los primeros en ser sacrificados para sostener la tasa de ganancia empresarial. No obstante, para Smith, no era suficiente con “perfeccionar las condiciones de competencia, sino que defendió abiertamente la necesidad de mejorar los estándares de vida de los trabajadores mediante altos salarios per cápita.

Aunque los trabajos de Smith fueron muchas veces objeto de tergiversación, representaron, sin lugar a duda, una fuente de investigación pionera en el estudio de las dinámicas de la desigualdad económica o de la distribución funcional de la renta. Otro autor que hizo parte de la discusión alrededor de la distribución del ingreso y los salarios fue Thomas Malthus. Para el inglés, la población tendía a crecer proporcional y sistemáticamente más que la disponibilidad de recursos ante las restricciones naturales, conduciendo al encarecimiento de los alimentos y a la imposibilidad de un mejoramiento del salario real de los trabajadores por encima del nivel de subsistencia. En esto consistiría la Ley de Hierro de los Salarios: el ingreso debía establecerse sobre un nivel mínimo estrictamente necesario para la subsistencia y reproducción del trabajador.

Esta Ley de Hierro sería, en adelante, objeto de discusión de buena parte de la teoría económica. En el caso de Ricardo, se distanciaría de Malthus para recuperar las reflexiones pioneras de Adam Smith. El economista inglés aceptaba las principales formulaciones de la teoría del equilibrio económico vía mecanismo de mercado, pero sostenía, contrario a Smith, que el aumento general de salarios entrañaba una reducción de beneficios, que, sin embargo, no afectaba el nivel de precios. Para Ricardo, era necesario una adecuada unidad de medida porque dependiendo de la elección de medida de tasa de salarios variaría la tasa de beneficio. De allí saldría su reconocida fórmula inversa entre salarios-beneficios en la que un sector dominante de la sociedad acaparaba una creciente porción del ingreso nacional. Razón por la cual propuso imponer un impuesto creciente sobre las rentas de la tierra, contrarrestando las tendencias de acaparamiento y cierre de oportunidades.

Estas críticas incipientes a la concentración de ingresos y poder por parte de un sector de la sociedad constituirían una de las bases de la crítica de la economía política de Marx. A lo largo de sus investigaciones, el economista alemán presenta el régimen de acumulación capitalista como un sistema social conformado por clases, en el que un sector se apropia del excedente o plusvalía social, es decir, del producto total del plustrabajo (fuerza de trabajo no remunerada). En este régimen, los trabajadores son aparentemente libres de vender su fuerza de trabajo y pactan sus salarios con otros agentes libres en el mercado: la clase capitalista.

Para la tradición marxista, la tasa de ganancia se entiende, en el marco de un intercambio estructuralmente desigual, como la expresión fundamental del trabajo excedente característico del régimen capitalista. Su función central consiste en ampliar continuamente la producción y acumulación de capital. Como sistema social, el capitalismo tiende a reproducirse de manera permanente, en tanto el capital opera como un valor que se valoriza a sí mismo. De allí que, frente a la creciente competencia entre capitalistas, se desplieguen mecanismos orientados a contrarrestar la caída de la tasa de ganancia mediante una mayor apropiación del excedente producido por el trabajo. Este proceso genera una tendencia secular hacia la acumulación ampliada del capital y su progresiva concentración en un número cada vez más reducido de agentes burgueses.

Una de las primeras perspectivas críticas a este enfoque de la distribución de salarios es el de la teoría neoclásica. Esta tradición parte de comprender los fenómenos económicos no como un sistema social y relacional, sino como intercambios entre agentes racionales que, de manera inconsciente, perfilan condiciones de equilibrio, particularmente del sistema de precios. Desde esta perspectiva, el equilibrio supone que todos los mercados se equilibran simultáneamente en el mismo momento del tiempo. La ley de equilibrio de Walras, por ejemplo, supone que, para cualquier conjunto de precios, el valor de todas las demandas se iguala con el valor agregado de todas las ofertas. De esa manera, en condiciones de competencia perfecta, la libre acción de los agentes económicos conduce a un estado de equilibrio en que la remuneración de los factores de producción (Capital-Trabajo) equivale precisamente al de su productividad marginal.

Bajo esta serie de supuestos, el estado de equilibrio conduce a una distribución justa del ingreso producida entre los factores de producción a través de los salarios y ganancias de capital. Así, la teoría neoclásica rompe con la idea del conflicto por la redistribución, puesto que este mecanismo de asignación justa es asegurado, mecánicamente, mediante la maximización de beneficios. Esta aproximación fue objeto de crítica de la teoría keynesiana: contrario a los neoclásicos, Keynes sostuvo que el estado de equilibrio no garantizaba por sí mismo el pleno empleo, por lo que resultaba necesario acudir a otros mecanismos distintos al de la productividad marginal para determinar la distribución del ingreso.

Para la escuela keynesiana, los salarios agregados eran determinados por el stock de bienes de consumo producidos, como función de la demanda efectiva, mientras las ganancias totales dependían enteramente de las decisiones de gasto de las empresas y del gobierno, y no de la distribución de ganancias ni de la calidad o tipo de gasto. Uno de los aspectos cuestionables de esta perspectiva es que, como consecuencia del contexto histórico, tomó la nivelación de ingresos como un dato dado o natural de la economía, es decir, consideraba que la regulación en materia de salarios y distribución del ingreso debía integrarse a la misma mecánica de desarrollo económico. Con esto, incluía mecanismos de regulación importantes, pero eliminaba de la ecuación el conflicto redistributivo y su carácter eminentemente clasista, como si la regulación no fuese resultado del choque y conflicto entre clases sociales.

Otra corriente de pensamiento que participó en esta discusión fue la inaugurada por Kuznets. Para el economista ruso, a medida que las naciones se desarrollaban capitalistamente, la desigualdad de ingresos en la población tendía a aumentar hasta un punto en que se equilibran las poblaciones entre regiones a partir del cual empieza a decrecer. Así, la desigualdad tendría una evolución o trayectoria en U invertida: incremento al comienzo, estabilidad relativa en un periodo dado y posterior declinación. Una de las críticas más agudas a este enfoque ha sido la del economista Thomas Piketty. Para el francés, la caída de la desigualdad de ingreso de los países ricos entre 1914-1945 (base del análisis de Kuznetz) obedeció más a las guerras mundiales y al shock económico que a un tranquilo proceso de movilidad intersectorial.

Justamente, a partir de su crítica a Kuznetz, Piketty plantea que en la dinámica de distribución del ingreso coexisten mecanismos que empujan a la convergencia y a la divergencia. Entre las fuerzas de divergencia hay procesos asociados a la acumulación y concentración de riqueza cuando el crecimiento es débil y el retorno al capital elevado. El segundo proceso es más desestabilizador que el primero, representando la mayor amenaza para la distribución del ingreso a largo plazo. Según esto, la tasa de rendimiento del capital supera de manera significativa la tasa de crecimiento, lo que implica que la riqueza generada en el pasado se recapitaliza más rápido que el ritmo de crecimiento de la producción y los ingresos.

Basta que los herederos ahorren una parte limitada de sus ingresos para que este último aumente más rápido que la economía en su conjunto. Bajo estas condiciones, es inevitable el dominio de los capitales heredados sobre los constituidos a lo largo de una vida de trabajo, y que la concentración de capital alcance niveles potencialmente incompatibles con los principios de justicia social de las sociedades democráticas contemporáneas. Ante este escenario de incremento sostenido y sistémico de la desigualdad económica, Piketty propone una política tributaria progresiva que imponga impuestos a la renta y, de esa forma, recorte distancia en las brechas de desigualdad en cuanto a propiedad e ingreso.

Ahora bien, una de las principales críticas formuladas a este enfoque radica en su marcado énfasis sobre la política tributaria. Al concentrar el problema de la desigualdad casi exclusivamente en la dimensión fiscal, termina relegando un aspecto estructural decisivo: la regulación política del proceso mismo de distribución de la renta y la riqueza dentro de las relaciones de producción capitalistas. Es decir, la discusión no se agota en cuánto redistribuye el Estado mediante impuestos y transferencias, sino también en cómo se produce, apropia y concentra el excedente económico desde el origen.

De allí que cobren relevancia debates asociados a medidas antimonopolio, fortalecimiento de la organización sindical y de la negociación colectiva, democratización de la toma de decisiones empresariales, reformas al régimen de propiedad, modificaciones a los requisitos de capital y a los mecanismos de innovación financiera, así como restricciones a la captura corporativa del sistema político mediante la financiación privada de campañas electorales. En ese marco, la discusión contemporánea sobre la desigualdad deja de ser únicamente un problema técnico de política fiscal para convertirse en una disputa abiertamente política en torno a la estructura del poder económico y las formas de acumulación capitalista.

Precisamente, es allí donde se inscribe el ciclo de cambio abierto en Colombia durante los últimos años y que hoy encuentra continuidad en la propuesta laboral y económica impulsada por el Pacto Histórico bajo la candidatura de Iván Cepeda y Aida Quilcué. Más que una agenda aislada de reformas, se trata de una estrategia orientada a reconfigurar las relaciones entre capital y trabajo mediante transformaciones en el régimen laboral, en la estructura salarial y en el modelo económico-productivo. El progresismo colombiano retoma una discusión histórica -presente desde hace más de tres siglos en la economía política- para incorporarla en el centro del debate político nacional. Debate que, por supuesto, se reabre y hace parte de las disputas estratégicas de la actual coyuntura electoral.

El Pacto Histórico: una apuesta por la distribución del ingreso y el crecimiento con justicia social

El debate sobre la distribución del ingreso se ha convertido, como hemos sostenido a lo largo de este artículo, en uno de los principales campos de disputa de la política colombiana. Durante décadas, el consenso neoliberal redujo la política económica a la estabilidad macroeconómica, subordinando los salarios, el empleo y las condiciones de vida de la clase trabajadora a las exigencias de la disciplina fiscal, la confianza inversionista y la rentabilidad del capital financiero. Bajo ese esquema, el crecimiento económico no estuvo acompañado por una redistribución efectiva de la riqueza, sino por una creciente concentración del ingreso y un deterioro progresivo de las condiciones laborales.

El gobierno Petro alteró y fracturó parcialmente ese consenso. No solamente por el incremento sostenido del salario mínimo o por la recuperación del poder adquisitivo de los trabajadores, sino porque reinstaló dentro del debate público una idea que había sido desplazada de la discusión económica nacional: la distribución del ingreso constituye una decisión política y es resultado directo del conflicto entre clases. Es decir, los salarios, las condiciones de empleo y la participación del trabajo dentro de la renta nacional no son el resultado neutral de fuerzas impersonales del mercado, sino el producto de correlaciones de poder, mecanismos regulatorios y disputas entre intereses sociales contrapuestos.

En ese sentido, la política salarial y laboral del progresismo colombiano no puede entenderse únicamente como un conjunto de medidas económicas aisladas. Representa, más bien, un intento por modificar parcialmente la relación histórica entre capital y trabajo en el país, fortaleciendo la capacidad adquisitiva de los hogares trabajadores, ampliando márgenes de protección laboral y devolviendo centralidad política a sectores sociales históricamente subordinados dentro del modelo de expoliación neoliberal. Justamente, allí se ubica la propuesta económica de Iván Cepeda y Aida Quilcué. Su programa de gobierno asume que la redistribución del ingreso no debe ser un episodio o medida coyuntural, sino un principio estructurante de la economía política nacional. Por eso, la defensa del salario, del empleo digno, de la organización sindical y de la intervención regulatoria del Estado aparece como uno de los ejes centrales del plan de transformación nacional.

Esto implica consolidar un modelo de crecimiento distinto al defendido históricamente por las élites económicas tradicionales. Mientras el neoliberalismo apostó por la reducción de costos laborales, la flexibilización del trabajo y la concentración de riqueza como mecanismo de competitividad, la propuesta del progresismo busca fortalecer el mercado interno mediante la expansión del ingreso de las mayorías sociales, la protección de la producción nacional y la economía popular y la democratización de oportunidades económicas.

Sin embargo, la experiencia reciente también ha demostrado que cualquier política redistributiva enfrenta resistencias profundas por parte de los sectores históricamente beneficiados por el orden económico existente. La disputa alrededor de las reformas sociales, la oposición empresarial al fortalecimiento de derechos laborales y el bloqueo institucional impulsado desde distintos sectores del poder evidencian que la discusión en torno a distribución del ingreso es, en el fondo, una disputa por la dirección de clase del propio Estado.

Por ello, la candidatura de Iván Cepeda y Aida Quilcué no debe entenderse únicamente como una continuidad administrativa del progresismo, sino como una apuesta por consolidar políticamente un nuevo bloque histórico alrededor de la defensa del trabajo, los salarios y la redistribución. Votar por Iván Cepeda y Aida Quilcué significa defender la capacidad adquisitiva de las mayorías trabajadoras, impedir el retorno de políticas de precarización laboral y fortalecer la capacidad de organización política y social del mundo del trabajo frente a los intereses concentrados del capital financiero y las élites económicas.

La apuesta redistributiva del progresismo colombiano no se limita, en ese sentido, al mero aumento de ingresos. Lo que está en juego es la posibilidad de construir una economía orientada por criterios de justicia social, democratización económica y ampliación efectiva de derechos para el pueblo trabajador. ¡Este 31 de mayo, la clase trabajadora vota al Pacto Histórico, vota Iván Cepeda y Aida Quilcúe! ¡Por el bien de todos, primero los pobres!

Referencias:

- Garay, Jorge & Espitia, Enrique (2019). Dinámica de las desigualdades en Colombia. En torno a la economía política en los ámbitos socioeconómico, tributario y territorial. Bogotá D.C.: Ediciones Desde Abajo.

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