Por: Daniel Felipe Barrera Arias.

El problema de la autonomía (o autonomía relativa, como lo denominaron los marxistas) del Estado, aunque de larga tradición en el pensamiento político (Marx (2003); Miliband (1991) (2022); Claus Offe (1994); Laclau (2022); Poulantzas (2022), (2001)) sigue suscitando nuevos nudos teóricos y programas de investigación para pensar las interacciones Estado-Sociedad. Tal como señaló Miguel Simón (2004) fue el concepto de autonomía el que permitió construir un campo de investigación propio a las dimensiones de lo estatal y lo político, dejando de ser considerados como simples epifenómenos del reflejo de las relaciones productivas -como creían cierto marxismo- y resultados de los procesos sociales; asumiendo el Estado como una arena neutral -tal como creían los pluralistas- (cuidar redacción). La independencia analítica de las s dimensiones estatales: estatalidad y capacidades estatales permitió estudios más detallados sobre la administración estatal, las instituciones y las ideologías, así como estudios de corte histórico-comparativos que contengan un mayor énfasis empírico sobre el Estado.

A mediados de la década de los 70, cuando países como Gran Bretaña y Estados Unidos entraron en competencia internacional en el mercado mundial, los Estados empezaron a tener un mayor peso en la dirección de la política económica (Skocpol, 2014), algo que las teorías centradas en la sociedad o enfoques sociocéntricas eran incapaces de analizar: la capacidad del Estado por redireccionar la política económica en el plano internacional.

Precisamente, en un periodo en que el Estado deja de ser explicado en tanto sistema social como un simple órgano de gobierno (Abrams, 2015), se produce la “recuperación del ámbito estrictamente político como objeto de estudio. Asistimos actualmente a una convergencia entre las corrientes principales de la Teoría del Estado, el pluralismo y el neomarxismo, alrededor del concepto de «autonomía relativa»” (Simón, 2003 , pág. 26). Coincide Amenta (2005) en señalar que el surgimiento de la vertiente teórico-metodológica del neoestatismo, enarbolada por Theda Skocpol, fue capaz de proporcionar un marco de interpretación más sesudo para comprender la capacidad de acción autónoma de los Estados, logrando el encuentro entre disciplinas, como la Ciencia Política y la Sociología Política alrededor del problema del Estado.

En ese sentido, nos interesa indagar por el campo intelectual en el que surge la acción autónoma en Skocpol; sus fuentes, sus encuentros y desencuentros con las corrientes marxistas, las líneas de debate sobre las que se posicionó, pero también los límites asociados a su propuesta analítica y metodológica. De ahí que, siguiendo a Miguel Simón (2004), situemos la propuesta teórica de Skocpol dentro de las corrientes neoestatistas[1].

Antes de iniciar, es clave señalar que partimos de la idea de identificar un quiebre crucial en la obra de Skocpol. Un quiebre que, como nota Domhoff (1992), se produce en el año 1992 con la publicación de Protecting Soldiers and Mothers (1992), de Theda Skocpol. En este libro, se produce una evolución de una perspectiva centrada en el Estado a una centrada en la política; la profesora norteamericana lo denominó el tránsito al institucionalismo histórico. Domhoff (1992), en su aguda crítica a Skocpol, señala cómo este nuevo trabajo es la claudicación de la teoría de la autonomía estatal, a la vez que pone un énfasis en las instituciones, los grupos de presión, los partidos políticos y la naturaleza estructuradora de la política. Todo esto, en detrimento de la supremacía explicativa del Estado, la potencial autonomía estatal, el abandono de los análisis de clase, y aunque sin proponérselo, termina coligando con las teorías pluralistas.

En ese orden de ideas, nos concentraremos en la producción teórica de las décadas del 70´ y 80´ que nos permite analizar con mayor claridad la teoría de la acción autónoma del Estado; en especial, enfatizamos en los siguientes trabajos: (Skocpol, Los estados y las revoluciones sociales: un análisis comparativo de Francia, Rusia y China, 1984) y (Skocpol, El Estado regresa al primer plano: estrategias de análisis en la investigación actual, 2014)[2], ya que son estos textos los que nos muestran una Skocpol más fiel a su postura de la independencia explicativa de la variable estatal y de la autonomía de la acción estatal.

I. De la autonomía relativa a la acción potencialmente autónoma

Skocpol aparece en la escena intelectual en la década de los 70 como una defensora ferviente de la autonomía estatal. En su libro, Los Estados y las Revoluciones, entabla una discusión con los marxistas a propósito del rol que juegan los estados en los procesos revolucionarios de cambio. Para Skocpol (1984) los estados son “organizaciones que controlan […] territorios y pueblos. El analista de las revoluciones debe escudriñar, no sólo las relaciones de clase, sino también las relaciones de Estado entre sí y las relaciones de los Estados con las clases dominante y subordinada” (págs. 63-64). Contrario a lo que argumentan los marxistas, el proceso revolucionario no se percibe exclusivamente en el ámbito social o ideológico; son las estructuras de clase[3] y estatales las que permiten analizar las repercusiones de hondo calado que proyectan las revoluciones, de tal manera que hacer un análisis de la nueva configuración del poder político, las burocracias y las instituciones estatales arroja luces sobre la consolidación de un nuevo proyecto estatal. Resulta evidente que, en sus análisis, aunque no niegue la importancia política e investigativa de los movimientos sociales, los liderazgos y la ideología dominante, no reviste un carácter tan crucial en la investigación del cambio social. Mientras que se develan las motivaciones estructurales de sus análisis, así lo dirá nuestra autora:

“Analizaremos las causas y los procesos de las revoluciones sociales desde una perspectiva no voluntarista, estructural, atendiendo a las estructuras y los procesos internacionales y de la historia universal, así como intranacionales. Y un acompañante teórico importante consistirá en llevar a ciertos Estados —interpretados como organizaciones potencialmente autónomas, localizadas en la interfase de las estructuras de clase y en las situaciones internacionales— al centro mismo de la atención.” (Skocpol, 1984, pág. 66).

De esta forma, en Skocpol la acción política, si no queda definida exclusivamente por el Estado, al menos sí se encuentra circunscripta a su capacidad de influir en las instituciones estatales, es decir, que existe acción política cuando esta busca permear y transgredir el Estado. Justamente, es a eso a lo que nos referimos con una lectura estadocéntrica de la vida política. Sin embargo, sería un error extrapolar las conclusiones metodológicas de un estudio particular sobre tres procesos revolucionarios precisos para definir los alcances de la producción teórica de Skocpol. Por eso ahora nos interesa empezar a contornear el concepto de autonomía para analizar cómo va matizando ciertas posturas teórico-metodológicas.

Ahora bien, antes de pasar al concepto de autonomía, es importante revisar los legados y rupturas que podrían arrojar luces para comprender el concepto a estudiar. Con la tradición marxista[4] Skocpol va a sostener un diálogo crítico para formular su concepción de autonomía; por un lado, se va a distanciar de la noción estructural o abstracta de la autonomía -en clara ruptura con Poulantzas-, por otro lado, va a concebir el factor internacional como un elemento determinante para la autonomía, solo que en este caso y gracias a la influencia de Otto Hinze, el sistema interestatal, no producto de capitalismo transnacional, sino de relaciones político-estatales (Skocpol, 2014).

Tanto Simón (2004) como Dumhoff (1992) van a coincidir en que Skocpol, en El Estado regresa al primer plano: estrategias de análisis en la investigación actual, va a ir matizando su enfoque estructuralista y moderando el lugar privilegiado que le concede a la estructura de clase, en especial ajustando su óptica estadocéntrica. Este viraje le va a permitir cerrar cuentas con el estructuralismo de cuño francés y consagrarse como la figura más relevante del neoestatismo. Lo que implicaba dejar de concebir al Estado como un agente facultado para promover los intereses del capital a largo plazo, como si mantuviera una función exclusivamente capitalista, para empezar a comprender la forma en la que “el Estado ejerce su autonomía por derecho propio y busca sus intereses propios y específicos” (Simón, 2004, pág. 277). Así, la autonomía relativa no es una característica estructural, sino que los estados son potencialmente autónomos; es el tránsito de la autonomía relativa a la acción autónoma. Es el momento investigativo en que el Estado, que antes había sido pensado como un todo complejo, abstracto e impenetrable, se abre y puede ser estudiado de forma más empírica y segmentada, ese es el resultado de pensar las capacidades y las acciones autónomas del Estado.

II. Acción autónoma: una apertura empírica a las capacidades estatales.

Vale la pena resaltar que Skocpol, como bien señala Domhoff (1992), se encuentra discutiendo con los autores sociocéntricos, que creían que un Estado, como el norteamericano, dominado por el gran capital, el lobbismo y la influencia empresarial, era imposible que tuviera un margen de autonomía estatal. Por tanto, concebir el margen de acción de los Estados es central para romper tanto con marxistas como con pluralistas clásicos, pues, “a menos que las instituciones políticas sean capaces de tener impulsos propios y establecer objetivos que no sean determinados por el entorno social no habría necesidad de hablar del Estado” (Simón, 2004, pág. 261). En otras palabras, la teoría intermedia del Estado de Skocpol reconoce el papel que tiene el Estado y sus instituciones para moldear la vida social. De igual manera, busca incorporar metodológicamente la posibilidad de reflexionar sobre las tensiones entre el Estado y el bloque social dominante en periodos concretos. Detrás de esta pretensión subyace la posibilidad de concebir al Estado como un actor y una fuerza por derecho propio antes que un resultado subordinado de la economía y la sociedad (Sanmartino, 2020).

Lejos de cualquier racionalidad o disposición estructural, el Estado posee un cúmulo de capacidad y acciones que varían de acuerdo con los delineamientos históricos particulares de cada configuración estatal y de las constelaciones sociales de poder, diría Mann. Siendo así que para Skocpol (2014), “los estados pueden ser considerados de un modo más amplio como configuraciones de organización y acción que influyen en los significados y métodos de la política para todos los grupos y clases de la sociedad” (pág. 119). De ahí que los estados, además de su labor coercitiva, judicial y consensual, incidan en la forma en la que se configuran las relaciones entre la sociedad y las instituciones, dando origen a concepciones que influyen en el comportamiento de todos los grupos sociales y las clases nacionales (Skocpol, 2014). Dicho de otro modo, los Estados, por medio de su cuerpo administrativo y burocrático, son capaces de condicionar  las ideas y exigencias políticas de los sectores sociales. El Estado organiza, canaliza y traduce sus demandas en lenguaje estatal, los supedita moverse bajo su órbita de interés.

De esta manera, Skocpol va recogiendo elementos que le permiten formular su marco de análisis neoestatista. Son cuatro elementos que se ubican como su piedra angular para formular la idea de la acción autónoma del Estado:

1) Analizar el papel de los Estados en el contexto internacional, ya que, como sostiene Skocpol (2014), es necesario “respetar la historicidad intrínseca de las estructuras geopolíticas y […] a los ineludibles entrecruzamientos de los acontecimientos a nivel nacional con los contextos históricos mundiales cambiantes” (pág. 129). Ahora, los estados y sus funcionarios tienen una relación más estrecha con los sistemas transnacionales (Simón, 2004); 2) Reconocer que los Estados no sólo son aparatos de coerción, sino que tienen poder infraestructural para penetrar en la sociedad, organizarla y moldear los contornos en los que se libra la lucha política, así como forjar los mecanismos idóneos por los cuales se dirimen las tensiones sociales; 3) La necesidad fundamental que tienen los Estados por propiciar el orden y el control social; 4) El Estado, en cabeza de sus funcionarios, posee los recursos organizativos y administrativos por los cuales ejecuta políticas públicas en un período de tiempo prolongado (Simón, 2004). En los textos de Skocpol se destaca la importancia que adquiere la burocracia para administrar y operativizar las capacidades estatales.

Este marco conceptual fue formulado con la intención de Skocpol, así como de las perspectivas teóricas que habilitó la politóloga estadounidense, de realizar estudios sobre las capacidades estatales, pero ya no desde un ámbito teórico como lo había realizado Poulantzas (2001), sino desde un ámbito práctico y empírico. Para llegar a este objetivo, Skocpol desarrolla la teoría de la disponibilidad de recursos, según la cual, en la pregunta por la forma cómo se desarrolla la autonomía estatal, “las respuestas se encuentran no sólo en las características de los propios estados, sino también en el equilibrio entre los recursos y las ventajas situacionales de los estados comparadas con las de los actores no estatales” (Skocpol, 2014, pág. 110).

De tal modo, la teoría de los recursos disponibles nos propone una relación distinta entre Estado-Sociedad; la autonomía no depende del modelo o del sistema estatal exclusivamente, sino que la autonomía va a estar circunscrita a las tensiones sociales, la historia de las instituciones, el apoyo social y la correlación de fuerzas legislativas. Se trata de pensar la autonomía de manera histórica en cada formación estatal; no es extraño, entonces que, lejos de cualquier estadocentrismo, el texto de Skocpol (2014) nos proponga una relación de ida y vuelta con la sociedad. Se trata de un enfoque relacional y de interdependencia entre Estado y sociedad que, como bien apunta Miguel Simón (2004), “la autonomía encuentra su origen en ciertas tareas que cumplen los Estados: extracción de recursos, labores administrativas, control coercitivo. Lógicamente, esos recursos son extraídos de la sociedad y se orientan a crear y mantener las organizaciones administrativas y coercitivas” (pág. 272). Lo fundamental, entonces, no es simplemente mostrar que el Estado es autónomo respecto a algo o que es un actor importante y decisivo, lo que resultaría una obviedad. Se trata más bien de definir esa autonomía en torno a qué, y cómo esa autonomía, marca un campo de interacciones donde el Estado despliega su propio poder.

Retomando a Miguel Simón (2004), se produce un retorno a lo político y su encuentro con la sociedad; al mismo tiempo, se percibe un neoestatismo más flexible. Eso explica el carácter fluido de la acción autónoma: no tiene un lugar fijo en el Estado; más bien, es una autonomía que se mueve de forma contingente y variada, condicionada eso sí por las cualidades y las características de la conformación de funcionarios y la estabilidad de la burocracia, pero también de las movilizaciones desde la sociedad; su especialización dependerá de un mayor o menor grado de autonomía estatal. Lo anterior implica que no todas las organizaciones estatales funcionan de la misma forma; existen grados desiguales de capacidades estatales que podrían limitar o ampliar los márgenes de acción del Estado. Por tal motivo, las capacidades estatales requieren un análisis pormenorizado para pensar el concepto de autonomía en toda su potencia heurística.

De tal modo, la autonomía no está definida de una vez y para siempre; se mueve en ciertas áreas del Estado, está marcada por los surcos históricos y puede ser diferencial: un Estado, por ejemplo, podrá sostener al mismo tiempo cierta autonomía en la política de sanidad, a la vez que vive serias restricciones en la política macroeconómica. No es extraño que para Skocpol (2014) la autonomía puede ser contradictoria y desigual; incluso podría crear fuerzas sociales que tiendan a limitar la propia autonomía. A pesar de ello, insinúa Skocpol, la acción estatal “nunca puede ser realmente “desinteresada” en ningún sentido significativo” (pág. 105). Sin estar determinada por ninguna fuerza exterior, la acción autónoma tiende a fortalecer los privilegios de los funcionarios; normalmente busca reforzar la longevidad política del Estado y reforzar su control social. Es decir, la agencia autónoma del Estado tiende, aunque no definitivamente, a garantizar la supervivencia del Estado.

Sin embargo, pese al avance en términos de profundizar investigaciones detalladas sobre el Estado, la autonomía y las capacidades estatales; en la tradición neoestatista y en la obra de Skocpol aún perviven ciertas limitaciones. Alguna de ellas las reseña Jessop (2020) de la siguiente forma: I) El neoestatismo es unilateral al concentrar sus fuerzas explicativas y argumentativas en la política estatal y partidista a expensas de los procesos políticos que se ubican fuera del Estado. Señalemos, en defensa de Skocpol, que esta asimetría es más investigativa que política; II) El neoestatismo se sostiene sobre la creencia de que “hay límites claros e inequívocos entre el aparato estatal y la sociedad, los gerentes estatales y las fuerzas sociales, y el poder estatal y el poder social. Implica que el Estado y la sociedad son mutuamente excluyentes y autodeterminados” (Jessop, 2020, pág. 132). Al recrear esta diferenciación dinámica, Skocpol se interesa por pensar su interacción; no obstante, en sus textos no hay pistas para comprender la interacción desde actores sociales a lógicas institucionales; por lo general es, al contrario.

Frente a estas dificultades, tanto Jessop (2017) como Migdal (2011) proponen igualar contingentemente el valor heurístico de las variables estatales y societales o, como lo menciona Jessop (2020), “Combinar explicaciones centradas en el Estado y centradas en la sociedad para producir un cuadro completo” (pág. 132). La idea para estos autores es proporcionar herramientas teóricas y metodológicas que permitan entender de forma más fluida la relación Estado-Sociedad, entendiendo que esa frontera que los diferencia se va recreando permanentemente, producto de las tensiones sociales, las “selectividades estatales” y surcos históricos que se traza cada Estado. En el fondo, se trata de pensar la idea de que el Estado está en la sociedad y viceversa; se van alterando mutuamente, no existe tal separación definitiva.

Para concluir, en este breve texto intentamos mostrar las variaciones y latencias que sufrió la producción teórica de Skocpol entre la publicación de Los estados y las revoluciones sociales: un análisis comparativo de Francia, Rusia y China, donde se percibía en términos metodológicos e investigativos una preeminencia explicativa del Estado, dejando las variables sociales por fuera de su radar analítico y bajo un enfoque de carácter estructuralista. Es con la publicación de El estado regresa al primer plano: estrategias de análisis en la investigación actual donde Skocpol se distancia del estructuralismo francés, de cierto estadocentrismo y expone una interacción más relacional entre el Estado-sociedad. Es en ese marco que teoriza la acción autónoma del Estado, contraria a la noción estructural de autonomía relativa, y vuelve sobre la teoría de los recursos disponibles (recursos que se extraen de la sociedad) para pensar de forma comparada el grado de autonomía que tienen los Estados de acuerdo a su contexto y a su propia formación histórica.

Bibliografía

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Domhoff, W. (1992). The Death of State Autonomy Theory: A Critique of Skocpol's Protecting Soldiers And Mothers. Critical Sociology, 19 (2), Santa Cruz: Adlai E. Stevenson College, University of california, 103-116.

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[1] Para autores como Mazzuca (Mazzuca, 2012), la propuesta de Skocpol encaja dentro de la tradición neo-weberiana, sin embargo, creemos que ambas adscripciones no son excluyentes.

[2] (Skocpol, Los estados y las revoluciones sociales: un análisis comparativo de Francia, Rusia y China, 1984); este libro surge a raíz de su tesis doctoral y es publicado originalmente en 1979. El otro trabajo, quizás por el que mayor difusión, reconocimiento y controversia generó, fue (Skocpol, El Estado regresa al primer plano: estrategias de análisis en la investigación actual, 2014), publicado originalmente en 1985, bajo el título de Bringing the State Back.

[3] Autores como Miguel Simón (2004), advierten que en los análisis de Skocpol, pese a que la estructura de clase está presente en sus análisis, la lucha de clase y la conciencia de clase adolecen por su ausencia; es como un análisis de la estructura de clase en la que la propia clase, el sujeto político, se encuentra ausente (págs. 265-266).

[4] Skocpol (1984) va a reconocer la influencia de la tradición marxista en estos términos: “dependeré ampliamente de ciertas ideas adaptadas de las perspectivas marxistas y del conflicto político. La concepción marxista de las relaciones de clase, como enraizadas en el control de la propiedad productiva y en la apropiación de los excedentes económicos por los no productores a los productores directos es, en mi opinión, un indispensable instrumento, teórico para identificar una especie de contradicción básica de la sociedad” (pág. 35).

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