Algunos análisis sobre los resultados electorales en Brasil apuntan a que no fue una victoria frente al bolsonarismo, sino ante el algoritmo y las élites "tecnocapitalistas". Lo curioso es que este tipo de interpretaciones, generalmente, son de observadores externos, que, atrapados por el discurso de la disputa comunicativa, ajustan la realidad a sus deseos teóricos individuales, ignorando las configuraciones de clase y el replanteamiento estratégico de la izquierda brazuca. Pero esta victoria obedece más a los "viejos" marcos de la disputa política que a una reingeniería política del algoritmo.
Veamos algunas ideas:
Es imposible entender el triunfo de Lula sin hacer mención al proceso de reorganización partidista del PT. A lo largo de estos años, luego del impeachment contra Dilma Roussef, el PT reorganizó sus fuerzas internas en torno a un proyecto de Estado y sociedad. La persecución judicial contra la izquierda brasileña en 2015, la interinidad de M. Temer y el posterior triunfo de J. Bolsonaro, antes que desarticular el instrumento partidista, lo reconfiguraron de modo tal que lograron sostener su estructura de cuadros y militancias pese a la llegada de un nuevo bloque reaccionario al Estado.
El PT tuvo que hacer frente tanto a la destitución de Roussef como al encarcelamiento de Lula. Esta movilización permanente contra el enjuiciamiento de sus principales dirigentes se articuló a un discurso de clase y a una estrategia de sobrevivencia frente a la expansión de las bandas criminales. No se trataba solo de que intentaran condenar a un ex mandatario, dirigente de la principal fuerza política y social del Brasil, sino que era un condena contra toda una tradición de lucha sindical. A esta persecución judicial se sumó la violencia criminal de las milicias de Río de Janeiro, que, por esos mismos años, asesinarían a la socióloga y concejala del PSOL, Marielle Franco.
Con la llegada de Bolsonaro al poder, la crisis humanitaria de la pandemia, la liberación de Lula y los intentos golpistas de la ultraderecha, el PT regresaría, luego de sobrevivir al lawfare y al crimen urbano, con un programa de restauración social del Estado. Aunque con apuestas más tímidas respecto al primer ciclo, Lula consiguió ganar las elecciones de 2022, en una disputa que todavía arrastraba con las trampas judiciales del 2018, pero que situaba la función social del Estado como principal campo de batalla. La victoria de Lula, por aquel momento, en el que apenas comenzaba a desarrollarse la Inteligencia Artificial, tuvo como referencia la tradición obrerista, el proyecto desarrollista y la justicia social.
Es en este punto donde el discurso de los mercadológos políticos se desbarata. Desde el 2003, Lula ha ganado siempre con la misma fórmula (si es que quieren pensarlo así): reivindicación de la lucha sindical, del desarrollismo (que es un consenso económico-social en la historia contemporánea del Brasil) y de la justicia social. No es que la campaña haya logrado superar el bloqueo en redes, sino que reactivó una tradición clasista que desde hace mucho ha movilizado al país.
Basta con ver los debates nacionales en los que Bolsonaro Jr. llamó despectivamente a Lula "nueve dedos", para luego tener que disculparse por insultar toda una historia de avances y conquistas de la clase trabajadora o ver las expresiones en el metro en los que simpatizantes de Lula no permitían el ingreso de votantes de la derecha ante el anuncio de Bolsonaro de recortar parte del presupuesto en el servicio. Todas estas son consignas de clase que emergen en medio de una coyuntura crítica.
Así que, antes que salir a decir que se venció el algoritmo y el plan de injerencia electoral (que puede existir), y que eso hace más épica la victoria de Lula, reconsideremos el pasado, repasemos la historia del movimiento obrero, sus formas de organización, sus experiencias y expresiones cotidianas. Quizá nos demos cuenta que la victoria ha sido más grande de lo que creemos. Nuestras oligarquías, articuladas al crimen urbano, a las milicias, a los militares y a los paramilitares, no han logrado desarticularnos ni desaparecernos del todo. Ni teniendo el respaldo de cuarteles (legales e ilegales) ni con el dinero de los banqueros pudieron contener al pueblo trabajador.
A lo mejor, nuestro más grande avance sea construir partidos que, adaptados a las nuevas condiciones de lucha, recupere su tradición clasista y sus aspiraciones nacional-populares.

Publicar un comentario