Por: Santiago Pulido Ruiz

Este 8 de marzo el país vivirá una nueva contienda electoral que redefinirá el campo relacional de fuerzas y decidirá el futuro del proyecto reformista colombiano. Hace cuatro años, el Pacto Histórico pateaba el tablero político nacional tras conseguir un importante número de representación de escaños en el Congreso Nacional y obtener la presidencia de la república. Sin embargo, este avance cualitativo y cuantitativo (en términos de representación institucional) no logró transformar el régimen político en su conjunto: el programa de reformas sociales que planteaba modificaciones sustantivas al régimen económico, al esquema fiscal-tributario y al sistema de atención social (educación, salud, seguridad social) enfrentó un duro bloqueo legislativo liderado y coordinado por las fuerzas de la oposición.

Este bloqueo legislativo o impasse parlamentario fue posible gracias a dos condiciones: en primer lugar, a que las fuerzas políticas de oposición conservaron las mayorías en el Congreso Nacional, lo que les permitió reorganizarse pese al triunfo electoral del progresismo en presidencia; en segundo lugar, a que el Gobierno Nacional planteó una estrategia de Acuerdo Nacional en la que esas fuerzas políticas contrarreformistas tenían participación y un importante margen de incidencia. Fue sobre todo este segundo factor el que condicionó la aprobación de la agenda de reformas del Gobierno Nacional, puesto que el progresismo envió, desde el primer momento, el mensaje de que el trámite del plan de transformaciones estructurales pasaría sí o sí por el visto bueno de la oposición.    

El resultado: tres años consecutivos de estancamiento de las reformas, constantes reordenamientos del gabinete ministerial y un flujo de movilización social que empezaba a perder fuerza. No fue sino hasta el hundimiento de la Reforma Laboral, concertada por un bloque interpartidista de la oposición, que el Gobierno Nacional decide romper con la estrategia de negociación legislativa, llamar a la huelga nacional y establecer una nueva estrategia de transformación: la Consulta Popular. La indignación social por el archivo de la reforma laboral fue tal que, rápidamente, la Consulta Popular empezó a ganar terreno dentro de la agenda de las organizaciones sociales, concibiéndose como un mecanismo de destrabe del bloqueo legislativo y un instrumento de aprobación extraparlamentario que acudía al constituyente primario para avanzar en el desarrollo de las reformas sociales.

Ante este cambio de estrategia política, los bloques de oposición decidieron desarchivar el proyecto de Reforma Laboral y refrendarlo para su aprobación. En ese contexto, el Gobierno Nacional desiste de la Consulta Popular y decide apostar por una vía de transformación en el mediano plazo: la Constituyente. La coyuntura desatada por el archivo de la Reforma Laboral explica no solo el repunte político que tiene el progresismo en el último año, sino también la reactivación organizativa y movilizatoria del campo popular. Cabe señalar que este repunte político del progresismo y reactivación de la movilización social-ciudadana estuvo también rodeado por presiones judiciales: especialmente de las Altas Cortes, que jugaron un papel de contención al proyecto de reformas (particularmente a las iniciativas de Reforma Pensional, Decreto de Emergencia Económica y Decreto de Salario Vital).   

La modificación de esta dinámica de contención y bloqueo institucional (legislativo-judicial) es la que, justamente, está en juego en estas elecciones legislativas. Desde el punto de vista estratégico, es fundamental obtener una mayor representación legislativa en el Congreso Nacional, esto, con el objetivo de ganarle el pulso mayoritario a la oposición, pero también es clave que, ante un caso de empate entre bloques legislativos, el Pacto Histórico recupere la idea de la Consulta Popular y la Constituyente como mecanismos de desbloqueo. Un eventual Gobierno de izquierda no se puede permitir, nuevamente, que el plan de transformaciones estructurales sea saboteado y bloqueado en el Congreso Nacional y las únicas herramientas disponibles, sobre las que hay un trabajo social desarrollado, son las de consulta ciudadana y reforma constitucional.   

Por esta razón es clave que, quienes alcancen escaños por parte del progresismo, tengan esta doble lectura sobre la estrategia de transformación: la que se despliega en el marco de la disputa legislativa (organizando bloques de gobierno, mecanismos de aprobación de las reformas e instancias de negociación) y la que opera con la Sociedad Civil mediante las iniciativas de Consulta Popular y Poder Constituyente. Estos cuatro años de gobierno dejan una importante lección: la transformación de las estructuras de poder y dominación solo es posible cuando el pueblo se moviliza de manera autónoma y sale a las calles a defender sus derechos y libertades, apropiándose de los instrumentos constitucionales disponibles.

De tal manera que esta contienda electoral no será únicamente escenario de medición de fuerzas entre el Gobierno Nacional y la oposición, sino que también será un espacio de prolongación de la lucha de clases que se ha abierto tras el hundimiento de la Reforma Laboral y la disputa alrededor del aumento del salario mínimo. Asistimos, por lo tanto, a un momento histórico en el que está en juego tanto el basculamiento de fuerzas políticas con presencia en el Estado como la posibilidad de abrir nuevos horizontes de cambio. Todo proceso de reforma política, intelectual y moral de la sociedad, sostenía Gramsci, supone un reordenamiento de la estructura nacional de clases: el progresismo abrió una puerta a la transformación social; es tarea del movimiento obrero-popular profundizar ese cambio, disputándolo desde adentro y reorientándolo en un sentido socialista. La cancha está abierta.

Post a Comment

Artículo Anterior Artículo Siguiente