Por: Santiago Pulido Ruiz

Desde sus trabajos iniciales en Hacia una teoría del populismo (1978), pasando por Hegemonía y estrategia socialista (1987) y La razón populista (2005), Laclau se empeñó por precisar teóricamente el populismo, por darle un estatus de categoría y por otorgarle una función analítica capaz de devenir en concepto (Retamozo, 2017). Su obra, junto a la de Chantal Mouffe, es pionera en la elaboración de una teoría política del populismo. Sin embargo, todo este proceso de elaboración conceptual estuvo acompañado por una serie de rupturas con el marxismo y de encuentros con el pensamiento posfundancional.

Los textos laclausianos de los años setenta, en diálogo con la tradición marxista, se concentraban en el análisis de clases sociales y en la especificidad de las formaciones económico-sociales latinoamericanas, todavía con un pie firme en las categorías heredadas de la crítica de la economía política marxista. Con la publicación de Hegemonía y estrategia socialista (1987) y, más tarde, de La razón populista (2005), se asiste a una inflexión teórica que privilegia el giro lingüístico, la ontología de lo político y la construcción discursiva de identidades colectivas por sobre las formas de existencia política de la clase.

En este artículo nos proponemos explorar dicho transito: mostrar cómo Laclau pasó de concebir el «pueblo» como una determinación objetiva (uno de los polos en la contradicción dominante al nivel de una formación-social concreta) y al populismo socialista como la forma más avanzada de la ideología obrera (Laclau, 1978), a entenderlo como el resultado de una construcción político-discursiva y el sujeto abanderado de una cadena equivalencial de demandas insatisfechas (Laclau, 2005). Se trata de un ejercicio de contrapunteo que no se limita, simplemente, a señalar el abandono de la constelación categorial del marxismo en la obra de Laclau, sino que pretende resaltar la posibilidad de un reencuentro entre populismo y marxismo que parece estar latente en sus primeros trabajos.

i. Pueblo y Clase en Hacia una teoría del populismo (1977):

Los años setenta representa un parteaguas en la historia del pensamiento político marxista. Por aquellos años, la izquierda intelectual europea y latinoamericana se vio arrastrada por una necesidad: reactualizar los presupuestos teóricos del marxismo para analizar el problema del populismo, la estructura de clases sociales y la especificidad de las formaciones económico-sociales de la región. En Política e ideología en la teoría marxista (1977), Laclau establece un diálogo teórico en cuatro niveles: primero, desarrolla su aproximación alrededor de los orígenes y naturaleza de las sociedades latinoamericanas y la determinación alternativa de su carácter feudal o capitalista; segundo, aborda el debate sobre la especificidad de lo político y el determinismo estructural en la obra de Nicos Poulantzas; tercero, emprende una revisión crítica de la lectura de Poulantzas sobre el fascismo; finalmente, elabora su reflexión teórica sobre el populismo y las clases sociales en América Latina.

En Hacia una teoría del populismo, Laclau (1978) comienza su análisis desmarcándose de cuatro grandes enfoques: un primer enfoque que ve al populismo como “la expresión típica de una determinada clase social, y esta caracteriza, por consiguiente, tanto el movimiento como a su ideología” (págs. 166-167). Se trata de un enfoque que hace énfasis en el carácter pequeño-burgués de las experiencias populistas, las cuales intentan movilizar a las masas en el curso de un enfrentamiento parcial con las oligarquías locales y el imperialismo; un segundo enfoque (nihilismo populista) que concibe el populismo como un concepto vacío de contenido y propone eliminarlo del vocabulario de las ciencias sociales y reemplazarlo “por un análisis directo de los movimientos (…) en función de su naturaleza de clase” (pág. 168).

Un tercer enfoque que intenta superar estas dificultades “a través de la restricción del término «populismo» a la caracterización de una ideología y no de un movimiento” (Laclau, 1978, pág. 169). Los principales rasgos de esta ideología serían su carácter anti statu quo, la desconfianza por los políticos tradicionales, su apelación al pueblo y no a las clases y su antiintelectualismo. Finalmente, la concepción funcionalista del populismo, “según la cual este es un fenómeno aberrante de la asincronía en los procesos de tránsito de una sociedad tradicional a una sociedad industrial” (Laclau, 1978, pág. 170).

En este último enfoque Laclau (1978) hará especial énfasis: la perspectiva funcionalista de la teoría de la modernización (Germani y Di Tella) sostiene que la incorporación temprana de las masas a la vida política latinoamericana termina por rebasar los canales de participación de la estructura política moderna, en consecuencia, las multitudes quedan atrapadas en una red de manipulación por parte de las élites nacionales. Los movimientos populistas constituyen, en esa perspectiva, “una heteróclita acumulación de fragmentos correspondientes a los paradigmas más dispares” (pág. 174). Son movimientos que cargan con el peso de las sociedades tradicionales, distorsionan la naturaleza de clase de estos sectores, sus formas de expresión política e imposibilitan el funcionamiento de un sistema político de tipo occidental.

En la perspectiva de Di Tella y Germani, el populismo es un marcador de rezago político: una “forma de expresión política de los sectores populares cuando no han logrado consolidar una organización autónoma y una ideología autónoma de clase. A mayor desarrollo corresponderá una organización más clasista y menos populista” (Laclau, 1978, pág. 177). Se trataría, pues, de una asincronía entre el polo industrial desarrollado y el polo tradicional, “una abigarrada y confusa mezcla de rasgos tradicionales y modernos” (pág. 178).

A contrapelo del funcionalismo y de la teoría de la modernización, Laclau (1978) desligó el populismo de especificas etapas de desarrollo económico. Su propuesta, en clave estructuralista, recomendaba “abandonar el análisis de la transición en términos de un continuum de rasgos y actitudes y encararlo como una serie discontinua de estructuras” (pág. 180). Es una sugerencia que rescata un componente central de la economía política marxista: el de desarrollo desigual en contraposición a la visión teleológica del desarrollo. No se trata de ver evoluciones lineales de las estructuras económicas y en la conformación de grupos sociales atados a esa curva de desarrollo, sino de observar el tipo de transformaciones, sus procesos de articulación y desarticulación y el campo ideológico que les da sentido.

La conclusión que se desprende de esto es la siguiente: “la significación de los elementos ideológicos identificados con el populismo debe buscarse en la estructura de la que son un simple momento y no en paradigmas ideales” (Laclau, 1978, pág. 183). Lo que alude a la naturaleza de clase de los movimientos populistas, a sus raíces en el modo de producción y en la articulación de los mismos. Dicho de otro modo: es necesario referirse a las contradicciones de clase como momento estructural del principio de unidad de los diversos rasgos políticos e ideológicos del populismo, pero no como una forma de determinación economicista, sino bajo una forma de articulación político-ideológica.

El carácter de clase de una ideología, sostiene Laclau (1978), no está dado por su contenido, si no por su forma, por su estrategia de articulación de las interpelaciones constitutivas o por su principio articulatorio especifico. Es decir, no existen en sí mismas ideologías de clase, sino marcos de sentido que pueden ser llenados de contenido de clase conforme a las formas de articulación de los movimientos realmente existentes. En este punto, Laclau (1978) parece tener un encuentro con la tradición nacional-popular latinoamericana: autores como Zavaleta-Mercado (2015) han llamado la atención, justamente, en esta forma en la que la ideología nacionalista puede ser llenada de contenido de clase, siendo el obrerismo la materia prima o el pegamento social de la ideología nacional-popular.

Es, en palabras de Laclau (1978), un esfuerzo articulatorio antagónico en el que cada clase se presenta como el auténtico representante del pueblo o del interés nacional. En el populismo laclausiano de los años setenta, las clases existen -a nivel ideológico y político- no como actores determinados por la estructura económico-productiva, sino como formas de articulación. Esta articulación requiere de “la existencia de contenidos -interpelaciones y contradicciones- no clasistas, que constituyen la materia prima sobre la que opera la práctica ideológica de clase” (pág. 187).

Una clase es dominante y hegemónica en la medida no tanto que logra imponer una concepción uniforme del mundo al conjunto de la sociedad, sino en tanto “logra articular diferentes visiones del mundo en forma tal de que el antagonismo potencial de las mismas resulte neutralizado” (Laclau, 1978, pág. 188). No es, pues, la presencia de determinados contenidos en un discurso lo que defina el carácter de clase de una ideología, sino el principio articulatorio que los unifica. No obstante, reconoce Laclau (1978), la lucha de clase también modifica la capacidad ideológico-articulatoria de las mismas, en consecuencia, la clase solo existe como tal en la medida en que lucha por la hegemonía.

Justamente, es la disputa por la hegemonía la que permite que pueblo y clase operen bajo un mismo horizonte estratégico: “un discurso populista puede hacer referencia a la vez al pueblo y a las clases (presentando, por ejemplo, a una clase como realizadora histórica de los intereses del pueblo)” (Laclau, 1978, pág. 192). En este primer Laclau, el pueblo no es un mero recurso retórico, “sino una determinación objetiva, uno de los dos polos en la contradicción dominante al nivel de una formación social concreta” (pág. 193). Tres grandes conclusiones se desprenden de esta aproximación:

1. La contradicción constitutiva del populismo, a saber, pueblo vs bloque de poder “es un antagonismo cuya inteligibilidad no depende de las relaciones de producción, sino del conjunto de las relaciones políticas e ideológicas de dominación constitutivas de una formación social determinada” (Laclau, 1978, pág. 193).

2. “Si la contradicción dominante al nivel del modo de producción constituye el campo especifico de la lucha de clases, la contradicción dominante al nivel de una formación social concreta constituye el campo especifico de la lucha popular-democrática” (pág. 193).

3. “Como, sin embargo, la lucha de clases tiene prioridad sobre la lucha popular-democrática, esta última solo se da articulada a proyectos de clase. Pero, a su vez, como la lucha política e ideológica de las clases se verifica en un terreno constituido por interpelaciones y contradicciones que no son de clase, esa lucha solo puede consistir en proyectos articulatorios antagónicos de las interpelaciones y contradicciones no clasistas” (pág. 193).

A partir de estas tres conclusiones, Laclau construye su idea de la doble articulación del discurso político, es decir, la articulación de la ideología popular-democrática al socialismo. La transformación de la potencialidad antagónica de la democracia en espontaneidad de masas depende de una condición histórica que va más allá de la lucha popular-democrática: del surgimiento de una clase, como fuerza hegemónica, cuyos intereses confronten el régimen existente de Estado. “Solo el socialismo representa la posibilidad de pleno desarrollo y superación de la contradicción pueblo/bloque de poder” (Laclau, 1978, pág. 199).

El populismo consiste, siguiendo el argumento de Laclau (1978), en la presentación de las interpelaciones popular-democráticas “como conjunto sintético-antagónico respecto a la ideología dominante” (pág. 201). El populismo comienza cuando dichas interpelaciones democrático-populares aparecen como alternativa antagónica frente a la ideología del bloque dominante. El objetivo de todo proyecto emancipatorio implica expandir el antagonismo de las interpelaciones democráticas y articularlo al discurso de clase. De tal manera que, contrario a lo que sostiene Germani, “el populismo socialista no es la forma más atrasada de la ideología obrera, sino su forma más avanzada: el momento en que la clase obrera ha logrado condensar en su ideología el conjunto de la ideología democrática” (pág. 203).

Lo anterior permite concluir que pueblo y clase constituyen, en los primeros trabajos de Laclau, polos de contradicciones diferentes, pero que se encuentran atados al mismo discurso político. “Mientras la contradicción de clase determina el principio articulatorio de dicho discurso -aquello que le da su singularidad específica en un campo ideológico determinado- la segunda representa un momento abstracto que puede ser articulado a los más diversos discursos de clase” (Laclau, 1978, pág. 228). Ni el pueblo logra ser totalmente absorbido por discursos de clase, ni las ideologías de clase son bloques cerrados y determinados estructuralmente. “Negar la dialéctica entre pueblo y clases equivaldría, por tanto, a negar la lucha ideológica de clases” (pág. 229).

El movimiento en la dialéctica pueblo – clase consiste en que la clase no puede ser hegemónica sin integrar al pueblo a su discurso, “y la forma específica de esa articulación, en el caso de una clase que para afirmar su hegemonía debe enfrentarse al bloque de poder en su conjunto, será populismo” (Laclau, 1978, pág. 230). Las clases no pueden ser hegemónicas sin apelar al pueblo y el pueblo solo existe articulado a una estructura de clases. Pueblo y clase mantienen, desde el punto de vista analítico, una codependencia constitutiva. Cierra Laclau su trabajo afirmando que “el avance hacia el socialismo solo puede consistir en una larga serie de luchas a través de las cuales el socialismo afirme su identidad popular y el pueblo sus objetivos socialistas” (pág. 231).

ii. El giro ontológico de Laclau: el problema de la clase y el pueblo en Hegemonía y estrategia socialista (1987) y La razón populista (2005):

Con la publicación de Hegemonía y estrategia socialista (1987), se abre un punto de inflexión en el corpus teórico de Ernesto Laclau. La incorporación del giro lingüístico de inspiración wittgensteiniana modifica sustantivamente la comprensión de la teoría de la hegemonía en Gramsci y la conceptualización del populismo. Esta transformación teórica va acompañada, además, de una serie de rupturas con el marxismo, particularmente, en cuatro niveles:

i. Crítica al reduccionismo de clase: Laclau se distancia de la premisa clásica en la cual (a.) todo sujeto es, en última instancia, un sujeto de clase; (b.) cada clase posee su propia ideología paradigmática; (c.) todo elemento ideológico se encuentra necesariamente adscrito a una estructura de clase (Laclau, 2005). Con esta crítica, se abre la posibilidad de pensar identidades políticas no derivadas directamente de la estructura económica, sino articuladas a partir de cadenas de significación contingentes.

ii. Relectura de la hegemonía: el concepto gramsciano de hegemonía deja de entenderse como dirección política de una clase sobre otra o, como vimos en el anterior apartado, como articulación de discursos del orden de los dominados, para convertirse en una disputa discursiva por el sentido. El eje analítico no se encuentra en las relaciones estructurales de la ideología a nivel de la estructura de clases, sino en la capacidad de los discursos por articular demandas sociales heterogéneas bajo un mismo significante hegemónico. 

iii. Renuncia a la totalidad dialéctica del marxismo: frente a la idea marxista de la sociedad como una totalidad estructurada y dialécticamente articulada, Laclau sostiene que toda configuración social está marcada por la incompletud y la imposibilidad de clausura total. El orden social, en consecuencia, es siempre parcial, precario y susceptible de ser rearticulado.  

iv. Adscripción al posfundacionalismo: como consecuencia de lo anterior, Laclau adhiere teóricamente a la perspectiva posfundacional, en la cual no existen fundamentos últimos de lo social. Todo fundamento es resultado de un conjunto de prácticas políticas y discursivas contingentes, lo que implica reconocer que la política se juega en la constante disputa por establecer, aunque de manera siempre inestable, aquello que opera como principio de organización y articulación social. 

Hegemonía y estrategia socialista (1987) constituye, en ese sentido, un parteaguas en el pensamiento de Ernesto Laclau. Mientras que en la década de los 70’ su producción intelectual estuvo anclada al análisis marxista de la estructura de clases y de las formaciones económico-sociales latinoamericanas, hacia finales de los años 80’ transita hacia una ontología de lo político atravesada por el giro lingüístico. Este desplazamiento encuentra en La razón populista (2005) su expresión más acabada. Allí, Laclau consuma su ruptura con el marxismo al rechazar cualquier intento de asociación del populismo con un contenido ideológico especifico y al redefinirlo, en cambio, como una lógica política en sí misma.

Atrás quedaba la idea de que el populismo socialista era la forma más avanzada de la ideología obrera. En su lugar, surge el populismo como una lógica de construcción discursiva de fronteras dicotómicas (ellos vs nosotros o pueblo vs élite), es decir, se trata de una capacidad performativa del discurso para articular demandas heterogéneas bajo un significante común que constituye al “pueblo” como sujeto político. En La razón populista, Laclau (2005) ofrece tres formas complementarias de entender el populismo:

- Primero, como una ontología de lo social, esto es, como un modo de concebir la constitución misma de lo político: “el populismo es la vía real para comprender algo relativo a la constitución ontológica de lo político como tal” (Laclau, 2005, pág. 91);

- Segundo, el populismo se expresa en el plano óntico de la práctica política, en tanto lógica que produce un antagonismo fundante del orden social. Esto se traduce en la fractura del campo social mediante una frontera dicotómica y en la búsqueda de significantes capaces de ocupar -de manera siempre incompleta y contingente- el lugar de un fundamento universal.

- Tercero, el populismo es un proceso de constitución de sujetos e identidades políticas. Un ejemplo es el de la categoría Pueblo, que funciona como un significante vacío atravesado por demandas heterogéneas y prácticas discursivas, y que habilita la emergencia de nuevas subjetividades políticas capaces de disputar la hegemonía.

Partiendo de estos tres supuestos, Laclau (2005) propone tomar las demandas sociales como unidad básica de análisis. Cuando múltiples demandas particulares -que comparten la insatisfacción de asistencia estatal- se articulan en una cadena de equivalencias, se posibilita tanto la dicotomización del campo social como la generación de vínculos de identidad popular. Es en este proceso donde la hegemonía adquiere centralidad: se trata de una operación política mediate la cual “una particularidad asume su significación universal inconmensurable consigo misma” (Laclau, 2005, p. 95). La hegemonía surge, no por la existencia previa de una demanda dominante, sino en el carácter contingente y parcial de las fijaciones que logran articular temporalmente un bloque de significación común. 

Esta renovación teórica del populismo parte del giro que Laclau y Mouffe emprendieron a fines de los ochenta a partir de la noción de juegos del lenguaje de Wittgenstein (para señalar la imposibilidad de establecer una distinción entre lo lingüístico y lo extra-lingüístico). Todo objeto, sostienen, se constituye como objeto discursivo, de modo que ninguna demanda emerge al margen de las condiciones discursivas que la hacen posible (Laclau & Mouffe, 1987). Esta premisa resulta clave para comprender por qué el proceso de hegemonización no se limitan a la agregación de demandas dadas, sino que implica un acto político-discursivo capaz de configurarlas, redefinirlas, articularlas y conferirles un nuevo sentido dentro de una cadena equivalencial.  

Laclau (2005) desarrolla con esto una ontología política del lenguaje en el que la constitución de identidades y sujetos políticos está estrechamente ligada a la exclusión de un exterior constitutivo. Toda identidad se define, por tanto, en oposición a aquello que queda fuera de sus límites, lo cual convierte su conformación en un acto de poder. De ahí que lenguaje y poder resulten indisociables: cada acto de significación, cada enunciación discursiva y cada redefinición de la frontera política implican la producción de una nueva gramática del poder. El poder deja de entenderse únicamente como una relación estratégica o institucional para convertirse en una categoría ontológica, constitutiva de lo social.

El lenguaje constituye, en ese orden de ideas, la condición de articulación del mundo social. Para Laclau y Mouffe, “el discurso es el conjunto de fenómenos que interactúan en la producción social de sentido que configuran a una sociedad” (Heredia, 2016, pág. 289). De ahí que sea innecesario establecer una diferenciación entre las prácticas lingüísticas y extralingüísticas, puesto que “la idea de totalidad que implica el discurso se refiere al modo en que las prácticas y las palabras cobran sentido. El lenguaje ahora incluye, en su marco de referencia, todo tipo de prácticas sociales e institucionales” (Heredia, 2016, pág. 291).

Sobre esta base, se configura una teoría del poder que presenta dos dimensiones complementarias: por un lado, el poder se manifiesta en el entramado de las relaciones sociales (Mouffe); por otro, se ejerce a través de la capacidad de dividir y rearticular discursivamente el campo social (Laclau). Las configuraciones discursivas no son, en ese sentido, meros reflejos de prácticas preexistente, sino la condición misma de posibilidad tanto de los significados como de las prácticas sociales[1]. Dicho de otro modo, los efectos del poder se expresan de manera indisociablemente política y discursiva: el lenguaje no es un simple apéndice del poder político, sino una de sus formas constitutivas.

iii. Una reflexión a propósito del contrapunteo en la obra de Ernesto Laclau:

A lo largo de este artículo, hemos abordado las transformaciones teórico-conceptuales en la obra de Ernesto Laclau. Se ha intentado de trazar un desplazamiento central en su producción: el paso de una gramática analítica centrada en la articulación entre pueblo y clase -donde el populismo se entiende como una forma política de articulación en la que puede converger interpelaciones democrático-populares y clasistas- hacia una gramática ontológica del lenguaje, en la que la política y la socialidad se constituyen discursivamente. Este desplazamiento no es simplemente nominal, sino que implica una prioridad analítica. Mientras sus escritos de los setenta subrayan la relación entre contradicciones sociales y la conformación de sujetos colectivos -todavía en diálogo con las categorías del marxismo-, los textos posteriores a Hegemonía y estrategia socialista (1987) colocan al lenguaje, a las demandas y a su encadenamiento discursivo en el centro de la aplicación de la hegemonía y de la emergencia del pueblo como significante político.

Sin embargo, este distanciamiento con la tradición marxista no cierra la posibilidad de un reencuentro entre el marxismo y el populismo. En los setenta, la noción de pueblo coexiste con la de clase bajo una relación de codependencia estratégica: la clase solo es hegemónica si incorpora al pueblo; el pueblo solo existe articulado a proyectos de clase. De allí surge la idea de una doble articulación del discurso político que todavía permite pensar las luchas populares dentro de un horizonte que supere las relaciones de explotación-dominación clasista. Pese a esta ruptura con el pensamiento marxista, la obra de Laclau no constituye una negación absoluta respecto a sus primeros trabajos, sino una reelaboración teórica y una síntesis crítica entre estructura y discurso.

Su crítica a la idea de totalidad orgánica de lo social es ejemplo de esto. Tanto su producción teórica de los años 70’ como de fines de los 80’ confronta la noción de totalidad naturalizada -un tejido social cerrado cuyos vínculos se presentan como dados y necesarios- por naturalizar las jerarquías sociales y legitimarlas como inevitables. En el caso de Hacia una teoría del populismo (1978), esta crítica está implícita en sus respuestas a las teorías de la modernización, donde las interpelaciones democrático-populares o populistas distorsionan la naturaleza de clase de los proyectos emancipatorios e imposibilitan el funcionamiento de un sistema político de tipo occidental. Por esta razón, Laclau desliga el populismo tanto de etapas específicas de desarrollo económico como de vínculos sociales orgánicos y naturales. 

Recordemos que su propuesta en los setenta, aún pensada en clave marxista, no consistía en entender el populismo como un continuum de rasgos y actitudes, sino como una serie discontinua de estructuras. La configuración de identidades y sujetos colectivos no responde, en ese sentido, a la evolución lineal de estructuras productivas o al enraizamiento orgánico de vínculos de tipo tradicional, sino al proceso de transformación, articulación y desarticulación del campo ideológico. En ese movimiento adquiere centralidad la noción de articulación: el populismo aparece como una forma especifica de condensar antagonismos y, más tarde, en La razón populista (2005), como una forma de construir equivalencias entre demandas sociales heterogéneas, produciendo un sujeto político -el pueblo- que no está dado de antemano, sino que emerge de prácticas políticas e ideológicas contingentes.

Al tomar distancia de las lecturas de clausura totalizante de la sociedad, Laclau desnaturaliza los lazos sociales y abre el campo a la contingencia: las identidades, los significantes y los fundamentos sociales son siempre producto de prácticas históricas y discursivas que pueden ser disputadas. Por eso, su teoría, luego de los noventa, adscribe al pensamiento posfundacional:  es una crítica que libera la imaginación política al mostrar que las relaciones sociales no están predefinidas ni predeterminadas, sino que son relaciones políticas sujetas a transformaciones y que el cambio político no requiere recurrir a fundamentos últimos sino a rearticulaciones contingentes, es decir, históricas y políticas.

Bibliografía

Heredia, E. (2016). La Teoría del discurso de Laclau y su apliación al significante "La Paz". Analecta política, 208-303.

Laclau, E. (1977). Política e ideología en la teoría marxista. Capitalismo, fascismo y populismo. Madrid: Siglo XXI.

Laclau, E. (1978). Hacia una teoría del populismo. En E. Laclau, Política e ideología en la teoría marxista. Capitalismo, fascismo, populismo (págs. 165-233). Madrid: Siglo XXI.

Laclau, E. (2005). La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Laclau, E., & Mouffe, C. (1987). Hegemonia y Estrategia Socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Madrid: Siglo XXI.

Miliband, R., Poulantzas, N., & Laclau, E. (2021). Estado, clase dominante y autonomía de lo político. Un debate marxista sobre el Estado capitalista. Barcelona: Viento Sur - SYLONE.

Retamozo, M. (2017). La teoría política del populismo: usos y controversias en América Latina en la perspectiva posfundacionalista. Latinoamérica, 121-151.

Zavaleta-Mercado, R. (2015). La autodeterminación de las masas. México D.F.: Siglo XXI.


[1] Vale la pena resaltar que ambos autores inscriben el lenguaje dentro de la teoría del discurso y no del análisis discursivo. El primero permite comprender el rol instituyente del lenguaje, mientras en el segundo el lenguaje es instrumental, se buscan regularidades en su uso.

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