Por Héctor Valencia
Desde muy joven, las ideas de Gustavo Petro me resultaron atractivas por su claridad política y conceptual y por esa rara coherencia entre la palabra y la acción que pocos líderes conservan cuando el poder, las amenazas o el miedo intentan doblegarlos. Petro no abandonó sus convicciones cuando pesaban sobre su vida la persecución narco-paramilitar y la estigmatización de la prensa, y por eso me suscita una profunda admiración.
Llevo una década militando en Colombia Humana y hoy en el Pacto Histórico. Una década que coincide exactamente con mis diez años de migración en Francia, en donde cumplí mi sueño de convertirme en doctor en Filosofía. La distancia, lejos de alejarme de Colombia y de América latina, me permitió comprenderlas mejor. Mirarlas desde afuera ha sido también aprender a reconocer sus heridas más profundas y sus esperanzas más íntimas.
No he vivido en carne propia todas las transformaciones sociales y culturales que hoy laten en nuestro país. Pero la distancia no me ciega ni me vuelve indiferente. Desde la academia, la filosofía y la experiencia internacional, he aprendido a identificar los signos de una nueva época.
Colombia está cambiando, se está volviendo más humana. Está cambiando su manera de interpretar la realidad económica, cultural y política; está perdiendo el miedo a cuestionar la estética decadente del poder oligárquico; está aprendiendo por fin a imaginarse a sí misma más allá de la resignación y la violencia. Hoy pensamos el éxito a la luz de los trenes, las universidades y la justicia social, ayer lo medíamos por las cantidades de “enemigos dados de baja”.
En efecto, estamos viviendo un cambio profundo que también es generacional, ya que las estructuras de un conservadurismo dogmático, intransigente y recalcitrante ceden el paso a un progresismo humanista, social y pluralista.
Hace dos años viajé a Colombia y comprendí, quizás por primera vez, que mi generación había comenzado a marcar el ritmo de la vida nacional. Sentí que algo profundo estaba cambiando en el país. Ya no éramos únicamente los jóvenes que crecimos entre el miedo, la incertidumbre y las promesas incumplidas: ahora empezábamos a ocupar los espacios donde realmente se decide el rumbo de una sociedad.
Me encontré con personas de mi misma edad conduciendo taxis y buses, trabajando en bancos, enseñando en universidades, administrando hospitales, siendo ministros, senadoras, alcaldes y líderes sociales. Vi a mis amigos y amigas convertidas en médicos, abogados, enfermeras, jueces de la República, investigadoras y servidores públicos.
Entendí entonces que el cambio social y el relevo generacional ya no era una idea abstracta ni un discurso de campaña: estaba ocurriendo frente a mis ojos. La generación de la Paz, hijos e hijas de la Asamblea Constituyente y los acuerdos con el M19, se está tomando a Colombia. Y esto es una muy buena noticia.
Nuestra generación creció viendo cómo el país parecía pertenecer siempre a los mismos apellidos, a las mismas élites y a las mismas formas de hacer política. Nos educaron bajo la resignación de que Colombia no podía cambiar, de que la corrupción era natural y de que la desigualdad era simplemente el precio inevitable de vivir aquí.
Pero con el Estallido Social algo comenzó a romperse. Lentamente, una nueva sensibilidad política y cultural empezó a abrirse paso entre quienes crecimos en medio de la guerra, pero nos negamos a heredarla como destino.
Por todo lo anterior, este momento histórico tiene tanta fuerza emocional: porque detrás del debate político existe también una disputa generacional. Por un lado, quienes siguen defendiendo un país construido sobre el miedo, el privilegio y la exclusión. Por otro, una generación que quiere vivir con dignidad, pensar en colectivo y construir una democracia más humana.
Y aunque todavía existan enormes obstáculos, cuando vi a tantas personas de mi edad sosteniendo sobre sus hombros la vida cotidiana del país, entendí que Colombia ya no es únicamente el país que heredamos: también empieza a ser el país que estamos construyendo.
En este orden de ideas, los próximos cuatro años serán un verdadero examen de nuestra historia política y social contemporánea. No se trata simplemente de elegir un partido político u otro, sino más bien de elegir qué modelo de sociedad queremos construir, y qué valores éticos y políticos vamos a defender.
El dilema es radical e impostergable: o consolidamos la expansión de derechos y libertades para las mayorías populares (campesinos, mujeres, trabajadores, indígenas, afros) o regresamos al viejo modelo de la discriminación y precariedad, donde se recortan los salarios, la salud y la educación mientras se militarizan las crisis sociales.
Quienes defendemos este proyecto no lo hacemos desde el capricho o la terquedad, sino desde la evidencia de un país que ya empezó a transformarse pagando enormes deudas históricas con el campesinado, el estudiantado, los adultos mayores, y todo en el marco de una política de paz, justicia, verdad, reconciliación y no repetición.
El cambio en curso no es una promesa de campaña, sino son datos sobre la mesa. Más allá de los 100 logros de este gobierno, les comparto algunos significativos que demuestran que la voluntad colectiva puede realizar grandes transformaciones. Por ejemplo:
La Reforma Agraria ha logrado impactar 2.700.000 millones de hectáreas a través de la formalización por vía judicial y el trabajo del Fondo de Tierras.
A pesar de los frenos de la Corte Constitucional, el cambio en el Modelo Pensional (Solidario, Semicontributivo, Contributivo y de Ahorro Voluntario) y el aumento del bono pensional del programa Colombia Mayor han dignificado la vida de los adultos mayores en extrema pobreza.
La expansión del acceso a la Educación Superior ha beneficiado a 400.000 adolescentes en todas de las regiones a través de políticas de gratuidad y la construcción de nuevos campus universitarios.
Aunque fuertemente criticada, la Paz Total comienza a dar sus primeros frutos con la implementación de la ZUT (Zonas de Ubicación Temporal ), en donde grupos armados al margen de la ley como Estado Mayor de Bloques y Frentes (EMBF), Comuneros del Sur, Clan del Golfo y Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano (CNEB) comenzarán a entregar definitivamente las armas para reincorporarse a la vida civil.
Filosóficamente, el deseo es el motor de la historia y las grandes transformaciones de la humanidad. Por eso, como ciudadano y militante progresista sigo queriendo más.
Quiero que la transición energética llene de paneles solares los techos de las viviendas más vulnerables del Caribe y del Pacífico y siga protegiendo la Amazonía con su flora y fauna.
Quiero un sistema de salud preventivo donde el médico, los tratamientos y los medicamentos no sea un lujo lejano, sino derecho garantizado para todos los hogares.
Quiero que la clase trabajadora reciba una parte justa de la riqueza que produce, y que las empresas nacionales crezcan bajo un modelo de productividad basado en la solidaridad, la sostenibilidad y la soberanía nacional, no en la explotación, la contaminación y el entreguismo a capitales y gobiernos extranjeros (Estados Unidos e Israel, por ejemplo).
Quiero en definitiva una Colombia donde vivir no signifique sobrevivir. Donde buscar la paz y la reconciliación no sea objeto de repudio. Donde soñar no nos cueste la vida.
El camino hacia una Colombia más humana, incluyente y soberana ya está trazado. De nosotros depende caminarlo con firmeza o dar un paso atrás hacia el pasado que tanto nos costó superar.
Por eso, Iván Cepeda y Aida Quilcué representan la continuidad ética y política de ese horizonte colectivo que millones de colombianos y colombianas comenzamos a imaginar.
Ven, seremos!
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