Por: Santiago Pulido Ruiz

Introducción:

El proceso de industrialización capitalista en América Latina se configuró nacionalmente de manera diferenciada. Mientras algunos Estados impulsaron procesos de industrialización con medidas de protección social (Estados desarrollistas), otros Estados pretendieron ir más allá de aquel horizonte al promover una política de inclusión de las masas populares al núcleo estatal. En el caso de estas últimas experiencias (a las que denominaremos Estados populistas o nacional-populares), se combinó una estrategia de desarrollo y expansión de la acumulación capitalista con procesos de democratización social, inclusión de las masas populares al Estado y la construcción del “pueblo” como actor político estratégico[1].  

Es decir, el patrón de industrialización sustitutivo de importaciones en América Latina configuró distintos tipos de estatalidad. En el caso de los Estados populistas, se presentó un proceso de convergencia alrededor de la participación democrática de las capas populares, la descentralización y desconcentración del poder político y la promoción de políticas públicas de alcance social (Hernández, Chumaceiro, & Ripoll, 2017). Precisamente, este artículo pretende abordar las principales características y elementos distintivos de tal configuración.

Para avanzar en esta discusión, se propone comprender el Estado populista desde tres claves conceptuales: i. como una especifica estrategia de acumulación de capital (Vilas, 1998), (Prebisch, 1986) y (Cardoso & Faletto, 1967); ii. como un mecanismo de democratización social (Laclau & Mouffe, 1987), (Retamozo, 2017), (Collier & Collier, 2002); iii. como dispositivo de representación popular (la construcción del “pueblo” como actor político estratégico) (Laclau, 2005), (Oyarzún, 2018), (Zavaleta-Mercado, 2009), (Cadahia, 2019). A través de estos ejes, se pretende abordar la siguiente pregunta: ¿cuáles son los elementos distintivos de los Estados populistas latinoamericanos durante el proceso de industrialización sustitutivo de importaciones en la década de los 50’ – 80’?

Cabe señalar que este análisis no abordará un caso de estudio para explicar tales rasgos distintivos, más bien, se pondrán en diálogo múltiples perspectivas teóricas (a nuestro juicio complementarias) para comprender las múltiples dimensiones de la estatalidad populista en América Latina (acumulación capitalista, democratización social y representación popular). Para esto, es necesario, antes de desarrollar cada uno de los ejes conceptuales, hacer algunas precisiones sobre el concepto de Estado populista, es decir, definir nuestra categoría de estudio, luego, desagregar sus rasgos básicos o elementales.  

1. Algunas consideraciones conceptuales sobre el Estado populista:

Como se señaló anteriormente, el proceso de industrialización latinoamericana se configuró de manera diferenciada en cada formación socio-económica. En el caso de algunos Estados, la matriz industrializadora se combinó con procesos de democratización social y representación popular. Para Hernández, Chumaceiro & Ripoll (2017), el Estado populista latinoamericano hizo las veces de Estado de bienestar europeo. Se trató, a juicio de estos autores, de una aplicación sui generis que se adecuaba al contexto cultural, económico, socio-político e institucional latinoamericano.

Entre los principales rasgos que distinguen esta experiencia se destacan: el surgimiento de mayorías nacionales, “agrupadas en partidos políticos u organizaciones sociales, casi siempre dirigidas por un líder carismático (…) cuyas premisas fundamentales descansan sobre un discurso de participación democrática, descentralización, desconcentración del poder y políticas públicas de alcance social” (Hernández, Chumaceiro, & Ripoll, 2017, pág. 50). Es decir, es un modelo hibrido que toma formas y mecanismos del Estado de bienestar europeo, pero ajustadas a las realidades socio-económicas y políticas de la región.

En el modelo clásico de bienestar europeo, el Estado adoptaba las formas de la democracia representativa: la corporativización estatal, por medio de partidos políticos, asociaciones, sindicatos y grupos de interés, incidía, de manera determinante, en la agenda política nacional. A través de estos instrumentos de mediación “los individuos se [sentían] representados y se [producía] la estabilización política de la democracia” (Hernández, Chumaceiro, & Ripoll, 2017, pág. 51). En el caso del Estado populista, tales rasgos también se desarrollaron: corporativización estatal y reclutamiento gremial de la ciudadanía.

Sin embargo, en América Latina, el papel activo y promotor del Estado se sustentaba sobre la base de captura de renta de las riquezas del subsuelo y no sobre la organización tributaria y el desarrollo productivo de las estructuras económica (tal como sucedió con el proceso de formación estatal europeo) (Hernández, Chumaceiro, & Ripoll, 2017). En ese sentido:

El populismo le asigna al estado el papel de promotor de desarrollo y del bienestar general y dadas las condiciones económicas mundiales donde los países latinoamericanos ven revalorizar sus productos de exportación, se generan los ingresos que drenan el flujo de dinero necesario para asumir los programas sociales pertinentes, permitiéndole adjudicarse su rol de redistribuidor de la renta nacional. Es decir, acumula capital y tiene la capacidad para distribuirlo” (Hernández, Chumaceiro, & Ripoll, 2017, pág. 52)

En términos generales, el Estado populista asume un firme compromiso en los procesos de industrialización regional, en la ejecución de políticas sociales y en el control-corrección de fallas del sistema mercado, especialmente, de salarios y precios. También jugó un papel estratégico en la ampliación de los sistemas públicos de salud, educación y vivienda. En gran medida, estas orientaciones en política económica y social fueron definidas desde la CEPAL, la cual proponía una política de fortalecimiento del mercado interno y ampliación del proceso sustitutivo de importaciones (Prebisch, 1986).

Experiencias como la de Getulio Vargas en Brasil (1951-1954), Juan Domingo Perón en Argentina (1946-1955) y Lázaro Cárdenas en México (1934-1940) permiten comprender la forma cómo el Estado populista impulsó una estrategia de desarrollo afianzada en la industrialización y en políticas de redistribución, pero que, al mismo tiempo, tenían un efecto democratizante y movilizador sobre las capas populares urbanas. Puede decirse, entonces, que el Estado populista fue un campo de articulación estratégica entre fracciones modernizadoras de la burguesía industrial y la naciente clase obrera (Vilas, 1998).

No obstante, para Hernández, Chumaceiro & Ripoll (2017), estas experiencias se enfrentaron a sus propias contradicciones. De acuerdo con estos autores, en el núcleo del Estado populista residía una contradicción que, tarde o temprano, se agudizaría, a saber: la expansión de la acumulación capitalista y la inclusión de clases populares y trabajadores industriales al Estado y al mercado. Con los ciclos de estancamiento económico, el modelo de industrialización sustitutivo de importaciones entró en crisis y, con él, la articulación institucional entre sectores gremiales. Es decir, la crisis del modelo ISI explica la crisis del Estado populista: tras deteriorarse el pacto Capital – Trabajo, se desmorona la articulación estratégica entre clases populares y burguesía industrial (piedra angular del populismo).  

Con este proceso de descomposición estructural (consecuencia de los flujos económicos internacionales), se da paso a formas de estatalidad de tipo clientelar, paternalista y acomodaticias de las élites de poder (Hernández, Chumaceiro, & Ripoll, 2017). Autores como Zavaleta Mercado (2009) han denominado este proceso como la reconstitución o recomposición oligárquica del Estado latinoamericano, es decir, un reacomodo de las estructuras de poder en la cual las clases dominantes (oligarquía, terratenientes y banqueros) vuelven a obtener el mando y dirección del Estado, desplazando la estrategia populista.

Ahora bien, aunque la perspectiva teórica de Hernández, Chumaceiro & Ripoll (2017) proporciona claves analíticas fundamentales para entender la estatalidad populista, es claro que buena parte de su valoración gira en torno a factores económico (es decir, al proceso de industrialización, redistribución del ingreso y corporativización del Estado). Es crucial, a nuestro juicio, que estos balances estructuralistas (económicos) dialoguen crítica y constructivamente con otras corrientes teóricas, a fin de que la estatalidad populista sea pensada desde múltiples ángulos: desde los procesos de acumulación capitalista, como desde los procesos de ampliación de los regímenes democráticos y de representación popular. 

En los siguientes apartados se revisará, precisamente, cómo interactúan estos tres procesos, es decir, cuáles son los elementos distintivos del Estado populista en tanto estrategia especifica de acumulación de capital, en tanto mecanismo de democratización social y en tanto construcción del “pueblo” como actor político estratégico. La interrelación de estos tres ejes analíticos permite comprender distintas aristas de la estatalidad populista como también permite diferenciarlo de otras configuraciones relativamente cercanas (por ejemplo, del Estado desarrollista e industrializador).    

2. El Estado populista: una especifica estrategia de acumulación de capital

Desde el punto de vista del estructuralismo, el Estado populista puede ser entendido como una especifica estrategia de acumulación de capital (Vilas, 1998) y un instrumento de modernización e industrialización de las formaciones económico-sociales latinoamericanas (Cardoso & Faletto, 1967). Se trata de una herramienta de apalancamiento de la expansión e industrialización capitalista “que hace de la ampliación del consumo personal y de [la] distribución del ingreso un componente esencial. Es la estrategia de una cierta fracción de la burguesía, en una etapa determinada del proceso de acumulación” (Vilas, 1998, pág. 114).

La corriente estructuralista de Vilas (1998), Cardoso & Faletto (1967) tiene, a nuestro juicio, la virtud de historizar el fenómeno estatal populista. Tanto Vilas como Cardoso & Faletto hacen un esfuerzo analítico por identificar las condiciones históricas en las cuales los regímenes populistas afianzaron los procesos de industrialización y acumulación capitalista y cuál fue el arco de fuerzas sociales y políticas necesarias para avanzar en ello:

“Esa industrialización representó una política de acuerdos, entre los más diversos sectores, cuyo problema esencial consistía en hacer compatibles las necesidades de formación de un tipo de economía, que contemplara tanto la creación de una base económica de sustentación de los nuevos grupos (que pasaron a compartir el poder en la fase de transición), pero que también ofreciera oportunidades de inserción económico-social a los grupos populares” (Cardoso & Faletto, 1967, pág. 105) 

La industrialización capitalista (por la vía del modelo ISI) requería, inevitablemente, de la creación de mecanismos de corrección del mercado. Tanto Vilas (1998) como Prebisch (1986) sostienen que la fijación de precios, la reglamentación del mercado laboral y la redistribución del ingreso-excedente se convierten en las líneas estratégicas de la política económica del desarrollismo. Según Prebisch (1986), con la corrección de precios, aumento de salarios y mayor productividad industrial, “se extiende gradualmente el alza a otras actividades, obligándolas a emplear mayor capital por hombre, a fin de conseguir el incremento de productividad, sin el cual no podrían pagar salarios más altos” (pág. 47).

Para el estructuralismo cepalino, los mecanismos de industrialización tendían a procesos de convergencia: mejores salarios garantizaban una mayor productividad, lo que al tiempo representaba un estímulo para otros sectores productivos y para mantener una política salarial progresiva. Una especie de ciclo virtuoso en la que el Capital y el Trabajo salían con ventajas acumuladas. Alrededor de esta ventaja compartida los Estados populistas lograron construir un pacto fundamental entre la clase obrera-popular y la burguesía industrial. En pocas palabras, los mecanismos de convergencia del proceso industrializador constituían el sostén del pacto Capital – Trabajo y la piedra angular de la experiencia populista.  

Junto a estos mecanismos de convergencia, los Estados populistas desempeñaron un papel significativo en la creación de condiciones óptimas para la formación y ampliación del capital: allí los procesos de nacionalización de los principales sectores económicos (sobre todo, de recursos minero-energéticos), así como la inversión masiva en infraestructura se convirtieron en medidas estratégicas (Hernández, Chumaceiro, & Ripoll, 2017). El Estado populista ligó los procesos de acumulación capitalista con proyectos de inversión social (más allá de la adecuación de circuitos para el flujo de capital), sobre todo, con la extensión y mejoramiento de sistemas de atención pública y protección social.

De igual manera, bajo los Estados populistas latinoamericanos (en un intento de crear Estados de bienestar) se asumió parcialmente la responsabilidad de la reproducción ampliada de la fuerza de trabajo. Es decir, existió un intento por cubrir aspectos básicos de la reproducción social, garantizando, de esa forma, los procesos incipientes de urbanización, modernización, proletarización e industrialización capitalista. Por supuesto, estos esfuerzos estuvieron acompañados por medidas correctoras del mercado y fortalecedoras de las bases materiales de acumulación de capital (Cazón, Kennedy, & Lastra, 2016).

Para Vilas (1998), estos procesos van encadenados, inexorablemente, a una política de sindicalización de las emergentes capas de trabajadores industriales urbanizados y a la institucionalización de los aparatos sindicales. Aquí surge, pues, una de los principales rasgos del Estado populista: la corporativización del Estado. La forma en que sectores, gremios, asociaciones, sindicatos y grupos de presión hacen parte del Estado para defender intereses corporativos y sectoriales. Hasta aquí, se ha intentado mostrar las principales características del Estado populista como una especifica estrategia de acumulación de capital[2]. 

3. La democratización social y la construcción de hegemonía en el Estado populista

Los enfoques o análisis estructuralistas sobre el populismo han llamado la atención, fundamentalmente, en las especificidades económicas de este proceso, vinculándolo a la expansión del desarrollo capitalista. Sin embargo, para comprender la complejidad y la especificidad de este tipo de configuración estatal es necesario observar cómo el proceso de apalancamiento de la industria capitalista y de corporativismo estatal se articuló con procesos de democratización social y la construcción de proyectos institucionales hegemónicos.

Una de las principales características, en ese sentido, está relacionada con la garantía de elecciones democráticas, con la reorganización del pacto social y con la ampliación de derechos sociales fundamentales. Desde este ángulo, los Estados populistas representaron un proceso de ampliación de los regímenes político-democráticos: fueron proyectos estatales “que se mantuvieron en el poder mediante elecciones democráticas, cambio de estatutos legales, transformación de leyes, ampliación de derechos, incorporación de nuevos sectores a la dinámica económica y estatal, ampliación de la participación electoral y altos niveles de movilización social” (Soler, 2020, pág. 19).

Según esta perspectiva, es imposible entender las ampliaciones democráticas del Estado populista sin referirse a los procesos de convergencia económica del proceso industrializador. Es decir, entre los mecanismos de expansión capitalista y los mecanismos de democratización existe una correspondencia. De acuerdo con Soler (2020), las políticas de redistribución del excedente, ampliación del mercado interno, crecimiento del empleo representaron, en términos estrictamente económicos, una forma de reducción de las brechas de desigualdad, sin embargo, estos avances colocaron al “pueblo” como actor constitutivo.

“es posible observar una dicotomización del espacio social en el que, en uno de los polos, se construye el pueblo como actor colectivo que apela a “los de abajo”, en una oposición frontal con el régimen existente. La ruptura populista implica que los canales institucionales existentes para la vehiculización de las demandas sociales perdieron su eficacia y legitimidad, y que la nueva configuración hegemónica supuso un cambio de régimen y su reestructuración” (Soler, 2020, pág. 23)

Las masas populares no son, desde este punto de vista, simples receptores de los reajustes macroeconómicos, sino que se convierten en actores políticos con autonomía y agencia. El Estado populista se encargó, así, de extender el horizonte de visibilidad popular y fortalecer las capas medias (Soler, 2020). Desde la perspectiva de Collier & Collier (2002), estos procesos de incorporación de la clase obrera al Estado condujeron a formas de democratización social: solo a través de dicha incorporación se logró legitimar el ciclo de reformas progresistas, el cual era sostenido también por la movilización de trabajadores. De ahí que Collier & Collier (2002) sostengan que el régimen populista, además de ser democrático, era un sistema de libre competencia electoral.

Un segundo elemento está relacionado con la naturaleza de las clases dirigentes: el Estado populista ha sido concebido como un campo estratégico de articulación entre el movimiento populista y el pueblo. De acuerdo con Laclau (2005), el Estado es, por excelencia, el espacio de expresión o configuración de cadenas equivalenciales entre demandas sociales insatisfechas y el lugar estratégico de ampliación de la participación política popular. “Tenemos dos claras precondiciones del populismo: (1) la formación de una frontera interna antagónica separando el «pueblo» del poder; (2) una articulación equivalencial de demandas que hace posible el surgimiento del «pueblo»” (Laclau, 2005, pág. 83).

En tercer lugar, derivado de lo anterior, el Estado populista es visto como un proyecto de radicalización de la democracia. Sin proponer un contenido específico sobre las formas de representación democrática, el Estado populista impulsó mecanismos de articulación de las emergentes identidades sociales y de sus demandas sociales dispersas en contraposición al establecimiento oligárquico. Para Laclau & Mouffe (1987), la radicalización democrática es “el punto de equilibrio entre un máximo de avance de la revolución democrática en una amplia variedad de esferas, y la capacidad de dirección hegemónica y reconstrucción positiva de esas esferas por parte de los grupos subordinados” (pág. 311).

Precisamente, de esta estrategia de contraposición entre un “nosotros vs ellos” surge el Estado populista como mecanismo de unificación social. Ante el problema de la heterogeneidad estructural o abigarramiento social, el populismo propone la construcción política de un orden representativo plural y democrático y la construcción del pueblo[3]. Según Retamozo (2017), “la conformación de un pueblo no es sólo la de un agente histórico, sino la fundación retrospectiva de una legitimidad para introducir cambios en el orden en nombre de la soberanía popular con poder constituyente capaz de alcanzar a toda la comunidad  (pág. 173).

4. El Estado populista y la construcción del “pueblo” como actor político estratégico  

Finalmente, el último rasgo distintivo del Estado populista en América Latina está relacionado con la construcción del “pueblo” como actor estratégico. En este punto, es clave llamar la atención en la forma en que los Estados populistas avanzaron en el reconocimiento de derechos sociales a los sectores populares y a la emergente clase obrera industrial. Este proceso se logró mediante canales efectivos de movilización y participación (Soler, 2020).

 Ahora bien, uno de los mecanismos del Estado populista que activaban los procesos de movilización tenía que ver con la contradicción “pueblo vs élites”. Esta tensión creada cumple una función fundamental: de dicha contradicción surge un principio de identidad de las capas populares y un vector de alianza de capas populares movilizadas con el nuevo proyecto de Estado (Retamozo, 2017). Con esto, el Estado populista garantizaba, legitimaba y validaba la alianza entre la burguesía industrial y la clase obrera.

En otras palabras, la construcción de un exterior constitutivo (élites oligárquicas) y del pueblo es otra forma de blindar el pacto capital – trabajo (un mecanismo político e ideológico de afianzar el régimen populista). Esta construcción subjetiva funcionaba como pegamento ideológico y una de las piedras angulares del Estado populista. Según Laclau (2005), la construcción discursiva del pueblo como referente estratégico en la vida política nacional es un acto esencialmente político del cual no podrían prescindir los movimientos populistas.

Construir pueblo se convierte en la tarea de toda política radical. De allí que Laclau afirmara constantemente en sus conferencias e intervenciones que el populismo es la forma en que se constituye el pueblo como agente histórico. La construcción del pueblo es siempre catacrética: “«el pueblo» no constituye una expresión ideológica, sino una relación real entre agentes sociales. Es una forma de constituir la unidad del grupo” (Laclau, 2005, pág. 82).

Precisamente, en la dicotomización del campo social (disputa entre las élites y el pueblo), el Estado populista articula al pueblo a la vida político-institucional como un actor que encarna el sentido de lo nacional-popular, el sentido de patria y nación (Cadahia, 2019). No obstante, esta construcción no obedece a un tipo de esencialismo identitario, sino que es una construcción político discursiva sujeta a la contingencia. Para Laclau & Mouffe (1987), la construcción del pueblo es un ejercicio de recurrente configuración.

En síntesis, el Estado populista requiere de la construcción de un esquema de exclusión o un exterior constitutivo (las élites oligárquicas) para afianzar la articulación estratégica entre clases populares, clase obrera y burguesía industrial en el Estado (Laclau, 2005). Se trata, pues, de un registro antagónico en el que se diferencia las masas populares de las clases dominantes, por tanto, constituye el eje de cohesión del Estado populista.

5. Conclusiones:

A lo largo de este artículo se ha tenido el objetivo de construir un marco de análisis para comprender las configuraciones estatales populistas de mediados de siglo XX. Para esto, se formularon tres ejes de análisis (que representan la especificidad del Estado populista): en primer lugar, los procesos de acumulación e industrialización capitalista; en segundo lugar, los procesos de democratización social y apertura de los regímenes políticos; finalmente, la construcción del pueblo como actor políticamente estratégico. Consideramos que la integración de estos tres componentes (variables explicativas del Estado populista) puede ser, eventualmente, un marco de interpretación relacional y procesual sobre el populismo.

En el caso de la primera dimensión, se subrayó la manera en que el Estado populista representó, históricamente, una estrategia especifica de acumulación de capital. Allí se articularon los procesos de industrialización sustitutiva de importaciones con políticas de redistribución del ingreso, expansión de sistemas de seguridad social y medidas de institucionalización de aparatos sindicales. La comprensión estructuralista sobre el populismo, a pesar de su tendencia economicista, permite historizar el fenómeno de estudio.

Sin embargo, el análisis económico no es suficiente para comprender en su complejidad al Estado populista latinoamericano. Es necesario, en todo caso, explorar sus rasgos distintivos a nivel político. En ese punto, se entendió el Estado populista como un mecanismo de democratización social. Allí se desarrolló la idea de que el populismo no solo impulsó procesos de autoorganización de los trabajadores (en torno a aparatos sindicales institucionalizados), sino que, además, estas formas estuvieron acompañadas por medidas de democratización de los regímenes democráticos en la región.  

La democratización social del Estado populista tiene que ver, en ese sentido, con un proceso de inclusión de las masas populares al Estado. Siguiendo a Cardoso & Faletto (1967), la acción del Estado no depende o no está en función exclusiva de las relaciones económicas dominantes, sino que, en el marco de las experiencias estatales populistas, era un escenario de relaciones de poder y un espacio de disputa entre los distintos grupos que lo integran. De tal manera que la presencia de masas populares en el Estado significa que estas aparecen “como condición necesaria para el proceso de industrialización; y por otra, que las masas deben ser tenidas en cuenta por los grupos de poder” (Cardoso & Faletto, 1967, pág. 109).

Finalmente, se desarrolló la idea de que el populismo tuvo entre sus principales características la construcción del “pueblo” como actor estratégico de la vida política nacional. Para esto, fue indispensable que los Estados populistas hicieran parte activa en la construcción de esquemas de exclusión: allí, el pueblo, en articulación con el movimiento populista dirigente, es la fiel representación de los intereses nacional-populares o patrióticos.

Dicho esto, puede decirse que las tres perspectivas son, desde el punto de vista investigativo, complementarias. En el caso de la dimensión económica, es útil para pensar de manera sincrónica el populismo, es decir, sirve para historizar y situar la irrupción populista en América Latina, para explicar cuáles son las condiciones económicas e históricas en las cuales emerge dicha estatalidad.

Sin embargo, tanto los procesos de democratización social y representación popular pueden ser pensados como claves analíticas diacrónicas en tanto permiten comprender cuál es el despliegue político y social de tales experiencias sin estar sujetas, necesariamente, a procesos históricos. Este esquema de comprensión global e integral puede ayudarnos, eventualmente, a entender la historia de conformación de nuestros Estados latinoamericanos y los escenarios inéditos de emergencia del populismo.

Bibliografía

Cadahia, L. (2019). El círculo mágico del Estado. Populismo, feminismo y antagonismo. Madrid: Lengua de Trapo.

Cardoso, F., & Faletto, E. (1967). Dependencia y Desarrollo en América Latina. Ensayo de interpretación sociológica. Santiago de Chile: Siglo XXI .

Cazón, F., Kennedy, D., & Lastra, F. (2016). Las condiciones de reproducción de fuerza de trabajo como forma de la especificidad de la acumulación de capital en Argentina: evidencias concretas desde mediados de los ´70. Trabajo y Sociedad, 305-327.

Collier, R., & Collier, D. (2002). Shaping the Political Arena. Critical junctures, the labor movement and regimen dynamics in Latin America. Notre Dame: University of Notre Dame.

Hernández, J., Chumaceiro, C., & Ripoll, R. (2017). Estado populista y gestión de políticas sociales. Una mirada en América Latina. Revista Científica Electrónica de Ciencias Sociales , 49-61.

Laclau, E. (2005). La razón populista. Madrid: Fondo de Cultura Económica.

Laclau, E., & Mouffe, C. (1987). Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Madrid: Fondo de Cultura Económica.

Oyarzún, P. (2018). Pueblo, populismo y democracia. Diánoia. Instituto de investigaciones filosóficas, 23-36.

Prebisch, R. (1986). El desarrollo económico de la América Latina y algunos de sus principales problemas. Instituto de Desarrollo Económico y Social, 479-502.

Retamozo, M. (2017). La teoría del populismo de Ernesto Laclau: una introducción. Estudios Políticos, 157-184.

Soler, L. (2020). Populismo del siglo XXI en América Latina. Estado & Comunes. Revista de Políticas y problemas públicos, 17-36.

Vilas, C. (1998). El populismo latinoamericano: un enfoque estructural. Desarrollo Económico, 323-352.

Zavaleta-Mercado, R. (2009). El Estado en América Latina. En R. Zavaleta-Mercado, La autodeterminación de las masas. Bogotá D.C.: CLACSO - Siglo del Hombre.


[1] A nuestro juicio, la articulación de estos tres ejes analíticos permite comprender la complejidad y la especificidad de las formaciones estatales populistas. Sin embargo, esta tipología está abierta a la inclusión de otras claves o herramientas conceptuales asociadas al populismo. Por el momento, se parte de un principio de integración de distintas perspectivas teóricas (aparentemente contradictorias) para comprender las condiciones históricas de emergencia y los factores de continuidad y discontinuidad del Estado populista.  

[2] Una de las principales críticas a esta perspectiva tiene que ver con su marcada tendencia al economicismo. Según Vilas (1998) el carácter populista “se inscribe primero en la estructura económica de una sociedad, y a partir de ella puede llegar a proyectarse en las superestructuras”. Una suerte de determinismo en el cual las relaciones económicas son dominantes a las relaciones sociales, políticas y culturales. Aún así, el estructuralismo proporciona un análisis histórico de suma importancia. 

[3] Uno de las críticas a esta perspectiva del populismo está relacionada con su lógica del lenguaje: al intentar ir más allá del marco histórico del estructuralismo, el populismo laclausiano intentó construir una teoría del populismo, en ella, el giro lingüístico es determinante, pues, las configuraciones discursivas serán el mecanismo articulador de demandas dispersas y el mecanismo de construcción del pueblo. Desde luego, esta perspectiva tiende a deshistorizar las experiencias populistas realmente existentes, al igual que reducen la política a un juego del lenguaje y la disputa de intereses a marcos discursivos.  

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